Farruquito en una imagen de archivo.

Farruquito en una imagen de archivo. Gtres

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Farruquito recuerda el atropello mortal: "Es lo peor que me ha ocurrido en mi vida. Estoy seguro que eso muere con uno"

El bailaor ha estrenado un documental en el que repasa su vida y habla de los acontecimientos que le han marcado.

Más información: Farruquito: "Dios me dio alivio para seguir, para dejar de hacerme preguntas y ser mejor persona"

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Heredó el arte de su abuelo, el mítico Farruco. Así que a nadie le extrañó cuando The New York Times lo consideró el mejor artista que había pasado por la Gran Manzana.

Aquel niño prodigio, que con tan solo seis años debutó en un escenario, fue aclamado por la crítica desde muy temprana edad. Era y es un genio, pero como todos los genios su vida está llena de luces deslumbrantes y sombras, que aún pesan y mucho en el alma.

Juan Manuel Fernández Montoya, conocido en el mundo entero como Farruquito, ha vuelto al foco mediático y lo ha hecho a través de un documental recién estrenado en Movistar+ donde se desnuda como nunca antes.

Pero para entender la magnitud del personaje hay que ir antes a sus orígenes. Considerado el mejor bailaor de la historia del flamenco, nació en una las dinastías familiares más importantes. Su abuelo, el patriarca, era Antonio Montoya Flores, El Farruco (1935–1997).

Él creó un sello propio caracterizado por la sobriedad, el poderío del zapateado y la presencia escénica. "Yo veía a mi familia actuar y solo sentía las ganas y la necesidad de formar parte de esa cosa tan bonita", recuerda Farruquito sobre una infancia en la que el baile no era una opción, sino un destino impregnado de tradición.

"En el movimiento de un brazo cabía la historia de una vida entera", decía mi abuelo Farruco. Sin embargo, la historia que le tocó escribir a Farruquito se tiñó muy pronto de tragedia.

La primera gran grieta en su vida se produjo con la muerte in situ de su padre, el cantaor Juan Fernández Flores 'El Moreno', quien se desplomó sobre un escenario en Buenos Aires (Argentina) en plena actuación.

Farruquito, por aquel entonces, solo tenía 18 años y le tocó adoptar el papel que dejaba su padre, el de patriarca de la familia.

Aquel trauma, además, condicionó para siempre su arte. "Mi padre era un ser muy especial, un gitano muy humilde que se había criado en la naturaleza", evoca con nostalgia el bailaor, que terminó bautizando a su primer hijo con el apodo de su progenitor.

Su forma de taconear y su baile cambiaron para siempre a raíz de aquel impacto.

Atropello mortal

Sin embargo, la mancha imborrable que dinamitó su carrera y su paz mental, ocurrió la noche del 30 de septiembre de 2003. Farruquito atropelló mortalmente a Benjamín Olmo en Sevilla cuando circulaba sin carné y a gran velocidad, dándose a la fuga. Un episodio por el que finalmente fue condenado a tres años de prisión por homicidio imprudente y omisión de socorro.

Dos décadas después, la cicatriz sigue escociendo en el seno familiar. Su esposa, Rosario -a la que conoció con apenas 12 años-, resume el calvario de la estigmatización: "Llevamos 20 años arrastrando eso".

Rosario y Farruquito.

Rosario y Farruquito. Gtres

Farruquito no esquiva el dolor ni la culpa en sus declaraciones: "Es lo peor que me ha ocurrido en mi vida. Eso no se olvida nunca. Estoy seguro que eso muere con uno". El impacto psicológico tras la tragedia lo hundió en un pozo sin fondo: "Cuando te pasa algo así sientes como que tu vida ya no tiene sentido".

En aquel infierno moral, su madre fue faro al que agarrarse. Con la frialdad de quien busca salvar a un hijo del abismo, le repitió una máxima dura pero necesaria: que tratase de seguir adelante porque "ya no se podía volver atrás". En el documental, su propia madre justifica la reacción inicial del bailaor tras el impacto: "Se equivocó, por supuesto. Sintió miedo".

Aquel miedo y la posterior condena sumieron a Farruquito en un limbo de culpa. "Pasé muchos años lleno de dudas y de inseguridades", confiesa sobre esa etapa oscura en la que el "rey de los gitanos" pasó de los aplausos de los teatros a la soledad de una celda.

Su salvación

El perdón a sí mismo no llegó con la libertad condicional ni con los aplausos del público al regresar a los escenarios, sino con la paternidad.

Junto a su esposa Rosario ha formado su propia familia. "Fui con una bicicleta a pedirle salir y me dijo que no, que era muy chica. Pero bueno, quien la sigue la consigue", asegura el bailaor en el documental.

La boda de Farruquito y Rosario Alcántara tuvo lugar el 18 de septiembre de 2005. Fue un acontecimiento mediático y social de dimensiones gigantescas que se celebró en la Iglesia del Cristo de los Gitanos de Sevilla.

Farruquito con su hijo Juan.

Farruquito con su hijo Juan. Gtres

El momento era especialmente complicado porque se produjo justo después del juicio por el atropello mortal. "Mi mujer y yo llevábamos cuatro años pedíos y lo hablamos. Creímos que la gente lo iba a ver igual de mal o igual de bien fuera cuando fuera".

A la boda estaban invitadas 800 personas, pero se presentaron 3.500. "Los gitanos se volcaron todos con nosotros. Venían a darnos apoyo", cuenta Rosario. "Se estaba casando Farruquito, el rey de los gitanos", asevera su hermano.

Tras el enlace, Farruquito entró en la prisión de Sevilla 2. "El arrepentimiento más grande que yo he sentido siempre en mi corazón y sentiré es el no haber tenido la reacción que yo creía que correspondía al corazón de una persona.

La llegada al mundo de su primogénito, Juan, fue el bálsamo que necesitaban sus fantasmas: "Cuando nace mi Juan y la cosa cambia". Hoy, al ver a su hijo bailar, Farruquito siente un viaje hacia el pasado, una especie de segunda oportunidad que le brinda la vida: "Es como si volviera a vivir mi propia infancia".

Farruquito es padre también de otras dos niñas que llegaron después, Manuela y Triana.