Silvia Gómez-Cuétara junto a su exmarido, Juan Antonio Pérez-Simón.

Silvia Gómez-Cuétara junto a su exmarido, Juan Antonio Pérez-Simón. Gtres

Famosos GUERRA FAMILIAR

Las dos grandes guerras de los Gómez-Cuétara: del cisma en el imperio galletero al millonario divorcio de Silvia y Pérez Simón

Florencio y Juan Gómez-Cuétara fundaron la empresa en los años 20 en México. El éxito la trajo a España y el apellido entroncó con la crónica social.

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En 1916, dos de los seis hermanos Gómez-Cuétara, Juan y Florencio -luego se les uniría el resto-, hicieron el petate y se fueron a probar suerte a México, allende los mares. Se fueron prácticamente con lo puesto; con poca ropa pero cargados de ilusiones por prosperar, por emprender.

Sus aspiraciones eran magnánimas, pero el éxito que obtuvieron fue exponencialmente mayor. Ni en sus mejores sueños pudieron los hermanos Gómez-Cuétara pensar que de su humilde negocio galletero iba a salir su máxima creación en aquellos hornos, la galleta María.

Fueron tiempos de reconocimiento, de pingües beneficios. Las famosas galletas, como no podía ser de otro modo, llegaron a España y aquí la expansión y el éxito empresarial fue aún más incontestable. Con el tiempo, la armonía familiar terminó por resquebrajarse.

Si bien la primera generación puso las bases y enraizó una empresa más que solvente, la segunda y la tercera generación de Galletas Cuétara se vio envuelta en guerras familiares y episodios turbios en los que se mezclaron intereses, traiciones y herencias millonarias.

Silvia Gómez-Cuétara junto a su exmarido, Juan Antonio Pérez Simón.

Silvia Gómez-Cuétara junto a su exmarido, Juan Antonio Pérez Simón. Gtres

Décadas después, a este aciago escenario, se añadiría otra guerra, en esta ocasión de carácter sentimental: la que protagonizaron Silvia Gómez-Cuétara -nieta de Florencio Gómez-Cuétara, uno de los fundadores originales de la compañía- y su exmarido, Juan Antonio Pérez Simón.

Pero antes de llegar a esta presente historia que entroncó con el papel couché, se debe conocer el inicio de una de las sagas empresariales y gastronómicas más potentes de España.

Detrás de una de las marcas de galletas más emblemáticas se esconde una realidad -familiar- llena de luces y sombras, que comienza con seis hermanos emigrados a México.

Décadas más tarde, la historia personal de Silvia, una de sus herederas más visibles, también se torna en una suerte de guerra, aunque esta vez en forma de turbulento divorcio. Dos batallas, pues: la del dinero y el amor.

La primera de estas contiendas se remonta a principios del siglo XX, cuando los seis hermanos Gómez‑Cuétara abandonaron su querida Cantabria para buscar oportunidades en México, como decíamos unas líneas más arriba.

Como tantos emigrantes de la época, comenzaron trabajando en oficios modestos, pero pronto demostraron una capacidad extraordinaria para los negocios. Juan se instaló en la capital mexicana y comenzó trabajando en el colmado de sus tíos.

Los seis hermanos Gómez Cuétara que se marcharon a México.

Los seis hermanos Gómez Cuétara que se marcharon a México.

Poco después, y con el apoyo de su hermano Florencio, decidió emprender su propio camino y fundó en 1935 La Espiga de Oro, una pequeña fábrica en la que ambos iniciaron la producción de galletas, pastas alimentarias para sopas y especialidades de inspiración italiana.

Aquella iniciativa, nacida casi como un experimento, se convirtió en el germen de lo que más tarde sería el imperio Cuétara.

La buena marcha de la compañía y el prestigio que los hermanos habían alcanzado en México los animaron a capitalizar su apellido y ampliar el negocio.

Así, La Espiga de Oro adoptó el nombre de Galletas Gómez Cuétara, y a la fábrica de Ciudad de México se sumó en 1945 una nueva planta en la localidad de Veracruz, consolidando la expansión del proyecto familiar.

A pesar de ese crecimiento, la muerte de dos de los hermanos, la inestabilidad política que atravesaba México y la nostalgia por su tierra natal llevaron a Juan y Florencio a tomar una decisión determinante.

Apenas un año después de inaugurar la sede de Veracruz, regresaron a España, se instalaron en Reinosa y retomaron el trabajo que mejor conocían: la elaboración de galletas.

A mediados del siglo XX abrieron fábricas en Cantabria y posteriormente en otras regiones, consolidando la marca Cuétara como un referente en los hogares españoles.

Silvia Gómez-Cuétara, en una imagen de archivo.

Silvia Gómez-Cuétara, en una imagen de archivo. Gtres

En 1947, Juan y Florencio dieron un paso decisivo al adquirir una pequeña galletera en Santander y fundar Gómez Cuétara Hermanos.

En Reinosa -Cantabria- nacieron y se elaboraron por primera vez las recetas originales de muchas de las galletas que aún hoy forman parte del consumo cotidiano.

La planta, que ha contado con 170 empleados, presume de ser una de las instalaciones tecnológicamente más avanzadas del grupo.

En menos de una década, la empresa se había convertido en un competidor sólido frente a las marcas nacionales, incluso en un contexto tan restrictivo como el de la dictadura, cuando materias primas esenciales como la harina estaban sometidas a fuertes limitaciones.

Las galletas María, las Napolitanas o las Tostadas se convirtieron en productos habituales en la despensa de millones de familias.

Sin embargo, el crecimiento del negocio trajo consigo un problema que ha afectado a muchas sagas empresariales: la convivencia de distintas ramas familiares con intereses y visiones divergentes. Dicho en castellano, cuando se mezcla el amor con la cuestión crematística.

Silvia Gómez Cuétara, junto a su hoy expareja, Simón.

Silvia Gómez Cuétara, junto a su hoy expareja, Simón.

La estructura empresarial, inicialmente cohesionada bajo la dirección de los seis hermanos fundadores, comenzó a resquebrajarse cuando la segunda generación tomó posiciones dentro de la compañía.

Al llegar los problemas, se expuso sobre el tapete la opción de vender, de deshacerse de la empresa.

Los dos fundadores concentraban la totalidad del capital de la empresa. Florencio, que poseía el 40% de las acciones, era partidario de vender, mientras que Juan, con el 60% restante, se oponía por completo a esa operación.

El conflicto estalló cuando uno de los hijos de Juan decidió alinearse con su tío, situándose en el bando contrario al de su propio padre y desencadenando un enfrentamiento familiar digno de un guion de ficción.

La situación dio un giro inesperado cuando los hijos de Juan decidieron vender por sorpresa un 52% de las acciones a la empresa arrocera SOS Arana por 12.160 millones de pesetas.

Aquella operación dejó automáticamente fuera del negocio a la mitad de la familia.

Y la salida sería total poco después, cuando el Grupo Nutrexpa adquirió la compañía en 2008 por 215 millones de euros y, más tarde, en 2015, Adam Foods -liderada por la familia Ventura- tomó el relevo.

Con estas transacciones, el apellido Cuétara quedó definitivamente desligado de la histórica galletera, mientras que las distintas ramas familiares se convirtieron prácticamente en multimillonarias gracias a la venta.

La fábrica de Cuétara en Villarejo de Salvanés (Madrid).

La fábrica de Cuétara en Villarejo de Salvanés (Madrid).

En otro orden de cosas, para entender cómo esta historia desemboca en la figura de Silvia Gómez‑Cuétara, es necesario trazar el árbol genealógico que conecta a los fundadores con la tercera generación.

Los seis hermanos emigrados a México -Juan, Florencio, Manuel, José, Antonio y Francisco- formaron las distintas ramas familiares. Sus hijos ocuparon puestos clave en la empresa y protagonizaron los primeros desencuentros.

La tercera generación, a la que pertenece Silvia, creció en un entorno marcado por el peso del apellido, la presencia social y la herencia de un imperio que ya no era tan cohesionado como en sus orígenes.

Silvia y el amor

En el plano de la crónica social, y ya adentrándonos en el perfil de Silvia Gómez‑Cuétara, conviene matizar que esta poderosa empresaria, a la par que socialité, se convirtió en una figura conocida en la alta sociedad madrileña.

Su vida, marcada por el lujo y la exposición mediática, se ha trazado alejada, a priori, de los conflictos empresariales que habían sacudido a su familia. Eso sí, la vida le tenía reservada a Silvia otra batalla, de carácter amoroso.

El debut definitivo de Silvia en la prensa se podía fijar durante su matrimonio con el empresario Luis García-Cereceda, dueño de Procisa, la empresa constructora de la exclusiva zona residencial madrileña La Finca.

Más tarde, durante más de una década, Silvia, considerada la nueva Isabel Preysler de la sociedad española, mantuvo una relación amorosa con el multimillonario Juan Antonio Pérez Simón, uno de los mayores coleccionistas de arte del mundo y socio histórico de Carlos Slim.

La pareja formaba parte de la élite social y cultural de Madrid, asistía a eventos exclusivos y mantenía un perfil público discreto pero influyente. Al principio, todo era amor, felicidad y parabienes.

Silvia Gómez-Cuétara.

Silvia Gómez-Cuétara. Gtres

Sin embargo, la relación terminó de forma abrupta y rodeada de versiones contradictorias. Según el entorno de Silvia, Pérez Simón la habría dejado en un momento especialmente vulnerable, coincidiendo con el diagnóstico de un cáncer que ella mantuvo en estricta privacidad.

Desde el entorno del empresario, en cambio, se insinuó la existencia de una tercera persona, aunque nunca se confirmó.

La ruptura se convirtió en un conflicto un tanto sonoro en las páginas de corte rosa, que expuso a Silvia a una presión pública inesperada.

Su ausencia en actos sociales, incluida una fiesta multitudinaria organizada por Pérez‑Simón en La Finca, alimentó las especulaciones entonces. Hasta que aquel quiebre se oficializó.

La enfermedad la obligó a retirarse temporalmente de la vida pública y a apoyarse en su familia, especialmente en sus hermanas, Mónica y Eva, y en sus hijos y nietos.

La lucha contra el cáncer, combinada con el impacto emocional de la ruptura, supuso una prueba de resistencia que marcó profundamente su vida.

Con el tiempo, Silvia logró superar la enfermedad y reconstruir su vida. En las últimas semanas, ha reaparecido en eventos como El Rocío, donde se la ha visto recuperada y acompañada de amigas como Vicky Martín Berrocal (53).

Además, inició una nueva etapa sentimental junto al empresario Carlos SánchezHorneros, con quien se la ha visto en varias ocasiones.