Virginia Giuffre en una imagen de archivo. Gtres
Del sádico ritual de Epstein al día que quiso utilizar su vientre para ser padre: lo que revela el libro de Virginia Giuffre
Este miércoles, 3 de junio, se ha publicado la obra póstuma La chica de nadie, donde Giuffre expone el infierno que vivió a manos del pedófilo y Maxwell.
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Virginia Giuffre fue una mujer que se acostumbró desde bien pequeña a complacer, a obedecer, a no oponer resistencia. A esa corta edad, y con las atrocidades que vivió, aprendió que es mejor no resistirse, por más que su cuerpo y su mente, a veces, lucharan por rebelarse.
Ganó la sumisión. Pronto se acostumbró la niña Virginia a las violaciones -en casa; de su padre y de un amigo de éste, y fuera del hogar-, a no quererse, a que eso que la obligaban a hacer era lo que debía para no alterar el orden establecido en lo que ella entendía que era la vida.
Giuffre fue, como reza hoy su obra póstuma, una chica de nadie: abusaron de ella como quisieron, y ella, en ese afán por no rechistar, y porque pronto encontró en lo que hacía una suerte de satisfacción extraña, al sentirse valorada por los demás, los acató.
Salió, pese a todo, de esa jaula de oro que le fabricaron el pedófilo Epstein y Ghislaine Maxwell intentó rehacer su vida -se casó, tuvo hijos-, pero los tentáculos la atraparon de nuevo. Ella plantó cara, pero no pudo más: en abril de 2025, a los 41 años, se suicidó en Neergabby, Australia Occidental.
Virginia Giuffre se suicidó. Durante muchos años luchó por exponer la red de Epstein. X
Lo cuenta todo un libro escalofriante, que ha visto la luz en las librerías españolas este pasado 3 de junio, titulado La chica de nadie. Mi historia de supervivencia y lucha por la justicia. Lo escribió ella, acostumbrada a los diarios. Con él planta cara al poder, a los abusones.
Dice Virginia en su libro que conoce bien a los mostruos, a los hombres malvados, desde pequeña.
La infancia de Giuffre no fue fácil. Las violaciones que vivió forjaron una personalidad difícil. Un padre violador, Sky Roberts, una madre que miraba para otro lado, una casa que pronto dejó de ser refugio.
Se la internó en un centro, Growing Together. "Mi madre, Lynn, me engañó diciéndome que íbamos al oculista", escribe Virginia. "El personal obligaba a chavales a colocarse delante del espejo y flagelarse a voz en grito: 'Soy una zorra", relata que pasó intramuros.
Aquel tampoco era un sitio seguro. Otra vez, la maldad. Por eso se escapaba del centro, y también por eso acabó siendo agredida en la calle. En casa, la oscuridad se abrió paso un día cuando su padre se sobrepasó con ella.
"Una tarde, mientras me bañaba, sin venir a cuento, mi padre mi pidió que me pusiera de pie. 'Tenemos que asegurarnos de que estés bien limpia'. A mí me pareció un poco raro. Me quedé sumergida, ocultando mi cuerpo desnudo bajo las burbujas de jabón".
"No estaba segura de por qué sentía vergüenza, pero la sentía. '¿Puede venir mamá?'. Aquella noche mi padre me tocó de una forma nueva para mí. Me dijo que era una niñita especial, su favorita, y que esa era su forma de darme amor de más", se puede leer en la obra.
Giuffre en una imagen de archivo. Gtres
"Al principio usó los dedos. Luego, días después, la boca. Llamaba a mis partes íntimas ti-ti, y su pene pi-pi. Al cabo de poco me preguntó si quería tocarle los genitales. Yo no quería, pero él quería que lo hiciera. Y era mi padre, así que lo hice".
En medio de este momento, aparece otro hombre, que también abusa de ella. Se llama Forrest, y es amigo de su padre. Tío Forrest, como todos los llaman. El padre y Forrest se "intercambiaban" a sus hijas.
Forrest fue "el primer hombre que me penetró con el pene. Al poco, mi padre también lo hizo. A veces, lo que me hacían eran tan parecido que sospechaba que comparaban apuntes".
Volviendo a su progenitor, narra Virginia "mientras abusaba sexualmente de mí, mi padre solía preguntarme cómo me hacían sentir sus actos. Le fascinaban las reacciones de mi cuerpo y a veces lo que me hacía me gustaba, o algo por el estilo".
"Aún así, a veces mi cuerpo me traicionaba y temblaba cuando me tocaba. Entonces mi padre me decía que se sentía orgulloso de mí. 'Tú eres mi estrella, a tu madre no le gusta esto'".
Un día, la para una limusina por la calle. Su vida, ya entonces cruel y despiadada, se convierte en algo invivible. Dentro del coche está Ghislaine Maxwell, y su chófer, Juan Alessi. Ahí comienza una película de terror.
La portada del libro de Virginia Giuffre.
Comienza el capítulo 8, La casa rosa. "¿Das masajes en tu tiempo libre?", le pregunta Giuffre a esa adolescente. Le hace ver Maxwell que "si le causas buena impresión a mi amigo, dice, estará encantado de pagarte la formación", como masajista. Ella acepta y va a la casa de él.
"Cuando llegamos a las nalgas, intenté deslizar las manos por ellas, saltármelas y posarlas en la parte baja de su espalda. Pero Maxwell colocó sus manos encima de las mías y las guio hacia su trasero", se puede leer en la obra.
"Qué mona, usa braguitas de niña"
En esos masajes, a priori, inocentes, Epstein le pregunta si tiene hermanos, si tiene novio, si toma "antidepresivos". "Háblame de tu primera vez", le suelta. El pedófilo se da la vuelta y la camilla: "Me quedé pasmada al ver que tenía una erección".
"Yo había visto las partes íntimas de hombres antes, por supuesto, pero no me esperaba aquello". "Epstein levantó la cabeza y me sonrió. 'No pasa nada -me dijo-. Me gustan las chicas malas'".
"Haciendo caso omiso de su pene excitado, Maxwell le colocó ambas manos en los músculos del pectoral derecho y empezó a masajearlos. 'Así -me dijo, como si no pasara nada raro-. Hay que alejar la sangre del corazón'".
"(...) Volví a seguir su ejemplo, colocando mis manos en el pectoral izquierdo de Epstein, cubierto de un grueso vello gris. Mientras movía los dedos describiendo círculos, notaba la mirada de Epstein clavada en mi rostro, pero me negaba a mirarlo a los ojos".
"Entonces Epstein le guiñó el ojo y se llevó la mano derecha a la entrepierna. 'No os importa, ¿verdad?', preguntó, mientras empezaba a acariciarse".
Ese es el momento en el que algo se resquebrajó dentro de Giuffre. "¿Cómo, si no, se explica por qué mi recuerdo de lo que sucedió a continuación está todo astillado?", se pregunta en la obra.
Virginia Giuffre. EFE
"Maxwell quitándose la ropa, con expresión pícara; Maxwell detrás de mí, desabrochándome la falda y sacándome el polo de Mar-a-Lago por la cabeza; Epstein y Maxwell riéndose de mi ropa interior de corazoncitos".
"'Qué mona, todavía lleva braguitas de niña pequeña', dijo Epstein. Cogió un vibrador eléctrico, que me metió a la fuerza entre los muslos, mientras Maxwell me ordenaba que le pellizcara los pezones a Epstein al tiempo que ella frotaba sus pechos contra los míos"
"'Pellízcale más fuerte', me decía Maxwell mientras Epstein gemía. Y lo hice. 'Chúpasela'. Y también lo hice. Al final, Maxwell me ordenó que me sentara a horcajadas encima de Epstein para que pudiera penetrarme. Cuando hubo acabado, me dijeron que trajera dos toallas calientes"
"Entonces Epstein se dirigió a la sala de vapor, donde me pidió que le frotara los pies. Mientras lo hacía, arrodillada delante de él, me aleccionaba (...) Era importante tomar decisiones saludables, me dijo, y añadió: 'Puedo enseñarte muchas cosas'".
"A partir de ese primer encuentro, Epstein quiso que lo contemplara como un mentor, no como un depredador. A continuación, entramos en la ducha, donde Maxwell me indicó que lavara a Epstein con jabón y una esponja. De nuevo, obedecí".
"Epstein me pidió que le lavara el pelo y le hiciera un masaje craneal. Y lo hice. 'Es buena. Nos la quedamos'".
"El dinero no era lo único que me atraía a su mundo retorcido. Durante muchos años me habían sexualizado en contra de mi voluntad y yo había sobrevivido consintiéndolo. (...) Era una persona complaciente". Qué duda cabe de que se trata de un sádico ritual, así lo describió Giuffre.
Epstein siguió obsesivamente con esa suerte de formación depravada: "En la sala de masajes, encontré a Epstein boca abajo. Se dio media vuelta, me señaló con un gesto un uniforme de colegiala (falda plisada, una camisa almidonada abotonada y calcetines) y me dijo que me lo pusiera".
"'Quítate la ropa interior', me indicó. Lo hice, y luego tuve relaciones sexuales con él tal como me pidió. Aquel día siguió criticando mi actuación. '¡Para. ¡Para! -me dijo en más de una ocasión-. No es así como te hemos enseñado a hacerlo. Empieza otra vez'".
El expríncipe Andrés junto a Virginia y Maxwell. EFE
"A los hombres les complacía que las mujeres parecieran disfrutar con el sexo", le asegura Jeffrey. La cosa fue a más, y el magnate le pidió trabajar directamente para él; dejar el spa en el que estaba empleada. La quería las 24 horas. Ella aceptó.
"Para entonces ya me exigía que lo vistiera cada mañana. Primero tenía que aplicarle loción en los pies, luego fruncir sus calcetines, ponérselos en las puntas de los pies y desenrollárselos hasta por encima de los tobillos, como haría una madre con un niño pequeño".
"'Algún día vas a ser una madre fantástica', me decía, mientras me arrodillaba delante de él, sosteniendo las perneras de sus pantalones abiertas para que se los pusiera. Entonces empezó a pedirme que lo arropara cada noche, bajo sus sábanas de satén rosas".
"Si bien 'arroparlo' puede sonar a eufemismo de sexo, para Epstein no siempre significaba eso. Aunque mi misión durante el día era excitarlo y satisfacerlo sexualmente, de noche lo que más me pedía era que lo arrullara y, cuando se dormía, lo dejara solo".
"Le gustaba que me metiera bajo las sábanas para masajearle los pies y quizá luego la cabeza. Hasta que no se quedaba dormido no tenía permiso para taparlo".
Virginia y el príncipe Andrés
Este es uno de los trances más esperados y mediáticos: el día en que el expríncipe Andrés (66) entra en la vida de Virginia. Una relación que, por otro lado, ha traído de cabeza a la Familia Real británica.
"En octubre de 2000, -Maxwell- voló en jet privado a Nueva York para reunirse con su viejo amigo, el príncipe Andrés de Inglaterra, el hijo pequeño de la reina Isabel II, que por entonces ocupaba el cuarto puesto en la línea de sucesión para ascender al trono británico", se expone en la obra.
"En Halloween, junto con otros invitados entre los cuales se contaban Donald (79) y Melania Trump (56), Maxwell y el príncipe Andrés asistieron a una fiesta que daba la supermodelo alemana Heidi Klum en The Hudson, un hotel de lujo".
"(...) Cuando el príncipe Andrés llegó esa noche, Maxwell estaba más coqueta de lo habitual. 'A que no adivinas la edad de Jenna', azuzó al príncipe tras presentármelo. El duque de York, que tenía cuarenta y un años, dio en el clavo: diecisiete".
El agresor sexual en serie Jeffrey Epstein murió en una prisión de EEUU en 2019.
"'Mis hijas solo son un poco más pequeñas que tú', añadió, para explicar su atino. Como de costumbre, Maxwell tenía una broma a mano: 'Supongo que pronto tendremos que reemplazarla por otra más nueva'".
"(...) En aquella época el príncipe Andrés estaba relativamente en buena forma, llevaba el pelo castaño corto y tenía una mirada juvenil. Hacía tiempo que se lo tenía por el playboy de la Familia Real y, una vez divorciado se había convertido en un soltero de oro".
"(...) En el trayecto, Maxwell me dijo: 'Cuando lleguemos a casa, hazle lo que le haces a Jeffrey'. Yo sabía que no podía cuestionar sus órdenes. Volvió a invadirme esa sensación de vacío. Se estaba convirtiendo cada vez más en mi estado natural".
"(....) Lo llevé primero a un cuarto de baño, donde le preparé un baño caliente. Nos desnudamos y nos metimos en la bañera, pero no nos quedamos dentro mucho rato porque el príncipe estaba ansioso por que nos fuéramos a la cama. Les prestó una especial atención a mi pies".
"Me acariciaba los dedos y me lamía los arcos. Era la primera vez que me lo hacían, y me hacía cosquillas. Me inquietaba que quisiera que yo le hiciera lo mismo. Pero no tenía de qué preocuparme. Parecía tener prisa por penetrarme. Cuando acabó, me dio las gracias con su acento británico".
"En mi recuerdo, todo el episodio duró menos de media hora. La mañana siguiente estaba claro que Maxwell había hablado con su amigo de la realeza porque me dijo: 'Estuviste bien. El príncipe se divirtió'. Asentí agradecida. (...) Poco después, Epstein me entregó 15.000 dólares".
"No sé exactamente cuándo tuve sexo con el príncipe Andrés por tercera vez, pero sí sé la ubicación: en Little Saint Jeff's".
Una propuesta indecente
Epstein y Maxwell.
"Toqué fondo. Sólo veía dos opciones posibles: o que alguien con quien Epstein me prostituía acabara matándome o acabar quitándome la vida".
Entonces, en algún momento del verano de 2002, Maxwell y Epstein la llevan a un punto de no retorno.
"Habíamos pasado los tres una tarde haciendo esnórquel en los arrecifes de los alrededores de la isla de Epstein. Mientras nos secábamos en el muelle, vi que Epstein intercambiaba una miradita con Maxwell antes de sentarse a mi lado".
Cuenta Virginia en La chica de nadie que sabía que algo pasaba: "Y entonces salió con un: 'Jenna, queremos que tengas a nuestro hijo'. (...) Recuerdo intentar no estremecerme cuando Maxwell se sumó para hablarme de las particularidades económicas".
"'Tendrías niñeras las veinticuatro horas -dijo con voz alegre-. Jeffrey te compraría una mansión en Palm Beach o Nueva York, ¡tú eliges!, y tendrías una asignación generosa'. Si la memoria no me engaña, insinuó la astronómica cifra de 200.000 dólares al mes".
"Pero luego vinieron las condiciones: tendría que ceder ante notario todos los derechos legales sobre el niño a Epstein y Maxwell. (...) Tendría que atestiguar por escrito que Epstein y yo no éramos pareja y que el bebé se quedaría con él si alguna vez 'nos distanciábamos'".
"Así fue como lo expuso Maxwell, como si fuera concebible que el fin de mi relación con Epstein pudiera ser una separación de mutuo acuerdo. A mí me parecía irrisorio. Todo el mundo sabía que Epstein era quien terminaba sus relaciones con las chicas, nunca al revés".
"(...) Aquella propuesta de Epstein y Maxwell me parecía descabellada. ¿Cómo iba a traer al mundo a un niño y dejar que fueran ellos quienes lo criasen? ¿Y si daba a luz a una niña? (...) Yo no quería formar parte de aquello. (...) Aquella propuesta pondría en peligro a un niño indefenso".
Fue la gota que colmó el vaso de Virginia. Lo que la hizo darse cuenta, poner pie en pared. Algo en su mente hizo clic. Y huyó, pudo salir de esa red peligrosa. Conoció el amor de la mano de su marido, Robbie, con quien se casó.
El día de su boda le hizo constar a Epstein que esa vida quedaba atrás, que empezaba de nuevo. "Que tengas una vida maravillosa", le espetó él. Luego, volverían a retomar el contacto cuando el cerco se estrechó en torno a Jeffrey. Esa es otra historia.