Jesulín, en 2021

Jesulín, en 2021 Cristobal Dueñas / GTRES

Corazón

Jesulín, 52 años: "Hasta los 17 he vivido en una casa de alquiler con mis padres y mis 3 hermanos. Dormíamos todos en la misma habitación"

El torero gaditano hizo balance de su vida y desveló las extremas estrecheces económicas que marcaron su infancia en Ubrique.

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El gran público conoce de sobra los episodios más sonados de Jesulín de Ubrique. Se recuerda, ineludiblemente, su etapa como torero aclamado en las plazas de toda España y convertido en un auténtico fenómeno de masas, idolatrado sobre todo por una inmensa legión de mujeres.

Sin embargo, detrás del ídolo mediático que despertaba el delirio en la década de los noventa, y del acaudalado terrateniente que hoy vive refugiado en la tranquilidad de su finca junto a María José Campanario, se esconde una realidad que muchos ignoran: unos durísimos comienzos y una infancia marcada por la supervivencia.

Para entender la magnitud de la figura de Jesús Janeiro Bazán, nacido en Ubrique (Cádiz) un 9 de enero de hace ya 52 años, es imperativo viajar a ese punto de partida.

Un origen desprovisto de lujos y alejado del papel cuché. El propio diestro desgranó esta descarnada realidad durante una íntima confidencia en un hotel de carretera en Extremadura al periodista Manuel Román.

Aquella tarde, mientras se enfundaba el traje de luces para marcharse a la plaza, el torero se desnudó emocionalmente recordando la asfixia de su niñez.

"Hasta los 17, yo he vivido en una casa de alquiler con mis padres y mis tres hermanos. Una casa que solo tenía salón, cocina y una habitación grande donde dormíamos todos", relataba el diestro con pasmosa honestidad.

En aquel modesto domicilio, Humberto Janeiro y Carmen Bazán, junto a sus cuatro hijos (Humberto, Jesús, Carmen y Víctor), conformaban a un núcleo familiar de seis personas obligadas a compartir no solo el oxígeno de la misma estancia, sino la falta absoluta de privacidad.

El hacinamiento era tal que obligó a Jesús a presenciar episodios profundamente incómodos que evidenciaban la crudeza de vivir sin espacio vital.

"Fíjate lo que voy a decirte", continuaba relatando en aquella habitación de hotel extremeño, "que era yo mayorcito y al vivir así, tan estrechamente, recuerdo haber visto escenas de mis padres en la cama que ya, ya... ¡Vamos, que estaban haciendo el...! ¡Mis padres...! Tenía que agachar la cabeza y meterla bajo las sábanas...".

Esa asfixia espacial era, en el fondo, el reflejo de la asfixia económica. La infancia de Jesús no fue la de un niño normal. La madurez llamó a su puerta antes de tiempo, precipitada por la necesidad de dar de comer a una familia lastrada por los negocios ruinosos de un padre soñador, pero sin éxito financiero.

En este duro contexto, la tauromaquia no irrumpió en la vida del adolescente como una vocación artística o romántica, sino como una salida de emergencia.

Los orígenes de Jesulín de Ubriqe

El capote fue su única tabla de salvación. Jugarse la vida en los ruedos era el peaje a pagar para cumplir una promesa inquebrantable, sacar a su familia de aquella única habitación y saldar las cuentas del patriarca.

La historia posterior es ya memoria colectiva del país. A base de valor, cornadas y un carisma irrepetible, aquel joven que se escondía bajo las sábanas logró amasar una inmensa fortuna y levantar Ambiciones, un símbolo de su rotundo éxito.

Hoy, con la perspectiva del tiempo, Jesulín de Ubrique no reniega de sus orígenes. Aquella casa de alquiler en Cádiz sigue siendo la prueba más rotunda de que su mayor triunfo no fue liderar el escalafón taurino, sino lograr que su familia durmiera, por fin, bajo un techo propio.