Iker Casillas

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Corazón

Iker Casillas: "Mi infancia fue austera. Mi padre era guardia civil y mi madre ama de casa. Vivíamos en un piso de 60 m2"

El exguardameta del Real Madrid creció en una familia de clase trabajadora marcada por la austeridad.

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Antes de levantar la Copa del Mundo al cielo de Johannesburgo, antes de convertirse en el 'Santo' del madridismo y de saborear la gloria europea, Iker Casillas fue tan solo un niño con las rodillas raspadas en las calles de Móstoles.

Sin embargo, la historia del mejor portero de la historia de España no se cuenta solo bajos los palos del Santiago Bernabéu, sino en el asiento trasero de un modesto Seat 124 rojo y en los sacrificios invisibles de sus padres.

La infancia de Iker estuvo muy lejos de los lujos y focos que hoy rodean a las jóvenes promesas del deporte rey. "Digamos que mi infancia fue austera. Vivíamos en un piso de 60 metros cuadrados en Móstoles", señaló el propio exguardameta en una entrevista en XL Semanal.

Su padre, José Luis Casillas, trabajaba como guardia civil y, movido por la profunda necesidad de asegurar un futuro mejor para su hogar, llegó a pedir el traslado al País Vasco en dos ocasiones simplemente para ganar algo más de dinero con los pluses de destino.

Fue precisamente durante esa etapa cuando el matrimonio decidió que sus dos hijos llevarían nombres de origen vasco: Iker y Unai.

Su madre, María del Carmen Fernández, ama de casa que también estudió para ganarse la vida como peluquera, era el pilar fundamental que mantenía a la familia a flote a base de esfuerzo diario y mucha imaginación.

De hecho, María del Carmen fue clave para alimentar, literalmente, el gran sueño de su hijo. Desde muy pequeño, Iker tuvo claro que su hábitat natural no era el centro del campo ni la delantera: él quería evitar los goles.

Su mayor ídolo era el mítico guardameta internacional Luis Arconada.

Conociendo esta absoluta devoción, su madre ingenió el truco definitivo para que el pequeño Iker se terminara la comida en la mesa sin rechistar: "Arconada comía pescado", le repetía una y otra vez.

Y el niño, soñando con volar de escuadra a escuadra como su ídolo, devoraba el plato entero sin protestar.

Pero si hay una anécdota que marca la leyenda familiar de los Casillas y que hoy podría ser el guion de una película, es la historia de la quiniela.

José Luis, un experto y apasionado de los resultados del fútbol dominical, rellenó un boleto de la quiniela y le encomendó a un jovencísimo Iker la sencilla tarea de ir a sellarlo al despacho.

El niño, despistado o quizá entretenido dando patadas a un balón, olvidó por completo entregar la papeleta.

El destino, siempre caprichoso, quiso que ese fin de semana José Luis acertara todos los resultados. Aquel despiste infantil le costó a la humildad familia perder un premio estimado en más de un millón de euros,

A pesar de aquel colosal revés que habría desesperado a cualquiera, los Casillas siguieron adelante apoyados en la cultura del trabajo.

La vida no les concedió un atajo hacia la riqueza, pero a cambio les regaló un hijo que, con sus guantes, les recompensó con algo incalculable: el orgullo eterno de haber forjado, desde la humildad, al gran capitán de La Roja.