Marisol, actriz, 78 años

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Corazón

Marisol, actriz, 78 años: "Pasé toda mi infancia cenando con hombres mayores, mientras yo permanecía como un mueble"

Pepa Flores fue una de las mayores estrellas infantiles del cine y la música en España durante los años 60.

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Durante años, España creyó conocer a Marisol. Era la niña luminosa que cantaba, bailaba y hacía olvidar, durante hora y media de película, la grisura de la posguerra.

Detrás de esa imagen perfecta se encontraba Pepa Flores (78 años), una niña de barrio humilde que cambió demasiado pronto los juegos en la calle por los focos de un plató y las sobremesas familiares por cenas rodeada de hombres mayores que hablaban de negocios.

Pepa nació en 1948 en una corrala de Málaga, en plena posguerra y en un entorno de escasez donde el talento funcionaba casi como única vía de escape.

Desde muy pequeña destacó en el cante y el baile y terminó integrándose en los Coros y Danzas de la Sección Femenina, el gran escaparate folclórico del régimen.

Allí empezó a llamar la atención por su desparpajo y, en una actuación en Madrid, un productor la vio sobre el escenario y decidió que aquella niña anónima encajaba en el molde de estrella que buscaba la industria.

El cambio de vida fue tan rápido como radica. El productor viajó a Málaga para convencer a sus padres, una familia trabajadora sin demasiadas oportunidades, de que dejaran marchar a la niña a la capital.

Rebautizada como Marisol, con el pelo aclarado y una imagen meticulosamente diseñada, Pepa se instaló en casa de ese hombre y pasó a vivir "como una hija más", aunque sometida a una disciplina férrea donde todo giraba alrededor de rodajes, contratos y planes de carrera.

La niña de corrala quedó atrapada en un mundo de despachos, focos y estudios en el que la ternura familiar se fue sustituyendo por exigencia y resultados.

Su debut cinematográfico se convirtió en un éxito inmediato y la elevó al rango de niña prodigio que el franquismo necesitaba.

Su rostro servía para vender una España moderna, amable y sin conflictos. Las películas se encadenaban, las giras se multiplicaban, los viajes al extranjero se normalizaron y las entrevistas se volvieron rutina.

La agenda de Marisol estaba llena, mientras el calendario recordaba que seguía siendo una menor. A ojos del público vivía un sueño dorado, con premios internacionales, portadas y ovaciones.

En su día a día la infancia se deshacía entre jornadas maratonianas y la sensación permanente de trabajar siempre para otros.

Años después, ya adulta, Pepa explicó lo que significó crecer en ese entorno. "Soy una señorita que pasó toda su infancia cenando en compañía de hombres mayores, oyendo hablar de negocios, contratos, rodajes... mientras yo permanecía como un mueble", confesó en 1973.

Esa frase desnuda el decorado. Mientras el país la adoraba, la niña se sentaba en mesas en las que nadie preguntaba por sus miedos o sus juegos, solo por cifras, estrenos y proyectos que la convertían en un activo más. Estaba presente, pero su voz apenas contaba.

La maquinaria, además, no se detenía. Su cuerpo empezaba a cambiar y, alrededor, se intentaba congelar la imagen de niña eterna que tan bien funcionaba en taquilla.

La obsesión por mantenerla en ese papel de infancia perpetua profundizó la fractura entre el personaje de Marisol y la persona de Pepa Flores, que asumía cada vez más responsabilidades y cansancio emocional sin haber tenido la oportunidad real de ser una niña como las demás.

Cuando los focos se apagaban, el peso de todo lo vivido se hacía más evidente. El desarraigo por haber abandonado tan pronto su entorno, la distancia con su familia y la presión de sostener un personaje que no había elegido del todo marcaron esa etapa.

Vista hoy, la historia de la infancia de Marisol ya no se interpreta como un cuento de hadas, sino como el retrato incómodo de una menor talentosa convertida en icono de un país que la quiso mucho, pero no supo protegerla.

A Pepa le pusieron el mundo a los pies y, al mismo tiempo, le robaron algo irreparable: el tiempo de ser niña.