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Ofrecer en la carta un producto y vender otro distinto no está bien. No es una cuestión de gustos, ni de manías, ni de purismo gastronómico, es una práctica sancionable.

Galicia lo sabe bien desde hace tiempo y, de hecho, recientemente ha sido noticia porque se ha multado a bares por anunciar zamburiñas y servir vieiras del Pacífico en su lugar.

Con ese precedente todavía caliente, la polémica ha cruzado fronteras y ha llegado hasta el corazón de las instituciones europeas, concretamente al catering del Parlamento Europeo.

El "pulpo a la gallega" de la Eurocámara

El detonante ha sido un plato anunciado como Pulpo a la Gallega / Galician-style pulpo, ofrecido como signature dish -con ese término quieren decir que es algo así como el plato estrella de la casa- en el comedor de la Eurocámara por 17,35 euros la ración.

Lo que aparece en el plato, sin embargo, dista mucho de lo que cualquier gallego -o cualquier recetario mínimamente honesto- reconocería como pulpo á feira.

En lugar del pulpo cocido y cortado en rodajas, si acaso sobre unas patatas cocidas, regado con aceite de oliva y sazonado con escamas de sal y pimentón, en el plato lo más visible son unas anillas de calamar sospechosas de ser pota congelada.

Se acompañan de patatas con cebolla, pimentón, una salsa amarilla sin identificar, varios ramilletes de brócoli y, si nos fijamos bien, puede que también tres finas rodajas de ¿pulpo?

La situación ha sido denunciada públicamente por el eurodiputado del PPdeG Adrián Vázquez, que ha convertido su queja en un pequeño desahogo en redes sociales.

"Todos tenemos líneas rojas, y con el pulpo a la gallega tenemos que ser implacables", escribió en X, junto a una fotografía del plato, del cartel con el precio y de la carta formal que ha enviado al servicio de catering del Parlamento.

La misiva, redactada con un tono respetuoso, aunque cargado de la retranca que nos caracteriza a los gallegos cuando algo nos molesta, pero sabemos que es mejor tomárselo con humor, empieza agradeciendo "el esfuerzo diario por alimentar a esta honorable institución, tarea nada sencilla dada su diversidad".

A partir de ahí, el diputado expone su sorpresa: "Como gallego -y como demócrata- me veo en la obligación moral de señalar que el contenido del plato no guarda una relación reconocible con la receta original, ni por ingredientes, ni por aspecto, ni, me temo, por espíritu".

Vázquez deja claro que no duda de la "buena fe del cocinero", pero considera que llamar pulpo a la gallega a ese plato es "un ejercicio de imaginación comparable a llamar gaita a una vuvuzela".

Las soluciones posibles

La queja no se queda en el reproche. Al contrario, propone dos soluciones "sencillas y plenamente europeas": ajustar la receta para que se acerque mínimamente a la original o, directamente, cambiar el nombre por otro más honesto y creativo, como "pulpo reinterpretado en clave centroeuropea".

Según el eurodiputado, cualquiera de estas opciones "evitaría futuros incidentes diplomáticos" con Galicia, una comunidad que "tanto quiere a Europa… y a su plato más emblemático".

En la posdata, el tono vuelve a subir un punto más de humor, ofreciéndose "voluntario para una misión técnica de asesoramiento á feira. Por el bien común".

Más allá de la anécdota, el episodio reabre un debate conocido, el de la obligación de llamar a las cosas por su nombre, también en la restauración colectiva. Incluso -o especialmente- cuando se cocina en Bruselas.