Desde hace años, Begoña San Pedro es una de las voces más reconocibles del nuevo pan artesano en España. Fundadora de Madreamiga, proyecto que contribuyó decisivamente a dignificar la panadería de masa madre en Madrid, ahora emprende un movimiento que es, al mismo tiempo, profesional y vital: dejar la capital para abrir un pequeño obrador de barrio en Vigo. Menos ruido, menos volumen y más manos en la masa.
La decisión se ha ido amasando despacio, como las fermentaciones que defiende. Su marido es vigués, militar de profesión, y tras más de una década viviendo en Madrid, el regreso a Galicia era una conversación recurrente en casa. “Cada vez me costaba más volver a Madrid”, reconoce San Pedro.
Playa, monte y una forma de vida más tranquila han pesado tanto como el deseo de iniciar una nueva etapa profesional. Ahora, con un cambio de destino de su pareja y un proyecto en Madreamiga ya más estructurado, el momento parecía inevitable.
El nuevo espacio —previsto para abrir entre mayo y septiembre— no busca replicar el modelo madrileño. Todo lo contrario. Será un obrador pequeño, de entre 80 y 100 metros cuadrados, situado deliberadamente en un barrio y no en el centro. “Los barrios se merecen tener buen producto”, afirma. Una panadería de cercanía, pensada para el día a día, donde el pan salga del horno por la mañana y acompañe la jornada de quienes vuelven del trabajo buscando algo reciente, no simplemente caliente.
El proyecto se llamará Ktromans —“cuatro manos” en gallego— con una K que delata el pasado vallecano de la panadera. Hoy esas cuatro manos son una idea de futuro compartido. Cuando su marido se jubile, dentro de año y medio, la intención es que ambos trabajen juntos en el obrador. De momento, él ya ha sido parte del oficio, ayudando en fermentaciones y masas durante años.
Begoña San Pedro en una de sus tiendas de Madreamiga.
¿El producto? Pan de masa madre con harinas gallegas, un guiño claro al pan tradicional de la región, bollería de mantequilla, elaboraciones dulces que San Pedro considera su verdadera pasión y una pequeña línea salada. También se barajan pizzas precocidas para terminar en casa, café para llevar y, quizá, colaboraciones con restaurantes locales para elaborar empanadas gallegas con rellenos de autor. Todo pensado para consumo doméstico, sin vocación de cafetería al uso: apenas una barra con unos pocos taburetes.
San Pedro llega a Vigo con una mirada curiosa y crítica sobre el panorama panadero local. Reconoce una cultura profundamente “panarra”, donde el pan se valora y se paga, a veces incluso más que en Madrid. “He visto hogazas a precios que me han sorprendido mucho”, comenta, consciente de que la apreciación del producto no siempre va de la mano de la calidad. Su reto será encontrar el equilibrio: ofrecer un pan honesto, bien hecho y adaptado al contexto gallego, sin caer en excesos ni replicar fórmulas ajenas.
Aunque su foco estará al cien por cien en Vigo, la relación con Madreamiga continúa. San Pedro seguirá asesorando el proyecto desde la distancia, dejando claro que se trata de dos caminos distintos. Este nuevo obrador no aspira a crecer ni a multiplicarse. “No quiero que se salga de ahí”, insiste. La idea es clara: estar en el obrador, tocar la masa, mantener la esencia.
En un momento en el que Vigo vive un despertar gastronómico —con la llegada de cafés de especialidad y una restauración cada vez más sólida—, la apuesta de Bego San Pedro suma un eslabón fundamental: el del pan bien hecho, pensado para el barrio y para la mesa cotidiana.
