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"Llevamos un mes de velatorio. Es muy bonito pero tenía que pasar", señala al otro lado del teléfono Manuel Domínguez, chef y propietario de Lúa, que deja huérfanos a muchos de uno de los mejores pulpos a la gallega que se podía disfrutar en la capital.

"Es una decisión muy valiente para no dejarnos llevar por la rueda económica sino por nuestro estado de ánimo" confiesa Domínguez, de origen gallego y familia pulpeira. "Tenemos que estar bien, es muy difícil competir y estar a la altura. El parón es necesario, si no, te dejas llevar la inercia."

Durante más de dos décadas, Lúa ha sido un faro de la cocina gallega en Madrid. Un restaurante al que no solo se iba a comer, sino a reencontrarse con una forma de entender la hostelería: la del producto tratado con respeto, la del pulpo impecable, la de la barra como punto de encuentro y refugio.

Lúa por dentro.

Por eso la noticia de su cierre, anunciado cuando el negocio funciona y el reconocimiento sigue intacto, deja un sabor amargo y a una clientela fiel que lo consideraba, sin discusión, el mejor gallego de la capital.

"El restaurante va fenomenal, pero estamos cansados". La frase, tan honesta como desarmante, resume una decisión valiente y poco habitual en un mundo que empuja a seguir siempre hacia adelante, aunque sea a costa de uno mismo. Su responsable reconoce el desgaste físico y emocional de sostener una estructura que, con el tiempo, "se nos quedó grande".

La siempre celebrada terraza de Lúa.

El peso de la hostelería hoy

Lúa no cierra por falta de público ni por pérdida de identidad. Cierra por algo mucho más complejo y, quizá por eso, más revelador de los tiempos que corren: la dificultad de mantener equipos estables, la inestabilidad laboral del sector, la rotación constante de personal y la sensación de no llegar a todo. "Formas a la gente y se va; vuelves a formar y se vuelve a ir. Es como un equipo de fútbol que cambia de plantilla cada poco tiempo: así es imposible ganar nada", confiesa.

La hostelería ha cambiado —y Madrid con ella— de forma radical en estas dos décadas. Cuando Lúa abrió, el mapa gastronómico era otro: menos oferta, otros ritmos, un consumo distinto. Hoy hay más competencia, más modelos, más ruido. Y aunque eso ha enriquecido la ciudad, también ha hecho más frágil la estabilidad de proyectos que, como Lúa, se construyeron desde la constancia y el largo recorrido.

El pulpo de Lúa, de los mejores de la capital.

Lúa, que cierra este sábado definitivamente y las reservas están completas, ha sido un sitio donde se preguntaba por la familia, por la vida; donde la barra seguía siendo un espacio de conversación y no solo de servicio. "La hostelería es una vía de escape para mucha gente, un lugar de encuentro. Y eso, en parte, se ha ido perdiendo", reflexiona su fundador.

Las despedidas lo han confirmado. Vecinos, clientes, miembros de la comunidad gallega en Madrid y antiguos trabajadores han convertido los últimos días en una sucesión de abrazos, regalos y lágrimas contenidas. Una escena especialmente emotiva —compartida en redes— mostraba al equipo sorprendiendo al chef, escondido casi en un rincón de la cocina, sin saber muy bien "qué hacer" ante tanto cariño.

El cierre no es un adiós definitivo a Manuel Domínguez. La idea es parar, descansar, limpiar la cabeza y pensar con serenidad. "Ahora no puedo tomar decisiones. Tengo la emoción a flor de piel", admite. Pero sí hay una intuición clara: si vuelve Lúa —o lo que venga después— será algo más pequeño, más personal, más cercano. Un proyecto donde el foco vuelva a estar en el cuidado de las personas, dentro y fuera de la cocina.