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Las claves

Un jardín suele asociarse con ocio, plantas y alimentos frescos, pero también obliga a agacharse, levantarse, caminar, cargar y mover los brazos. Para Dan Buettner, esa suma de pequeños esfuerzos diarios puede convertirse en una forma muy útil de mantenerse activo.

Buettner, periodista, experto en longevidad y creador del concepto "zonas azules", lleva años divulgando sobre regiones conocidas por su elevada longevidad. En un vídeo de Instagram coloca entre sus ejercicios favoritos caminar y cuidar un jardín.

"¿Por qué un jardín?", se pregunta. Su respuesta es sencilla: empuja a moverse todos los días, obliga a utilizar diferentes movimientos, puede reducir el estrés y termina proporcionando alimentos frescos. La ciencia respalda varias partes de esa explicación.

Eso no significa que plantar tomates o podar rosales garantice llegar a los 100 años. La jardinería se asocia con actividad física y algunos indicadores de envejecimiento saludable, pero gran parte de la evidencia sobre longevidad sigue siendo observacional.

Es cierto que la jardinería puede parecer demasiado suave para contar como ejercicio. Sin embargo, cavar, plantar, desherbar, regar o transportar herramientas exigen esfuerzos diferentes. Muchas de estas tareas se sitúan entre una intensidad baja y moderada en personas mayores.

Un estudio realizado con jardineros mayores en Gales midió el consumo de oxígeno durante seis tareas. Las actividades oscilaron entre 1,9 y 5,7 MET, desde esfuerzos ligeros hasta otros de intensidad moderada-alta.

Ese es uno de los atractivos que señala Buettner. El movimiento aparece integrado en una actividad con un propósito: la persona entra, sale, se agacha, alcanza objetos y camina porque las plantas necesitan cuidados.

La OMS recuerda que la actividad física puede proceder del ocio, el transporte, el trabajo o las tareas domésticas. En mayores de 65 años, recomienda combinar actividad aeróbica, fortalecimiento muscular y ejercicios que trabajen el equilibrio.

Por eso, cuidar un jardín puede sumar minutos activos, aunque la intensidad depende mucho de la tarea y de cada persona. Regar unas macetas no exige lo mismo que cavar, palear tierra o trabajar durante media hora en un huerto.

Una investigación publicada en 2026 en Journal of Environmental Psychology aporta un dato especialmente llamativo. Analizó a 475 participantes de la cohorte escocesa Lothian Birth Cohort 1921, que tenían una edad media de 79 años. La frecuencia con la que cuidaban el jardín se relacionó con varios indicadores de envejecimiento.

De ellos, 207 practicaban jardinería con frecuencia, 78 algunas veces y 190 rara vez o nunca. Al inicio, los jardineros frecuentes presentaban mejor bienestar psicológico, mejor función física y telómeros más largos.

Con el paso de los años también mostraron un deterioro más lento de la velocidad al caminar y de la longitud de los telómeros entre los 79 y los 90 años. La asociación se mantuvo tras ajustar numerosos factores.

El resultado más llamativo apareció en la supervivencia. Durante 25 años de seguimiento mediante registros, los jardineros frecuentes tuvieron un riesgo de muerte un 22% menor que quienes nunca o casi nunca realizaban esta actividad.

El estudio no demuestra que el jardín fuese la causa de vivir más. Las personas capaces de mantener esta afición pueden diferir en salud, hábitos y circunstancias sociales de quienes no la practican, incluso después de realizar ajustes estadísticos.

Buettner menciona también el estrés. En un pequeño estudio publicado en 2011 en Journal of Health Psychology, 30 jardineros realizaron una tarea estresante y después pasaron media hora trabajando en el jardín. El cortisol disminuyó más y el estado de ánimo mejoró después de trabajar con las plantas.

Menos estrés y algo más de movimiento

Un ensayo aleatorizado de 2023 publicado en Lancet Planet Health ofrece otra perspectiva. Reunió a 291 adultos que esperaban una parcela comunitaria y asignó a la mitad un espacio para cultivar. La intervención produjo cambios modestos en actividad física y consumo de fibra.

Las llamadas zonas azules popularizadas por Buettner son lugares donde históricamente se han registrado concentraciones elevadas de personas muy longevas. En varias de esas comunidades, cultivar un huerto forma parte de una vida cotidiana en la que el movimiento aparece de manera natural.

El jardín, sin embargo, es solo una pieza de un estilo de vida mucho más amplio. La alimentación, la actividad diaria, las relaciones sociales, el entorno o la genética también pueden influir, y resulta imposible atribuir la longevidad de estas poblaciones a una sola costumbre.

La misma filosofía aparece cuando Buettner habla de caminar. En el vídeo asegura que un paseo proporciona alrededor del 90% del beneficio de entrenar para un maratón. Aunque ese porcentaje concreto no puede aplicarse de forma general, porque los beneficios dependen del tipo y cantidad de ejercicio.

Lo que sí cuenta con un respaldo mucho más sólido es la idea que hay detrás. Caminar regularmente aporta importantes beneficios para la salud y, especialmente en personas mayores, sustituir tiempo sedentario por movimiento ya resulta favorable.

El jardín encaja bien en esa forma de mantenerse activo. Regar, podar, plantar o retirar hierbas obliga a caminar, agacharse y utilizar brazos y piernas. Además, son movimientos que se repiten porque existe una tarea concreta que realizar.

Ahí reside buena parte del interés de la propuesta de Buettner. Cuidar un jardín puede convertir el movimiento en una parte habitual del día, mientras añade contacto con la naturaleza, una actividad con propósito y, en muchos casos, alimentos cultivados en casa.