Manuela Cabero también ha estado en el terremoto de El Salvador y en los campos de refugiados en Grecia.

Manuela Cabero también ha estado en el terremoto de El Salvador y en los campos de refugiados en Grecia.

Salud

La anestesióloga española de las 'mil y una' guerras: "Negarse a acoger refugiados es indecente"

"En la frontera de Ucrania sobraban médicos cuando fui en mayo del pasado año" / "Los gobiernos utilizan la ayuda humanitaria para tapar su implicación política en los problemas de la gente" / "Si eres rico, a nadie le importa el color de tu cara".

15 junio, 2023 03:24

Las páginas dedicadas a la guerra en los libros de Historia siempre estarán en deuda. En ellas, aparecerán tanto los nombres de los líderes que generaron el conflicto bélico como los de aquellos que finalmente firmaron la paz. Sin embargo, seguirá faltando el de aquellas personas que trataron de evitar que se produjera una mayor catástrofe, como es el caso de Manuela Cabero (León, 1947). Esta anestesióloga ha estado en la guerra de los Balcanes, de Irak y de Ucrania, en el terremoto de El Salvador y en los campos de refugiados para sirios en Grecia.

"Hacemos muy poco", asegura Cabero. Sus palabras no reflejan una falsa modestia, sino la sensación de quien en 1994 decidió aparcar su 'acomodada' vida como anestesióloga en el Hospital Virgen de la Salud de Toledo para acudir a Bosnia, donde necesitaban especialistas. "La nuestra es una ayuda, pero no es nada para lo que está cayendo", aclara. 

Siempre que ha pisado un territorio en conflicto lo ha hecho dentro de una misión de ayuda de emergencia; es decir, en períodos que no superen las cinco semanas. ¿El motivo? "No puedes estar más tiempo porque te familiarizas con la situación. Y ahí es donde está el peligro", explica Cabero. La anestesióloga también reconoce que el miedo en una guerra no se mide en función de la experiencia. A la primera puedes no tenerlo, pero a la siguiente sí. "Lo que hay que hacer es mirar al paciente. Si oye una bomba y no se inmuta, tú tampoco lo haces".

[Pagés, el olvidado médico militar español que descubrió la anestesia epidural]

Además, al regresar a casa la percepción cambia: "Te das cuenta de lo afortunados que somos por tener una situación infinitamente mejor". Cuenta, a modo de anécdota, que a su jefe le gustaba que cada vez que volvía de Bosnia [estuvo en cinco ocasiones] tardaba un montón de meses en pedir nuevos materiales.

Cabero atiende a EL ESPAÑOL tras haber recibido el reconocimiento de la Fundación para la Cooperación Internacional de la Organización Médica Colegial (FCOMCI). Un galardón que se suma a una larga lista entre los que se encuentra la medalla Henri Dunant, la más alta distinción de la Comisión Permanente de la Cruz Roja y la Media Luna Roja. Pese a que el de la FCOMCI lo recibe en la categoría de mejor médico jubilado, Cabero no descarta participar en una nueva misión a sus 75 años. "Siempre y cuando esté bien física y mentalmente", matiza.

Siendo anestesióloga en el Hospital Universitario de Toledo, en 1994 decide marcharse a Bosnia. ¿Cómo se toma una decisión de este tipo?

Me parece que es una decisión ineludible. Aunque sólo sea para que la gente que está sufriendo vea que cuentan para alguien que vive en la otra punta del mundo.

En mi caso, comencé llamando, junto con un compañero, a Médicos Sin Fronteras por la crisis de hutus y tutsis que había en Ruanda. Ahí fue cuando nos dijeron que podíamos acudir como médicos generales, pero que en Bosnia estaban buscando especialistas y que tenían muy pocos candidatos. Llamamos, nos hicieron una entrevista (que es como un tercer grado) y pudimos ir a Bosnia durante unas cinco semanas. Una vez allí te das cuenta de que hacemos muy poco cuando llegamos a los sitios de guerra y catástrofes. Por supuesto, es una ayuda de manera individual para los pacientes que atiendes. Pero para lo que está cayendo no es nada.

¿Se puede estar preparado para lo que se va a ver en una guerra?

Simplemente es una cuestión de tener miedo o no tenerlo. ¿Qué le vas a hacer? La vida es arriesgada. Como decía mi abuela, si el cielo cae, a todos los pájaros mata. Puede que a la primera no tengas miedo, y a la siguiente sí. En mi caso, ya era una persona adulta, con muchos años de ejercicio.

También es cierto que siempre estamos muy protegidos. En Bosnia, por ejemplo, nos encontrábamos en unos contenedores que estaban, a su vez, en el sótano de un centro comercial que había sido destruido. Lo que hay que hacer es mirar al paciente, que es el que lleva más tiempo que tú y es el que verdaderamente sabe cuándo hay peligro. Cuando se oye una bomba y ellos no se inmutan, tú tampoco lo haces.

Te acostumbras a todo en esta vida. Tanto es así, que en estas situaciones no puedes estar más de cinco semanas porque te habitúas y se te van olvidando, sin querer, las medidas de seguridad. Te familiarizas tanto que muchas veces piensas que es normal. Ahí es cuando está el peligro.

¿Cuánto cambia su percepción de la vida cuando regresa a casa?

¡Muchísimo, muchísimo! Cambias totalmente la percepción. El gerente de mi hospital, de hecho, me decía que lo que más le gustaba de cuando volvía de Bosnia era que estaba un montón de meses sin pedir respiradores o monitores caros [se ríe]. Hombre claro, si allí era capaz de apañármelas con un ambú.

Y no sólo en lo profesional. La primera vez en Bosnia sí que comí mal, perdí seis kilos; en las otras ocasiones no fue así. Ahí es cuando te das cuenta de lo afortunado que somos por tener una situación infinitamente mejor. Ellos se quedan allí, pero yo me vuelvo a España, como lo que me da la gana. Tenemos más de lo que realmente necesitamos, mientras que hay gente que no tiene nada.

Cabero ha sido vicepresidente de Cruz Roja Española desde 2003 a 2019.

Cabero ha sido vicepresidente de Cruz Roja Española desde 2003 a 2019. Cedida

¿Ha habido alguna historia que le marcase por encima de todas?

Pues me han marcado muchas, aunque guardo con especial recuerdo la historia de una señora mayor en Bosnia que estaba siempre sentada en la entrada del hospital. Le pregunté a una de las intérpretes por qué estaba allí y nos respondió que se había quedado sin familia y que venía al hospital porque era el único sitio en el que podía ver a gente sin correr peligro y que le sonreía cada vez que pasaba. Me dejó pasmadita.

En 2015, en mi segunda misión del ébola, me encontré con un niño de 10 años que era capaz de cuidar de los pacientes como nadie. Una vez, antes de entrar al hospital a las seis de la mañana, le pregunté qué tal estaba. "Yo bien, el bebé es el que está mal porque le sangra por la boca", me respondió. Efectivamente era así; y sabes que cuando esto ocurre es que no va a tardar nada en morirse.

De Bosnia tengo escritos cinco cuadernos. Una de las enfermeras me contó que una noche se echó en una camilla con un paciente porque estaba agotada. A la mañana, cuando se despertó, ella estaba llena de sangre y el paciente había muerto. Las desgracias ajenas son centros de enseñanza.

Cuando acude a Irak, que era ya su tercer conflicto bélico, ¿siente que ha normalizado la situación?

No, te sigues sorprendiendo. Y eso que me había preparado porque no íbamos a tener una unidad de quemados. Sin embargo, Irak lo recuerdo como algo terrible. Trabajamos en el hospital más pobre de Bagdad, que se mantuvo porque los propios trabajadores lo habían defendido con las armas. Al igual que en Bosnia, también vi a niños con kalashnikov por las calles. Fue una situación caótica, con quirófanos que daban pena.

También estuvo en El Salvador, después del terremoto de 2001. ¿En qué se diferencia una guerra de una catástrofe natural?

En El Salvador noté que no hacíamos falta. Trabajamos mucho, pero nos dimos cuenta que no lo estábamos haciendo para la gente del terremoto. Estábamos generando un gasto incluso. Así que, a las tres semanas, le dijimos al director del hospital que nos íbamos. "Pero, ¿cómo se van si nos hacen mucha falta", nos preguntó él. Le dije que les hacíamos mucha falta antes, durante y después del terremoto. No les iba a cambiar la vida porque nosotros nos quedáramos allí.

¿Ha sido la única vez que ha tenido esa sensación?

No, cuando estuve en Ucrania en mayo del año pasado también tuve la misma sensación. Estaba acostumbrada a los refugiados sirios que llegaban a las costas de Grecia, que venían de estar casi seis meses en los campos turcos. En Ucrania la gente estaba sanísima. Había diabéticos, hipertensos, personas con un brazo roto... Pero como en cualquier consulta. De hecho, no se distinguía la de los refugiados de la de un ambulatorio en España. Afortunadamente para los ucranianos, claro. No estaban en una situación precaria físicamente; emocionalmente, sí.

Éramos dos médicos y dos enfermeras españolas. Por supuesto, tiene que haber ayuda siempre. Pero con un médico hubiera sido suficiente para atender a los pacientes que acudían.

Los ataques en Kiev se habían rebajado cuando estuve y muchos de ellos se volvían a su casa. A uno le conté la anécdota de un refugiado sirio que también quería regresar a Alepo, pese a que la ciudad estaba destruida. "Con cuatro palos y una lona se hace un hogar", me dijo. Si ya es malo ser desplazado, ser refugiado es una cosa terrible.

La anestesióloga ha estado en las guerras de los Balcanes, Kosovo e Irak.

La anestesióloga ha estado en las guerras de los Balcanes, Kosovo e Irak. Cedida

¿Hay refugiados de primera y de segunda categoría?

Sí, eso está clarísimo. No minimizo el sufrimiento de los ucranianos, pero en el campo de refugiados de la isla de Samos (Grecia) llegaban personas que habían perdido a un hijo por el camino, y te preguntabas en qué condiciones ha estado esta gente. Luego se quedaban en unas mínimas tiendas de campaña en el propio puerto.

A los de psicosocial les tuve que decir que hicieran carteles en varios idiomas en el que se indicara que habían llegado a una isla, no a un continente. Nos decían: "Mamá Merkel, ¿dónde se coge un autobús para Alemania". Y estábamos en una isla, pero no lo sabían. Al final, no es una cuestión de raza. Los sirios son igual de caucásicos. Si eres rico, a nadie le importa el color de tu cara. Es una cuestión de pobreza, desgraciadamente.

¿Qué opinión le merece la labor que realiza el chef José Andres en conflictos bélicos y catástrofes naturales?

Me parece que realiza una excelente labor, tanto él como su organización. Sólamente he visto uno de sus comedores, en Zahony, el último pueblo de Hungría antes de entrar en Ucrania. El comedor de José Andrés siempre estaba abierto, con un espacio especial para los niños. Servían a todo el que quisiera el desayuno, la comida o la cena. También servía para punto de encuentro entre los miembros de las diferentes ONGs para planificar estrategias y alguna formación para la población. Fue alentador.

¿Cree que la ayuda humanitaria está politizada?

Sí, claro. Éste es otro de los dilemas tanto de la ayuda humanitaria como de cualquier otra, pues hay determinados países en los que vamos a colaborar y donde los gobiernos nos utilizan para tapar su propia implicación política y monetaria en los problemas reales de la gente.

¿Qué piensa cuando escucha a algunos políticos que se oponen a la acogida de refugiados?

Me parece indecente. Absolutamente indecente. Si la gente está pasando hambre, teme por su vida y ve que en el resto del mundo no se vive así, no puedes intentar parar la inmigración. Es como ponerle puertas al campo. Económicamente, Europa es potente, pero políticamente es una enana. Con todos estos años de inmigraciones masivas, muertos en el Mediterráneo, y todavía no se han sentado para tener una política de inmigración adecuada. Eso es terrible. No se trata de que unos tomen una medidas y otros, otras, como está ocurriendo ahora en Italia, que es un desastre absoluto.

¿Tiene la sensación de que cada vez se presta menos ayuda al de enfrente?

No. El primer donante del mundo es Estados Unidos; el segundo, la Unión Europea. En lo que respecta a España, somos un país tremendamente solidario. Tú haces un llamamiento para un tsunami, una guerra o cualquier otra catástrofe, y la gente considerando además que no somos los ricos de Europa responde de un modo muy llamativo. Los gobiernos también ayudan, entre otras cosas, porque creo que lavan su conciencia con ello.

¿Aceptará una futura misión si se lo piden?

Hay cosas que no he hecho. Por ejemplo, hace poco me plantearon acudir a las inundaciones de Pakistán con la unidad de saneamiento masivo. Tengo la formación hecha, pero no me siento segura trabajando en este campo. Por eso no he ido. Aunque si me llaman como médico, voy. Siempre y cuando me encuentre bien en ese momento, física y mentalmente.