Los niños que crecen en familias en las que reciben cariño y amor serán luego mejores padres y abuelos, ya que tendrán más mecanismos para enfrentarse a los conflictos emocionales. Al menos, esa es una de las conclusiones del estudio sobre la felicidad en el que distintos investigadores de la Universidad de Harvard llevan trabajando más de 75 años.

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 Dirigido en la actualidad por Robert Waldinger, psiquiatra y profesor del prestigioso centro estadounidense, los últimos resultados de esa larguísima investigación señalan que, sin que importe el contexto socioeconómico, los hombres criados en ambientes familiares amorosos y comprensivos emplean estrategias más sanas para enfrentarse a sus emociones negativas de adultos, y también desarrollan uniones más fuertes con sus parejas y sus hijos. Las conclusiones señalan, además, que el ambiente en el que crece un niño afecta a sus relaciones no sólo en el inicio de su vida adulta, sino durante el resto de su trayectoria vital.

Marc Schulz, psicólogo en la Universidad Bryn Mawr College y también parte de este largo estudio financiado por el Gobierno de EEUU, remarca que, aunque los niños en muchas ocasiones no son capaces de recordar eventos específicos de sus primeros años, la acumulación de situaciones de amor y cuidado tiene un impacto sobre ellos a largo plazo.

 Por ello, el experto considera que los datos recabados durante la investigación demuestran la necesidad de un mayor apoyo a las familias, que debería materializarse en medidas como las bajas por motivos familiares remuneradas y otro tipo de propuestas que puedan contribuir a crear mejores ambientes en el hogar.

 Sin embargo, y a pesar de que los hijos de familias unidas son, estadísticamente, mejores padres y abuelos, los expertos también hacen una llamada a la calma: el provenir de una familia conflictiva en la que se hayan producido situaciones de abandono no implica que un niño no vaya a poder desarrollar relaciones sanas de adulto, aunque los números favorezcan a aquellos que proceden de entornos familiares cariñosos.

 Ambos investigadores defienden que hay muchas formas de superar una infancia poco idílica, algo que lograron distintos participantes que trabajaron activamente en desarrollar relaciones más estables de adultos y que supieron usar estrategias sanas para enfrentarse a emociones negativas. Aún así, Waldinger remarca que la forma en que se crían los niños tiene una importancia vital.

Un estudio de más de 75 años

Para llegar a estos resultados, varias generaciones de investigadores y cuatro directores del proyecto han seguido la vida de 700 hombres, todos varones blancos, a lo largo de casi ochenta años. De esta manera, el proyecto comenzó en el año 1938 con la selección de un grupo de universitarios de Harvard entre los cuales se encontraban varios futuros senadores y el que se convertiría en el trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy.

 Protagonizado en un principio por varones privilegiados, en los años setenta este estudio se asoció con otro muy similar que había estado siguiendo desde los inicios de los años 40 a un grupo de más de 400 hombres de familias humildes que crecieron en distintos bloques de apartamentos del centro de Boston. Esto ha permitido que los investigadores contaran con participantes de distintos estatus sociales y niveles de educación. Aún así, el gran fallo de la muestra reside en que todos los participantes son hombres blancos: ni mujeres ni hombres de cualquier otra raza.

Durante estas décadas y sin interrupción, el estado físico y emocional de los participantes ha sido evaluado a través de distintos tests y entrevistas, siguiéndolos en las distintas etapas de su vida. En algunos casos, las parejas de los sujetos y también sus hijos han tomado parte en varias entrevistas. De hecho, esta titánica investigación ha querido ir un paso más allá y comienza ahora su segunda gran fase con el estudio en profundidad de las vidas de los hijos de los participantes originales, a los que se monitorizará durante los próximos años. En esta fase, y también durante los compases de la anterior, se realizan pruebas genéticas.

Además de las conclusiones sobre la estabilidad familiar, todas estas décadas de seguimiento han permitido que los investigadores generen una gran cantidad de datos y respuestas sobre las claves para tener un vida plena y feliz. Y aunque muchas de ellas pueden parecer obvias, este estudio longitudinal es la comprobación científica de que los participantes más felices y más sanos, fueran parte de la muestra de Harvard o del centro de Boston, son los que mantuvieron relaciones cercanas y fuertes con su familia y su círculo de amigos.

Estas revelaciones se suman al cada vez más amplio número de estudios que asocian las relaciones sociales sanas y los lazos de unión fuertes con la longevidad, los bajos niveles de estrés y con un alto bienestar general. Junto a esto, la conclusión de que las relaciones sanas en la infancia favorecen el desarrollo posterior de conexiones fuertes en la edad adulta, y contribuyen, por tanto, a que los niños se conviertan en mejores padres, abuelos y esposos al haberles dado su familia cariñosa los mecanismos para crear la suya propia.