Unas mujeres ante un plato de comida.

Unas mujeres ante un plato de comida. Gtres.

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El peligro de no probar nuevos alimentos: así perjudica a tu salud

Al contrario de lo que se cree, la neofobia alimentaria también afecta a los adultos, aunque en ambos casos tiene tratamiento. 

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Miedo, aversión o rechazo a probar nuevos alimentos. Eso es la neofobia alimentaria, un problema que ya está incluido dentro del DSM-V como un "trastorno de evitación/restricción de la ingestión de alimentos". No estamos hablando de un rechazo puntual que se dé en un momento dado o de personas tiquismiquis o puntillosas con la comida. Estamos hablando de un miedo irracional a comer cosas nuevas. En niños, se considera algo normal que suele desaparecer con los años, pero el problema viene cuando esa conducta se alarga en el tiempo, convirtiendo a adolescentes y adultos futuros en personas con neofobia alimentaria, con las consecuencias que ello tiene para la salud. Lo importante: tratar el problema. Porque sí, esta particular fobia -también- tiene solución.

"El principal riesgo de la neofobia alimentaria es el potencial riesgo de malnutrición, dado que la variedad y el aporte de nutrientes se ve significativamente mermado, particularmente en cuanto al consumo de frutas, verduras y pescado. De hecho, estudios realizados en España indican una relación inversa entre los niveles de neofobia y la adherencia a la dieta mediterránea", explica a EL ESPAÑOL Robin Rica, psicólogo y director de la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria de Instituto Centta. Especialmente, los niños con neofobia alimentaria rechazan alimentos como las frutas y las verduras.

Esto lo constató, hace cuatro años, un trabajo realizado por profesionales de la Universidad del País Vasco que concluía que los niños con neofobia alimentaria tenían "un menor índice de calidad de la dieta mediterránea" (debido, fundamentalmente a un menor consumo de frutas y verduras). Además mostraban también mayores niveles de ansiedad y una menor autoestima.

Atajar el problema desde niños 

No es nada raro que algunos niños alrededor de los 2-3 años rechacen alimentos, es una etapa típica que forma parte de su desarrollo, pero esto suele remitir a los 5-6 años, o incluso antes. En la actualidad, los estudios aportan que en España, la prevalencia de neofobia alimentaria en la infancia es de más de un 16%, por lo que es importante tratar el problema cuando se perpetúa más allá de lo que consideramos algo típico de la edad, de lo contrario, "el niño terminará con una dieta muy pobre si la familia sistemáticamente le retira los alimentos que le originan temor y ansiedad", expone el experto. El niño con neofobia alimentaria siente angustia ante el alimento que no quiere tomar.

Por ese sufrimiento de sus hijos, en ocasiones, afirma Rica, "las familias caen en el error de no darles esos alimentos que rechazan y optan por ofrecerles únicamente lo que les gusta. Un verdadero error, ya que los niños tienen preferencia por los dulces y por los salados, por lo que es frecuente que su alimentación esté compuesta por alimentos hipercalóricos y terminen desarrollando obesidad infantil",

Pero también puede provocar otros problemas en el futuro. Un estudio publicado hace apenas dos meses en la revista The American Jounal of Clinical Nutrition, mostraba que las personas con este problema tenían una peor calidad de la dieta (menor presencia de fibra, proteínas y ácidos grasos monoinsaturados y más ingesta de sal y grasas saturadas), y por tanto presentaban riesgo de desarrollar enfermedades, patologías cardiovasculares y diabetes tipo 2.

Es importante que los padres actúen ante el rechazo de comida de sus hijos. Que el problema se trate. Para ello, una de las cosas más importantes es no forzarles, no obligarles a comer a la fuerza la comida que no les guste, pero sí intentarlo en otro momento, insistir otras veces y en otras circunstancias. Darle ese mismo alimento con otra presentación diferente y de un modo atractivo. Otro consejo es que los niños participen en la compra y en el proceso de elaboración de los platos.

"Es importante que desde el entorno familiar se realice una oferta variada de alimentos que permita al niño familiarizarse poco a poco con los distintos alimentos. Y es clave además, que los padres den ejemplo", aconseja Rica. Que los niños vean que sus padres comen de todo y llevan una dieta sana, variada y equilibrada. Para ello, es importe que el rato de la comida sea un momento agradable y de disfrute en familia, todos juntos.

La solución para los adultos 

Los estudios de prevalencia son más escasos y los que hay arrojan datos controvertidos, apunta Rica. Por un lado, se encuentra que la neofobia alimentaria decrece con la edad, con excepción de la franja de entre 65 y 80 años donde se observan comportamientos neofóbicos frecuentes. Pero por otro lado, añade el especialista, otros estudios señalan cifras de neofobia de en torno al 15% en población universitaria, lo que indicaría que las cifras se mantienen en el tiempo relativamente estables.

"Una posible explicación a esto es que la mayoría de las neofobias infantiles no se consideran los suficientemente graves en las familias como para solicitar un tratamiento, por lo que en muchos casos la situación se enquista indefinidamente", apunta Rica. Por ello, insiste, en el papel fundamental de los padres.

Es altamente infrecuente que la neofobia alimentaria aparezca en un adulto sin antecedentes, apunta Rica. Sin embargo, "puede desarrollarse una posible fobia alimentaria cuando el adulto ha tenido malas experiencias con la comida", añade por su parte el doctor en Psicología, Guillermo Fouce. Por ejemplo, a raíz de una intoxicación o de alguna comida que le haya hecho enfermar. Entonces, en esas ocasiones, el adulto puede desarrollar una neofobia alimentaria. Y como cualquier fobia, "la única solución que existe es enfrentarse a ella", asegura Fouce.

En la gran mayoría de los casos, en los que la neofobia haya existido desde la infancia y se haya perpetuado en el tiempo, es probable que esos adultos -que no se trataron de pequeños- sigan manteniendo una alimentación poco variada. "Los adultos, a diferencia de los niños, tienen la capacidad de escoger en cada momento lo que comen, aunque su opción no sea la más sana", apunta Rica. Es decir, "una persona adulta económicamente independiente, puede adquirir de manera sistemática platos precocinados, comida rápida o comida a domicilio de cualquier tipo, a diferencia de un perfil de neofobia infantil en el que son los padres los responsables de la alimentación del niño".

Por tanto, "aquellos niños a los que en el período sensible de la infancia no se les ha proporcionado una correcta exposición a diferentes alimentos, y cuya alimentación está basada exclusivamente en preferencias infantiles, pueden convertirse en adultos que sigan manteniendo esa rigidez en su alimentación". Por este motivo, es habitual que no quieran tratar el tema, apunta Rica, sea por falta de conciencia de problema o porque se sienten cuestionados en sus elecciones.

Además, según explica este profesional, es habitual que sean personas cognitivamente rígidas, a las que les gusta tener siempre el control y que las cosas sigan el patrón que ellas quieren. "La rigidez en el patrón alimentario muchas veces es una dimensión más en la que se refleja otro tipo de dificultades emocionales", afirma.

Por ello, el tratamiento a seguir en la edad adulta irá encaminado al aspecto motivacional. Es importante trabajar en construir la motivación suficiente como para que la persona, gradualmente, pueda explorar nuevos alimentos con el objetivo de tomar responsabilidad en su autocuidado y su salud a largo plazo". Es fundamental que la pareja, familia y amigos cercanos ayuden y no continúen por ejemplo, preparando exclusivamente el escaso abanico de alimentos que ingiere la persona. Al contrario. "Desde una posición de transmitir preocupación y cuidado y con ayuda terapéutica, las familias o los allegados han de escoger en algún momento dejar de ser cómplices de esa situación", concluye Rica.