En 2017, la noticia de la muerte de un infante de 6 meses en Tokio dio la vuelta al mundo. El niño murió de botulismo, una intoxicación causada por la ingesta de alimentos contaminados con toxinas. De acuerdo con la OMS, los alimentos enlatados de preparación doméstica son una fuente común de botulismo frente a los que hay que tomar medidas preventivas.

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Los funcionarios tokiotas declararon que la familia había alimentado a su hijo con un preparado de miel mezclado con zumo. Al menor se le suministraba esta mezcla al menos un par de veces al día. Muestras de la bacteria Clostridium botilinum se encontraron en un bote mal envasado con miel, así como en los restos del aparato digestivo del niño.

Las autoridades sanitarias de Japón advirtieron en su momento que no era recomendable dar miel a los niños menores de un año. Sus aparatos digestivos, aún en pleno desarrollo, son más vulnerables a este tipo de bacterias. Su capacidad gástrica pasa de 15 mililitros desde el nacimiento hasta 200 en su primer aniversario. A pesar del riesgo, este aviso fue fruto del alarmismo. Tal y como explica este estudio de Nutrition and Metabolism, los bebés son perfectamente capaces de digerir miel debido a la simpleza de sus componentes. 

La miel lleva empleándose durante miles de años en la dieta de diversas culturas. El decimosexto capítulo del Corán está enteramente dedicado al néctar de las abejas, y lleva por título el nombre de este insecto tan imprescindible para la biodiversidad del planeta. La Biblia también hace referencia a las propiedades de la miel en numerosos capítulos del Antiguo Testamento, a través de personajes con base histórica como el rey Salomón. El cadáver de Alejandro Magno se embalsamó en miel para garantizar su conservación, según aseguraba el historiador E. A. Wallis Budge en el siglo XIX.

El peso de la tradición histórica y cultural de la miel nos impide valorar sus desventajas nutricionales. Su composición basada en agua y azúcares -en un 80% glucosa y fructosa- aporta una energía rápida, sin incluir las ventajas de su contenido en vitamina B y otros nutrientes. Por ello los pediatras recomiendan suministrárselo a los bebés, ya que es un producto fácil de digerir pese a la juventud de sus sistemas digestivos.  Sin embargo, las creencias populares asocian a este producto con unas propiedades de las que carece en realidad. 

Pese a que existen algunos indicios de que la miel ayude a aliviar los resfriados, no existe ninguna prueba concluyente que lo certifique. En artículos científicos como éste de Food Quality and Safety o este otro de Clinical Otolaryngology se explica cómo la miel ayuda a regular la flora intestinal o a regular problemas respiratorios, como la tos. Sin embargo, la cantidad de néctar que debería consumirse para alcanzar estos beneficios no compensa en cuestiones de salud nutricional. Los azúcares que contiene la miel son demasiados: además de la glucosa y la fructosa, a este porcentaje hay que añadir la presencia de la sacarosa y la maltosa. Existen, por tanto, maneras más sanas de resolver estos problemas sanitarios menores. 

Aparte del contenido en azúcares y agua, la cantidad de nutrientes que tiene la miel es ínfima: las vitaminas mencionadas anteriormente alcanzan una proporción de 0,5 miligramos por cada 100 gramos de producto. Ocurre lo mismo con el magnesio o los antioxidantes que contiene. 

El artículo enlazado inicialmente de Nutrition and Metabolism advertía así mismo de cómo las autoridades sanitarias tienen problemas para controlar los procesos de envasado de este producto. En casos parecidos como el del niño tokiota, mieles envasadas en India o China han demostrado tener contenidos de antibióticos como el cloranfenicol, que puede causar anemia entre los consumidores. El contenido en metales pesados de la miel como el cobalto, el molibdeno y el níquel también supone un riesgo, aunque las cantidades presentes en el néctar son tan pequeñas que las probabilidades de que supongan un riesgo para la salud son muy escasas.

Los productos agroquímicos como los pesticidas suponen un doble riesgo. Por un lado pueden afectar a la salubridad del producto. Por otro, diezman los ecosistemas de las abejas, encargadas de la polinización de la práctica totalidad del planeta, a excepción de la Antártida. Este informe de Greenpeace revela que un declive de estos insectos de entre el 25% entre 1985 y 2005. La proporción ha aumentado en los últimos años: numerosos estudios de poblaciones como Reino Unido o Canadá advierten de que las abejas desaparecen irremediablemente de sus ecosistemas, con las graves consecuencias que dicha pérdida acarreará para la biodiversidad del planeta.