España podría afrontar en 2060 episodios de calor extremo con sensaciones térmicas superiores a 51 ºC, según proyecciones que combinan el aumento sostenido de las temperaturas con la humedad procedente del mar Mediterráneo y del cercano océano Atlántico europeo.
La advertencia no se basa únicamente en los termómetros convencionales. La combinación de aire cálido y vapor de agua dificulta que el organismo elimine calor mediante el sudor, transformando jornadas peligrosas en condiciones potencialmente insoportables para la salud humana.
La investigación publicada en Theoretical and Applied Climatology por Rubén Moratiel y su equipo analizó las tendencias de temperatura, punto de rocío y temperatura de bulbo húmedo en 43 estaciones meteorológicas españolas durante el periodo entre 1981 y 2010.
Los autores explicaron que su propósito era determinar cómo los cambios de temperatura y humedad afectan a la temperatura de bulbo húmedo, un indicador que los propios investigadores consideran "probablemente un indicador más fiable del cambio climático que la temperatura por sí sola".
Tendencias significativas de calentamiento
El estudio detectó tendencias significativas de calentamiento en la mayoría de las estaciones analizadas. Las temperaturas medias, máximas y mínimas aumentaron entre 0,2 y 0,4 ºC por década, con los mayores incrementos entre abril y julio de cada año.
Sin embargo, la clave del riesgo futuro no reside solo en ese ascenso térmico. La investigación concluyó que "esta tendencia está más relacionada con los cambios en la humedad que con los de la temperatura", señalando que la humedad condiciona la percepción del calor.
En las zonas costeras, la proximidad del mar aporta vapor de agua a la atmósfera. Cuando una ola de calor continental coincide con vientos húmedos mediterráneos, el cuerpo pierde capacidad para refrigerarse y la sensación térmica puede dispararse peligrosamente.
Las proyecciones apuntan a que, hacia 2060, ese fenómeno podría producir episodios puntuales con más de 51 ºC de sensación térmica en determinados puntos del país, especialmente en el litoral mediterráneo, el sur peninsular y las grandes ciudades españolas.
El estudio original ya advertía de una evolución variable de la humedad: las tendencias del punto de rocío oscilaron entre -0,6 y +0,3 ºC por década, mientras que la temperatura de bulbo húmedo registró variaciones entre -0,4 y +0,5.
Ese margen importa porque la temperatura de bulbo húmedo mide hasta qué punto el aire permite evaporar la humedad de la piel. Cuanto más alta es, menor es la capacidad del organismo para disipar calor, aunque no haya récords.
La evidencia científica coincide en que el estrés térmico húmedo es especialmente peligroso. Otras investigaciones recientes han apuntado que la exposición prolongada a condiciones no compensables puede elevar la temperatura corporal hasta niveles asociados con el golpe de calor y fallecimiento.
Para España, el problema no será solo la frecuencia de las olas de calor, sino su naturaleza. Unas jornadas más calurosas y húmedas afectarán de manera desigual a personas mayores, trabajadores al aire libre, enfermos crónicos y colectivos vulnerables.
Los expertos subrayan que reducir emisiones y adaptar las ciudades —con más sombra, vegetación, agua y protección social— puede limitar los impactos. Sin medidas, la combinación de calor extremo y humedad marina podría convertir veranos excepcionales en una amenaza.
