P. G. Santos
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LO ESENCIAL
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Las lluvias torrenciales que han golpeado estos días el este peninsular recuerdan una evidencia meteorológica: una inundación grave no depende únicamente de que una tormenta sea intensa, sino que deben coincidir varios ingredientes atmosféricos y terrestres.

Según la meteoróloga de eltiempo.es Mar Gómez, el primero puede encontrarse ahora sobre el Mediterráneo. El verano de 2026 dejó temperaturas altas en sus aguas y la boya de Dragonera alcanzó 33,02 grados el 5 de agosto, el registro más elevado de la red de medida.

El dato ayuda a entender el contexto, pero no significa que un mar caliente provoque por sí solo una depresión aislada en niveles altos (dana) o una tormenta. El Mediterráneo funciona como una reserva de humedad y energía disponible cuando aparece la configuración adecuada.

¿Cuál es esa configuración? Una vaguada, una dana o aire frío en niveles medios y altos puede incrementar la inestabilidad. Simultáneamente, los vientos de componente este o nordeste recorren el mar y llegan a tierra cargados de humedad local.

Una combinación peligrosa

Entonces aparece el contraste decisivo: aire relativamente frío en altura frente a aire cálido y húmedo cerca de la superficie. El vapor asciende, se enfría y condensa; al hacerlo libera calor latente, que puede reforzar las corrientes ascendentes potentes.

El relieve mediterráneo también cuenta. La convergencia de los vientos y las montañas próximas al litoral pueden obligar al aire a elevarse, favoreciendo tormentas especialmente eficientes para descargar grandes cantidades de agua en periodos muy cortos sobre la costa.

Pero Gómez señala una diferencia fundamental: "Para producir una inundación grave no basta únicamente con tener una tormenta intensa". El escenario más peligroso aparece cuando las células tormentosas se regeneran continuamente sobre una misma zona durante varias horas seguidas.

El mecanismo puede imaginarse como una cinta transportadora de tormentas. Una célula descarga, avanza y detrás aparece otra que atraviesa prácticamente el mismo territorio. Así, la precipitación se acumula rápidamente y puede alcanzar cantidades excepcionales en pocas horas localmente.

Este fenómeno explica además por qué dos localidades separadas apenas unas decenas de kilómetros pueden registrar cantidades de lluvia completamente distintas. La tormenta no tiene por qué repartir el agua de manera uniforme: su estructura y desplazamiento resultan determinantes.

El Mediterráneo cálido tampoco permite anticipar cuántas danas habrá durante el otoño ni dónde descargará una tormenta concreta. La formación y trayectoria de estos sistemas dependen de la dinámica atmosférica, no de la temperatura marina por sí sola actual.

Lo que sí cambia es el escenario disponible. Un mar excepcionalmente cálido aporta más humedad y energía potencial cuando coinciden los ingredientes. Por eso, aunque el Mediterráneo empiece a enfriarse en otoño, puede seguir condicionando episodios de lluvias torrenciales.

El cambio climático tampoco crea una dana concreta, pero modifica ese escenario de fondo. MedECC estima que la superficie mediterránea se ha calentado entre 0,29 y 0,44 grados por década desde los años ochenta, con diferencias regionales importantes también.

Los datos recientes refuerzan esa conexión. Un estudio publicado en 2026 sobre la DANA de Valencia de 2024 estimó que el calentamiento antropogénico incrementó un 21% la precipitación intradiaria y un 19% el volumen en la cuenca del Júcar.