P. G. Santos
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LO ESENCIAL
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España avanza hacia un clima más cálido y, en buena parte del territorio, también más seco. Pero la meteoróloga Mar Gómez advierte ya de una paradoja: menos días de lluvia no significa que desaparezcan los episodios de precipitaciones torrenciales.

El cambio climático está alterando el ciclo del agua y, con él, las características de las precipitaciones extremas. En el Mediterráneo, donde las lluvias intensas ya forman parte del clima, el calentamiento puede añadir más combustible a determinadas tormentas.

El informe ERICC-2025 señala que la precipitación anual no presenta una tendencia homogénea en España. Sin embargo, sí detecta un aumento de la intensidad de algunos episodios extremos, especialmente en el este peninsular y durante situaciones meteorológicas muy concretas.

El Mediterráneo español aparece entre las zonas sensibles. El documento apunta a incrementos en magnitud y frecuencia de algunos episodios capaces de superar los 200 litros por metro cuadrado en un día, además de una mayor actividad convectiva otoñal.

La paradoja del Mediterráneo

La explicación física comienza con un dato: por cada grado adicional de temperatura, el aire puede contener aproximadamente un 7% más de vapor de agua. No implica automáticamente más lluvia, pero sí mayor humedad disponible cuando aparecen condiciones adecuadas.

Para convertir esa humedad en una tormenta extrema hacen falta más ingredientes: aire frío en altura, una DANA o vaguada, inestabilidad, convergencias de viento, ascensos orográficos y circulación atmosférica favorable. El calentamiento, por sí solo, no desencadena una tormenta torrencial.

Un ejemplo permite medir el fenómeno. Un estudio publicado en Nature Communications en 2026 concluyó que el calentamiento provocado por la actividad humana intensificó un 21% la precipitación acumulada durante seis horas en la DANA de Valencia de 2024.

El mismo trabajo estimó un 19% más de volumen total de lluvia sobre la cuenca del Júcar y un 55% más de superficie recibiendo más de 180 litros por metro cuadrado. El Mediterráneo aportó humedad y energía convectiva adicionales.

Otro análisis científico, publicado en el Bulletin of the American Meteorological Society, encontró resultados más matizados. No identificó una señal antropogénica suficientemente clara en la probabilidad de aquella configuración meteorológica, pero sí detectó más precipitación asociada al calentamiento mediterráneo.

Esto ayuda a entender la paradoja. El calentamiento global no tiene por qué provocar más DANAs ni aumentar uniformemente su frecuencia. Puede, sin embargo, hacer que determinadas tormentas descarguen más agua en ocasiones, cuando coinciden las condiciones atmosféricas necesarias.

La revisión de 175 estudios publicada en Earth-Science Reviews en 2026 confirma que no existe una intensificación uniforme de la lluvia extrema en la cuenca mediterránea. Algunas zonas del este español muestran también aumentos, mientras otras presentan señales débiles.

Las proyecciones apuntan a un Mediterráneo con menos días lluviosos y más periodos secos. Un estudio de Communications Earth & Environment describe zonas del norte mediterráneo donde conviven menos precipitaciones moderadas con episodios extremos más intensos: la llamada paradoja.

Por eso, explica el escenario climático descrito por Gómez, una España más seca no equivale necesariamente a una España sin lluvias torrenciales. El riesgo futuro dependerá también de dónde caiga el agua, exposición, urbanización y capacidad de drenaje.