El urbanita español tiene una relación con el clima basada en la desmemoria. Hoy, cuando maldecimos al ver en la predicción del tiempo un nuevo fin de semana pasado por agua, tendemos a olvidar que hace tres meses y medio nos asomábamos al desastre. Las reservas de agua apenas superaban en un tercio de la capacidad de los embalses cuando debían estar a la mitad. Durante un otoño cálido y seco, la vegetación no floreció. Las ruinas de pueblos sumergidos asomaban en el lecho de los pantanos.

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La reciente crecida del Ebro que ha anegado áreas de la Ribera Baja ejemplifica el cambio del relato. Abril no ha terminado de depararnos sus lluvias, que fluirán junto a la nieve derretida con la llegada del calor. Al ver pantanos como el de Mequinenza en Aragón desembalsando un auténtico niágara, puede cundir la idea que algunos tiran su reserva por el desagüe mientras otros todavía pasan sed. "El Ebro ha arrojado al mar en doce horas lo que necesitamos para todo el año" - lamentaba el pasado domingo el presidente de Murcia, Fernando López Miras.

"Eso es una perfecta tontería" - considera Santiago Martín Barajas, ingeniero agrónomo y responsable de aguas de Ecologistas en Acción. "O por lo menos, una verdad a medias. De existir el trasvase entre Tortosa y Murcia al que hace referencia, seguiría dependiendo de la capacidad de bombeo. Nunca se trasvasa el caudal entero: de los 1.000 hectómetros se recuperarían unos 40. Y eso en una situación excepcional de crecida. Los ríos mediterráneos son de caudal variable, un trasvase así no podría trabajar durante meses".

Martín Barajas presume de ser "uno de los cinco" que se leyó el proyecto de trasvase Ebro - Segura previsto en el Plan Hidrológico Nacional. "Ya en el año 2.000 se sostenía con alfileres. Hoy, sería completamente inviable por dos motivos: los recursos hídricos han descendido mientras que la demanda no ha parado de aumentar. Y se debe a la agricultura. Los regadíos han crecido un 21% en las últimas dos décadas. Los embalses ya no son un almacén, sino una estación de paso camino del campo".

No se trata de un problema de eficiencia, al contrario. "La eficacia ha aumentado una barbaridad. Los núcleos urbanos devuelven en forma de agua depurada el 80% de lo que consumen. Con el agua que recicla Madrid se riegan huertas de Aranjuez a Talavera". Para ilustrar el problema, invita a pensar en la contaminación. "Los coches de ahora contaminan mucho menos que hace 40 años. ¿Pero de qué sirve si hay muchísimos más?". En esa línea, el aprovechamiento del agua para el regadío se ha perfeccionado hasta el punto de que devuelve únicamente el 10% de lo que consume.

"Cultivos como el tradicional del arroz, que obligan a inundar la tierra, devuelven mucha agua" - explica Martin Barajas. "Pero otros más lucrativos como el olivo y la viña no devuelven nada. Así, el 93% del consumo neto de agua según datos del INE se emplea en regar. Suponen unos 25.000 hectómetros cúbicos anuales, cuando ahora hay embalsados unos 38.000. Pensamos únicamente a corto plazo" - denuncia, recordando que en la primavera de 2016 los embalses estaban igual de llenos que ahora. "El 70% del agua embalsada habrá desaparecido tras el verano. Bastará otro otoño seco para que vuelvan los problemas".

Superficie anegada por la crecida del Ebro a su paso por Zaragoza, en base a datos de CopernicusEMS. Celso Coco Megía (@eforestal) almazcara.forestry.es

El agua desembalsada no es agua perdida 

El ecologista se revuelve también contra la idea despectiva de que el agua vertida para vaciar un embalse va a parar al mar sin ningún beneficio. "Las avenidas son necesarias, mandan sedimentos y nutrientes al litoral indispensables para la vida piscícola. Y mantienen las playas, que también dan dinero. En definitiva, es como la manta corta: si te cubres la cabeza, te dejas al aire los pies".

Los desembalses cumplen otra función fundamental: mantienen el control de los caudales en cada Cuenca Hidrográfica. El agua vertida en Mequinenza, explican desde la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE), es el final de un proceso que comenzó en Navarra "con las primeras lluvias" previas a la alerta de crecida, y que han permitido mantener a salvo puntos como Zaragoza con un caudal asumible de 1.700 metros cúbicos por segundo.

"El desembalse es un mecanismo para crear volúmenes de resguardo de modo acoger el caudal entrante" - explican desde la CHE. Nunca involucra a un único pantano sino a toda la cuenca, en una suerte de "juego de vasos comunicantes". En el caso de la crecida del Ebro, se controlaron sus afluentes pirenaicos, el Aragón y el Irati, mediante los embalses de Itoiz y Yesa, que laminaron el caudal en unos 600 - 700 metros cúbicos que de otro modo hubiesen contribuido a la inundación.

La avenida entre Navarra y Aragón, con todo, fue de carácter "extraordinario", con un caudal muy alto que no descendió a lo largo de 48 horas a su paso por la Ribera Alta y Zaragoza. "El río se desbordaba y volvía al canal", explican. Con todo, las previsiones para los próximos días son optimistas: el incremento de temperaturas no irá acompañado de lluvias inmediatas, lo que provocaría un "efecto lavado" con un rápido deshielo y una fusión nival capaz de acrecentar significativamente los caudales. "Y eso sería lo verdaderamente peligroso".