La eugenesia no goza de buena prensa, sobre todo desde que los nazis intentasen ponerla en práctica tratando de eliminar a judíos, gitanos, homosexuales y personas con discapacidad para que emergiese una raza superior.

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Sin embargo, no han sido los únicos que han pretendido mejorar una sociedad o al conjunto de la humanidad seleccionando los rasgos hereditarios que consideraban más deseables. Personajes con muy buena reputación, como Winston Churchill, que pretendía esterilizar a enfermos mentales, o Nikola Tesla, que pensaba que el mundo estaría libre de "indeseables" en el año 2100, han defendido esta idea.

De entre todos los defensores de alguna forma de eugenesia, uno de los personajes más curiosos es el científico y empresario estadounidense Robert Klark Graham. Tras convertirse en millonario al inventar y comercializar unas lentes de plástico para gafas irrompibles, se obsesionó con la idea de que el mundo iba cada vez peor porque los idiotas no dejaban de crecer y multiplicarse en detrimento de las personas con cerebro.

El escritor David Plotz, que cuenta esta historia en el libro The Genius Factory: The Curious History of the Nobel Prize Sperm Bank y en un artículo publicado en Los Angeles Times años después de la muerte de Graham en 1997, asegura que trató de comprar una isla para convertirla en un paraíso donde los científicos más punteros pudieran investigar sin ser incordiados por el resto de la sociedad.

Nunca llegó a convertir este sueño en realidad, pero sí otra idea que le comenzó a rondar la cabeza en los años 60. Frente a la eugenesia "negativa" del nazismo, que había apostado por deshacerse de los débiles e indeseables, él trató de vender una eugenesia "positiva": aumentar el número de personas brillantes para salvar al mundo.

Mujeres superdotadas, maridos estériles

Eligió la ciudad de Escondido, en California, para su proyecto: un exclusivo banco de esperma que se nutriría del semen de los hombres más inteligentes, el Repository For Germinal Choice. Así que comenzó a escribir a premios Nobel para que colaborasen. "Se tomó la recogida de semen como un niño que colecciona cromos de béisbol", escribió Plotz.

Al mismo tiempo, contactó con Mensa, la asociación internacional de superdotados, buscando a mujeres que pertenecieran a esta entidad y quisieran ser inseminadas. Sin embargo, Graham era un férreo conservador, así que rechazaba la posibilidad de que fueran solteras o lesbianas y les proponía que se casaran con hombres infértiles.

En 1980 el banco de esperma ya estaba en marcha, pero no tuvo el éxito esperado. Logró el semen de tres premios Nobel y sólo uno de ellos lo reconoció públicamente: William Shockley, el inventor del transistor, otro excéntrico y racista personaje que aseguraba que los negros eran inferiores intelectualmente.

Al parecer, llegaron muchas peticiones de mujeres, pero el semen de los tres premios Nobel (quizá demasiado mayores, según algunas hipótesis) nunca sirvió para engendrar a ningún bebé.

Mientras los medios de comunicación comenzaban a burlarse de la idea, Graham decidió abrir el abanico y admitió otro tipo de donantes: deportistas olímpicos, empresarios de éxito e intelectuales. Eso sí: todos blancos.

Más de 200 niños

En 1982 nació el primer bebé procedente de una inseminación con esperma del Repository For Germinal Choice. Más tarde llegaron al mundo hasta una docena de niños al año y en total, más de 200. La mayoría permanecieron en el anonimato por cuestiones de privacidad, pero David Plotz realizó una investigación para su libro y localizó a una treintena de ellos.

¿Eran personas tan excelentes como Graham había querido? A pesar de que todos tenían una buena posición social y, por lo tanto, grandes oportunidades para desarrollarse, había de todo: estudiantes brillantes y otros mediocres.

Casi todos los jóvenes tenían una salud excelente, pero también había una niña con una enfermedad muscular y un niño con autismo.

El creador del banco de esperma más singular del mundo murió a los 90 años y su gran proyecto sólo le sobrevivió dos años, porque las pérdidas del negocio eran millonarias y su familia no quiso continuar. El esperma que aún estaba almacenado fue incinerado.

[Más información: Eugenesia: la supremacía racial no fue un invento nazi]