Anderslöv es un pueblo del sur de Suecia de unos 1.800 habitantes que sufrió un extraño fenómeno hace unos años: algunos de sus vecinos comenzaron a tener el pelo verde. Dicho así suena a broma o a cuento infantil, pero podemos imaginar la preocupación y el desconcierto de quienes lo sufrieron. ¿Era una extraña enfermedad? ¿Un suceso paranormal?

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El sentido común indicaba que el misterio tendría algo que ver con el agua. El ingeniero ambiental Johan Pettersson y su equipo fueron designados para estudiar el problema, y desde el primer momento pensaron en el cobre. De hecho, aunque el color de este metal cuando está nuevo es un dorado rojizo bastante brillante –las monedas de 1, 2 y 5 céntimos de euros están recubiertas de este material- el cobre viejo tiene un aspecto verdoso que aparece tras exponerse al agua y al aire.

Así que los investigadores tomaron muestras de la red de abastecimiento de la localidad esperando obtener una elevada concentración de cobre. La sorpresa fue que los niveles eran completamente normales. Entonces, ¿el agua no tenía nada que ver?

Pettersson decidió ir directamente a las casas de los afectados. No todo el mundo tenía el pelo verde en el pueblo y era evidente que algo se le estaba escapando. Al analizar el agua que salía de sus grifos resultó que su hipótesis era acertada: la concentración de cobre era entre cinco y 10 veces mayor.

La pregunta era de dónde salía el metal teniendo en cuenta que el alcantarillado de fuera presentaba unos niveles normales. Los investigadores repararon en que todas las casas afectadas eran nuevas y la diferencia con las antiguas es que les habían instalado tuberías de cobre sin revestimientos.

Un reportero de la cadena Sydsvenskan relata el caso desde Anderslöv, adecuadamente caracterizado.

Aún así, ¿cómo daba ese color verdoso si el cobre era nuevo, brillante y reluciente? Al parecer el metal se filtraba con mayor facilidad tras estar en contacto con el agua caliente que quedaba almacenada en las tuberías.

Según los expertos, por increíble que parezca, la concentración de cobre que poco a poco era capaz de teñir el pelo de estos suecos no era tan elevada como para resultar perjudicial para su salud. De hecho, es difícil que alguien la note en otra parte del mundo donde la gente no tenga los cabellos de ese color rubio platino tan propio de los nórdicos, según recogió posteriormente Scientific American.

Afinando aún más el análisis, se dieron cuenta de que en los adolescentes y en las mujeres jóvenes el color verde era más acentuado. Probablemente, por la sencilla razón de que se lo lavaban más a menudo.

La solución al problema del pelo verde pasaba por cambiarse de casa, cambiar la instalación de las tuberías o ducharse con agua fría, lo cual no debe ser muy apetecible en el invierno sueco. Una precaución es la de dejar correr el agua primero para eliminar el cobre residual.

Un 'Nobel' por el descubrimiento

El episodio resultó tan curioso y extraordinario que apareció en la prensa sueca e incluso en la prensa internacional cuando se resolvió, en 2011. Tan solo unos meses más tarde Pettersson ganó el premio Ig Nobel –la parodia de los Nobel- de 2012 en la categoría de Química.

Pettersson acepta graciosamente su Ig Nobel de Química.

No todo el mundo acepta de buen grado este galardón, que a menudo ridiculiza algunas investigaciones científicas, pero no fue el caso de este ingeniero: no sólo acudió a recoger orgulloso el premio a Estados Unidos, sino que se tiñó la perilla de verde para la ocasión. Eso sí, dicen que para conseguirlo no recurrió al cobre, sino a las espinacas.