Las olas de calor ya no son un episodio excepcional en Francia y el país comienza a cuestionar una de sus resistencias culturales más arraigadas: el uso del aire acondicionado. Con temperaturas superiores a los 42 grados durante este verano, la climatización se ha convertido en un asunto político, social y hasta ideológico.
Durante décadas, gran parte de la sociedad francesa consideró el aire acondicionado una comodidad innecesaria, asociada además a un elevado consumo energético y a un fuerte impacto ambiental. Sin embargo, el aumento sostenido de las temperaturas está cambiando rápidamente esa percepción en muchas ciudades europeas.
Aun así, Francia sigue siendo uno de los países menos preparados frente al calor extremo. Solo entre el 20% y el 25% de los hogares dispone de algún sistema de refrigeración, incluidos ventiladores, mientras apenas un 7% cuenta con aire acondicionado instalado en casa.
La situación preocupa especialmente en los edificios públicos. Apenas un 7% de los 45.000 colegios públicos franceses está adaptado para soportar episodios de calor intenso. Durante la primera ola cálida del verano, más de mil escuelas suspendieron las clases por temperaturas insoportables en las aulas.
Los hospitales y buena parte del transporte público parisino también sufren esta falta de preparación. Muchas líneas de metro y cercanías carecen de climatización, una situación que ha vuelto a evidenciarse durante los últimos episodios de temperaturas extremas registrados en el país.
Adaptación climática
El debate político se ha endurecido conforme aumentan las alertas meteorológicas. La izquierda rechaza una expansión masiva del aire acondicionado porque considera que solo actúa sobre los síntomas del problema y no sobre su causa principal: el cambio climático y el calentamiento global.
En cambio, sectores conservadores y la extrema derecha defienden que la climatización es ya una necesidad básica. Marine Le Pen y dirigentes de Reagrupamiento Nacional reclaman un "gran plan nacional" que obligue a instalar aire acondicionado en colegios, hospitales y residencias de ancianos.
El Gobierno francés mantiene una posición intermedia. La ministra de Medioambiente, Agnès Pannier-Runacher, reconoce que ciertos espacios deben adaptarse para proteger a las personas vulnerables, aunque advierte de que una generalización masiva podría incrementar todavía más el consumo energético y las emisiones.
La resistencia social continúa siendo fuerte. Según una encuesta de Opinion Way para France Energie, el 75% de los franceses sigue mostrándose reacio a instalar climatización en sus hogares. El elevado coste eléctrico y las preocupaciones ecológicas son las principales razones de ese rechazo.
Pero la realidad climática presiona cada vez más. Francia aún recuerda la devastadora ola de calor de 2003, que provocó cerca de 14.000 muertes, sobre todo entre personas mayores. Desde entonces, los episodios extremos son más frecuentes, intensos y prolongados en buena parte de Europa.
