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Las claves

El primer “pariente” de los primates no llegó al mundo con fanfarria, sino con dientes del tamaño de una uña. Unos fósiles microscópicos hallados en Colorado están reescribiendo cómo se expandió Purgatorius tras el impacto que borró a los dinosaurios no avianos.

La escena es el área de Corral Bluffs, en la cuenca de Denver, un archivo excepcional del primer millón de años después de la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno. Allí, un equipo liderado por Stephen Chester recuperó los restos mediante lavado y tamizado sistemático de sedimentos.

El resultado es, por ahora, humilde y enorme a la vez: tres dientes aislados (incluido un pequeño molar superior) que constituyen la evidencia más meridional de Purgatorius en el Puercano, cerrando un vacío geográfico que duraba décadas.

Hasta aquí, la historia parecía clavada al norte: Montana y el suroeste de Canadá ofrecían los restos más antiguos, alrededor de 65,9 millones de años, apenas unos 100.000 años después de la catástrofe. El sur, en cambio, callaba.

Ese silencio alimentó una hipótesis tentadora: si Purgatorius era arborícola, quizá no pudo avanzar porque los bosques quedaron arrasados tras el impacto. Pero los datos de plantas y vertebrados en Corral Bluffs pintaban un rebote rápido del ecosistema.

Fortaleza en el apocalípsis

De hecho, un trabajo de 2019 ya mostró en esta misma región que, en unos 100.000 años tras el impacto del asteroide, la riqueza de mamíferos se duplicó y el tamaño máximo volvió cerca de niveles previos; el paisaje se recuperaba a velocidad sorprendente.

Si el bosque reaparecía antes de lo previsto, lo lógico era pensar que Purgatorius también estaba allí, solo que no lo veíamos. Y aquí entra el detalle metodológico que decide carreras científicas: en paleontología, lo grande asoma; lo pequeño se pierde sin técnicas afinadas.

El equipo no “tropezó” con el fósil. Lo fabricó a base de paciencia: lavar toneladas de sedimento, filtrar con mallas, revisar grano a grano bajo lupa, hasta que aparecen piezas que una búsqueda tradicional en superficie jamás detectaría.

Los dientes, además, no encajan perfectamente con las especies conocidas. Según la lectura que circula en el entorno del paper, podrían pertenecer a una especie nueva o muy temprana dentro del género, aunque los autores quieren más material antes de bautizarla.

Este matiz importa porque Purgatorius no es un tótem indiscutible. Se le sitúa dentro de los plesiadapiformes, un grupo que muchos consideran parientes primates tempranos, pero cuya posición exacta sigue discutiéndose: frontera difusa entre “proto-primate” y primate.

Si ya había Purgatorius en Colorado en el Puercano, la expansión hacia el sur empezó antes de lo que sugería el registro fósil. El “vacío de dos millones de años” se parece menos a una ausencia real y más a un sesgo de muestreo.

Esti demuestra que la historia de nuestros orígenes no siempre está enterrada muy hondo, sino escondida en lo diminuto. A veces, para entender cómo la vida volvió a levantar cabeza tras el apocalipsis, hay que aprender a mirar donde nadie miraba.