Las claves
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A los 51, Drew Barrymore está vendiendo una idea de bienestar que suena menos a póster motivacional y más a un tipo de supervivencia realista: no entrenar perfecto, sino entrenar posible, una rutina con la que lleva 15 años.
En una charla para Entertainment Tonight lo resumió con una frase que elimina la culpa de golpe: si ese día no te sale hacer ejercicio, no pasa nada; compénsalo cuidando mejor lo que comes y vuelve a la rutina cuando puedas.
Ese aprendizaje —dice— le llevó “toda la vida”, y encaja con lo que suele fallar en la vida adulta: no la falta de información, sino la fricción diaria.
Detrás de esa filosofía hay una disciplina concreta: Barrymore lleva quince años entrenando con Marnie Alton, en sesiones de alrededor de una hora que mezclan yoga, danza y barre, con mucho trabajo de fuerza y cardio a base de plisé y movimientos con peso corporal.
Un rasgo curioso es entrenar descalzas, buscando activar desde el pie toda la cadena de movimiento; siendo así una manera de obligar al cuerpo a organizarse sin depender de máquinas.
Su obsesión declarada es el core, pero no como sinónimo de abdominales para marcar, sino como centro de estabilidad y postura, especialmente cuando el cuerpo cambia con la edad.
En la pieza se describe que el bloque abdominal llega al final para proteger la columna y que algunos ejercicios (como esos plisé profundos con salto) buscan implicar abdomen, fascia y suelo pélvico, una manera de entrenar “en 3D” y no solo a base de crunches. Esa combinación de fuerza + control tiene sentido si lo que se persigue es sostener el cuerpo, no castigarlo.
Menopausia y adaptación
Barrymore cuenta que pasó por terapia hormonal y que el proceso removió autoestima y percepción corporal; su respuesta fue volver a lo básico: dormir mejor, comer mejor, moverse.
No es casual que el mensaje funcione ahora: las guías de la OMS insisten en que, además del cardio semanal, los adultos deberían hacer fuerza al menos 2 días por semana, y en mujeres posmenopáusicas la evidencia lleva años asociando el entrenamiento de fuerza con beneficios en salud ósea y funcionalidad.
Alton añade un truco que parece menor pero es potentísimo para la adherencia: música. Habla de listas ajustadas por BPM para mantener el ritmo, y la literatura científica lleva tiempo observando que la música puede mejorar la experiencia del esfuerzo.
También aumenta la motivación y hace que el ejercicio se recuerde como más agradable, algo clave cuando lo difícil no es “saber qué hacer”, sino repetirlo semana tras semana.
Y luego está el bienestar del día a día: caminatas cortas en una esterilla mientras ve la tele, levantarse diez minutos antes para ordenar la mañana, y un desayuno rápido tipo tostada griega con huevo, verduras, aceite de oliva y queso feta.
No es una receta milagro, pero sí una lógica coherente: pequeñas acciones que bajan la barrera de entrada. Incluso en investigación nutricional, desayunos con más proteína suelen asociarse con más saciedad a corto plazo frente a opciones más ligeras, aunque el efecto exacto depende del contexto y de la persona.
Barrymore, al final, no está vendiendo perfección: está defendiendo un sistema que no se rompe cuando un día te saltas el gimnasio.
