Las claves
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Platón incluía en El Banquete una afirmación atribuida a Sócrates que decía: "El amor es un gran demonio, y todo demonio es algo intermedio entre lo divino y lo mortal".
En ella se condensa una de las intuiciones más sugerentes de la filosofía antigua sobre el amor: lejos de ser un simple sentimiento, el amor es una fuerza mediadora, inquieta, a medio camino entre la perfección y la carencia.
Sócrates, figura central de la Atenas clásica del siglo V a.C., no escribió solo una línea, pero su pensamiento quedó grabado en los diálogos de Platón.
Allí aparece como un maestro incómodo, irónico y profundamente preocupado por la verdad y la vida buena.
En El Banquete, un diálogo en el que varios comensales pronuncian discursos en honor a Eros, el amor, Sócrates cede la palabra (dentro de su propio relato) a Diótima, una misteriosa sacerdotisa que le habría enseñado el auténtico sentido del amor.
Cuando Diótima afirma que el amor es "un gran demonio", no está hablando de un ser maligno en el sentido cristiano, sino de un daimón: una entidad intermedia, un mensajero entre los dioses y los hombres.
El valor del amor
El amor, así entendido, no es ni plenamente divino ni meramente humano; participa de ambos órdenes.
Es mortal porque nace de la carencia, de la falta, del deseo de lo que no se tiene. Pero también es divino porque nos impulsa hacia la belleza, la verdad y el bien, es decir, hacia aquello que trasciende nuestra condición limitada.
Esta doble naturaleza explica su ambivalencia: el amor eleva y desasosiega, ennoblece y, a la vez, expone a la vulnerabilidad. Es "gran" demonio porque tiene poder: mueve ciudades, inspira obras de arte, funda familias, alimenta sacrificios y renuncias.
Pero también porque desenmascara nuestra propia incompletud.
Amar es reconocer que no somos autosuficientes, que necesitamos de otro (persona, idea, proyecto, ideal) para desplegar lo mejor de nosotros mismos.
En esta clave, el amor no se reduce a la pasión romántica.
Es, más bien, el motor que empuja al ser humano a salir de sí: hacia otra persona, hacia el conocimiento, hacia la creación. Funciona como un puente.
Nos recuerda que estamos siempre "en medio": ni dioses serenos ni bestias cerradas sobre sí, sino criaturas que buscan, que desean, que tienden hacia algo más alto.
La frase socrática invita a aceptar ese "intermedio" como nuestro lugar propio. El amor no viene a completarnos mágicamente, sino a ponernos en camino.
Y quizá, en esa tensión entre lo que somos y lo que queremos ser, radica precisamente su grandeza.
