Las claves
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La escena parece escrita para una película sobre prodigios pero ocurrió en un campus real; en concreto, en una ceremonia multitudinaria con más de 21.000 estudiantes que se graduaron en Arizona State University (ASU) este mayo.
Entre las togas había una alumna de 14 años. Mientras la mayoría de su generación aún está aterrizando en el instituto, Abigail Zagala cruzó el escenario para recoger un título universitario en Ciencias Sociales y del Comportamiento.
Ella misma lo explicó con una frase que suena más a primer día de curso que a proeza: "Al principio me dio miedo, pero enseguida entendí que ese también era mi sitio".
Su biografía académica se cuenta con edades que suenan a atajo imposible: lectura poco antes de cumplir 2, álgebra "de nivel universitario" alrededor de los 8 y bachillerato terminado a los 11.
Fue educada en casa, su familia fue abriendo puertas a la curiosidad: bibliotecas, museos y actividades comunitarias, hasta que el subir de curso dejó de ser un plan y se convirtió en el modo natural de avanzar.
Cómo nació su sueño
El sueño de esta joven de convertirse en abogada de derechos humanos nació de una vivencia personal, tras participar en actividades de defensa de personas encarceladas injustamente, e inspirada por su abuelo
Él era un veterano de 34 años de la Fuerza Aérea de EE. UU., sintió la vocación de defender los derechos de los demás: "Estaba defendiendo los derechos de los encarcelados injustamente y yo quiero hacerlo también".
En el profesorado, el impacto no se reduce al coeficiente intelectual. Deborah Jo Borden, docente en la School of Social and Behavioral Sciences del campus West Valley, recuerda que lo llamativo no fue la fecha de nacimiento, sino la "presencia" con la que Abigail entraba en clase.
La trató como al resto de alumnos y le exigió el mismo estándar; según Borden, no solo lo consiguió, sino que incluso superó este baremo de exigencia con una combinación: saber discrepar sin desbordar y argumentar sin aplastar.
Ese matiz —madurez social y emocional, no solo velocidad intelectual— es clave para entender por qué el siguiente paso ya está sobre la mesa: la facultad de Derecho.
Abigail quiere especializarse en derechos humanos y habla de "barreras sistémicas" y políticas públicas con una claridad impropia de alguien que aún no puede sacarse el carné.
En entrevistas locales ha explicado que su brújula viene, en parte, de su abuelo: 34 años en la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Si él "protegía derechos", ella quiere hacerlo desde la ley, "de otra manera".
Las ofertas ya han llegado. Ya ha sido admitida en varias escuelas de Derecho situadas en el "top 20" nacional, y que una de sus opciones preferidas incluso le ha puesto sobre la mesa una beca completa.
La decisión final aún no está cerrada, pero el mapa es nítido: una adolescencia atravesada por seminarios, jurisprudencia y pasillos llenos de adultos.
¿Afecta adelantar un curso?
Lo cierto es que el subir de curso no es una excentricidad reciente ni un capricho de familias ambiciosas: es una intervención educativa estudiada durante décadas. Dos meta-análisis, publicados en Review of Educational Research, sintetizaron alrededor de un siglo de investigación.
Concluyeron que, de media, este procedimiento de adelantar cursos y el agrupamiento por capacidad se asocian con mejoras en rendimiento académico (comparando con pares de la misma edad a los que no van adelantando cursos).
El punto polémico siempre es el mismo: ¿paga el alumno un peaje emocional?
Un estudio amplio en Países Bajos encontró diferencias mínimas y, cuando existían, tendían a favorecer a quienes habían avanzado de curso; además, no halló señales de daño por "saltos" múltiples en variables socioemocionales.
A ese argumento se suma una investigación muy citada por su horizonte temporal: un seguimiento de 35 años en jóvenes con alta precocidad intelectual. El trabajo analizó la idea, muy extendida, de que acelerar "rompe" el bienestar psicológico a largo plazo.
Sus resultados no apoyan esa preocupación como regla general: quienes subieron de curso no mostraron un coste sostenido en bienestar respecto a quienes no lo hicieron.
Eso no significa que el reto desaparezca, sobre todo cuando esta circunstancia coloca al menor en entornos diseñados para adultos.
La neurociencia del desarrollo lleva años describiendo la adolescencia como un periodo de cambios desiguales: sistemas de recompensa especialmente sensibles y control inhibitorio aún en consolidación, algo que influye en la gestión del estrés, la presión social y la toma de decisiones.
Al mismo tiempo, estudios recientes sugieren que varias funciones ejecutivas tienden a estabilizarse hacia niveles "adultos" en la adolescencia tardía (aprox. 18–20), con mucha variabilidad individual, un recordatorio útil contra explicaciones simplistas.
En el caso de Abigail, parte de ese andamiaje aparece en sus propias frases: insiste en que no ha "perdido" la adolescencia, que sigue quedando con amigos, que juega a videojuegos y que hace cosas tan poco épicas —pintarse las uñas— como cualquiera a su edad.
Lo que cambia no es el derecho a ser adolescente; cambia el escenario en el que aprende. Y ahí está, quizá, la lección menos vistosa para el sistema: cuando el ritmo de un estudiante es distinto, el trabajo no es frenarlo por miedo, sino cuidar el equilibrio para que avance sin quedarse solo.
Si todo sale como ella imagina, el destino final tampoco es un despacho de élite. Su objetivo declarado es montar una organización sin ánimo de lucro para ofrecer asistencia legal gratuita a comunidades vulnerables.
