Jesús Vegazo Palacios
Publicada
Actualizada

Las claves

En los albores del siglo XIX, una prestigiosa élite de galenos asumió el colosal reto de contener la epidemia de la viruela en la costa noroeste de Cádiz, la afección contagiosa más mortífera del Antiguo Régimen. Bajo la protección de la ilustrada Sociedad Económica de Amigos del País de Sanlúcar de Barrameda y del oficial supernumerario de la Secretaría de Estado y del Despacho Universal de Guerra, Francisco Amorós Ondeano, estos clarividentes hombres de ciencia retaron a la fatalidad tras embarcarse en un impredecible proyecto: impeler una campaña popular gratuita de inmunización, valiéndose de la serosidad de la viruela vacuna.

A las doce de la mañana del 30 de enero de 1804, la Casa-Hospicio de Niñas Huérfanas y Desamparadas abrió los portones para inaugurar el programa de vacunación antivariólica. Minutos antes, el pus en sazón había sido manipulado por Antonio Verdes, médico titular de la ciudad, e Idelfonso Marín, cirujano del Regimiento de Infantería de España.

Fue el principio de una frenética lucha sin cuartel ante el avance de la devastadora enfermedad por medio de maratonianas sesiones de inoculaciones a recién nacidos, zagales, hombres y mujeres de toda condición social y profesional. Pronto, los resultados avalaron a quienes habían elogiado a la razón y denostado la superstición.

Aun así, la cadencia de las intervenciones era exasperadamente lenta. Los cirujanos continuaban usando las clásicas agujas para operaciones conocidas por "pico de liebre", que gradualmente fueron desplazando a las temibles lancetas de plata o de hierro.

La insoportable aflicción de las incisiones con estos escalpelos motivaba que los más pequeños rehusaran a recibir la vacuna, siendo el mayor obstáculo para el éxito de la campaña.

Ante esta eventualidad, el facultativo Francisco de Paula González ingenió y concibió en Sanlúcar de Barrameda el primer modelo del mundo de aguja subcutánea alabeada, más fina y eficiente en las cesuras, axial de la cirugía de precisión: la "ahuja corba de filos anchos y cortantes que para este efecto el expresado cirujano Dn. Francisco González inventó y mandó fabricar [...]".

En realidad, su avanzado diseño reemplazaba la obsoleta técnica mediante punción con el rudo alfiler o aguja caucásica de Georgia y Circasia. Las virtudes de este deslumbrante descubrimiento residían no solo en su fácil manejo de tal manera que podía ser empleada por bisoños médicos, sino también en el hecho de que los cortes en el antebrazo causaban menos dolor: "mortifica menos a los párvulos con este instrumento [la aguja curva] y se demuestra queda bien hecha la operación".

Se aplicó por primera vez durante la vacunación del 2 de marzo de 1804 en las salas habilitadas de la Casa-Hospicio. Fue la niña de 11 años, María de la Concepción Canseco, residente en la calle Santo Domingo, número 46 de Sanlúcar, quien recibió la secreción vacuna con esta innovadora aguja.

Fueron aproximadamente 885 sujetos quienes recibieron la protectora inyección. Generaciones completas se salvaron gracias al ahínco de un puñado de ilustrados que creían ciegamente en la ciencia médica para erradicar la infestación. Pronto, los escépticos comprendieron que no solo rezar a Dios era suficiente para esquivar la guadaña de la muerte.