"Las predicciones auguraban una tormenta de rayos, pero sólo aparecieron algunos destellos de luz en la distancia. De repente, el cielo se iluminó desde abajo, como si fuese un amanecer que emergía del sur. Después de un par de segundos, lo que ocurrió fue muy extraño, aparecieron nubes ondulantes. Era el 'efecto cámara de nubes'. Las arenas del desierto se fundieron y tomaron un color verdoso; verde absoluto. El grupo volvió a Los Álamos preguntándose qué depararía el futuro. En todo el laboratorio hubo un periodo de absoluto silencio durante el mes que siguió a la prueba".

Lo que describe ese relato es la prueba Trinity, el primer lanzamiento de un arma nuclear. Fue el 16 de julio de 1945, en un lugar remoto del desierto de Nuevo México. Un mes más tarde, una réplica sería arrojada sobre la ciudad japonesa de Nagasaki. Mató a más de 40.000 personas al instante.

"Todo lo que sucedió en Trinity fue algo muy grande y siniestro". Esas son las palabras de Roy J. Glauber, premio Nobel de Física y el último testigo del Proyecto Manhattan, el plan secreto de los Estados Unidos para diseñar la bomba atómica. Concretamente, desarrollaron dos, una de plutonio 239, que sería la arrojada sobre Nagasaki, y otra de uranio 235, la destinada a arrasar Hiroshima.

Su historia se recoge ahora en La última voz (Ariel), un libro en el que Glauber participa de viva voz (murió mientras se editaba) y desentraña los entresijos del trabajo científico que cambiaría la historia y que, por desgracia, vuelve a estar en boca de muchos a causa de la guerra entre Rusia y Ucrania y el peligro del uso de armas atómicas.

Algo nunca imaginado

Glauber cuenta que él y todos sus compañeros "se aterraron" durante la prueba Trinity. Habían estado trabajando en la bomba un par de años, pero nunca se imaginaron cómo sería hacerla estallar.

Él no estaba convocado entre los invitados para el ensayo. Sin embargo, no quería perderse el momento, así que junto a un grupo condujeron hasta la zona del lanzamiento, subieron a una montaña y esperaron durante horas para ver las consecuencias de todo aquello. La sensación con la que se fueron del desierto fue parecida a la que vivirían el día que se lanzó la bomba sobre Hiroshima, la primera de las dos. "No hubo alegría, no hubo regocijo. No hubo celebración, en absoluto", describe el libro.

El científico se había topado con el proyecto 'de casualidad'. Eran los últimos años de la Segunda Guerra Mundial y, a esas alturas, Estados Unidos forzaba a todos los jóvenes que cumplían los 18 años a ir al frente. Glauber, que con esa edad tenía ya casi completado su doctorado en Física en la Universidad de Harvard, sabía que en algún momento sería llamado a filas. Por eso, se presentó voluntario para un proyecto de investigación que se desarrollaba en Los Álamos. Poco más sabía por aquel entonces.

Lo que se encontró al llegar a ese laboratorio alejado de todo y de todos era el proyecto que había puesto en marcha Roosevelt para adelantarse a los alemanes en el desarrollo de armamento nuclear. El propio Albert Einstein había escrito una carta al presidente de los Estados Unidos para instarle a que lo hiciera, ya que temía que Hitler se adelantara.

El proyecto había congregado a varios de los científicos más brillantes de la época. Frente a él estaba Robert Oppenheimer, que pasaría a la historia como el "padre de la bomba atómica". De él, Glauber sólo tiene buenas palabras, tanto a título profesional como personal. Lamenta mucho lo que le ocurrió después, cuando fue acusado de traidor a la patria.

Un observador

El científico cuenta que su papel en el Proyecto Manhattan era el de "mero observador". Trabajaba en el área de física teórica y logró resolver algún que otro cálculo importante para el proyecto.

Sus años en Los Álamos los recuerda con cariño y hasta se atreve a usar la palabra "utopía", en el sentido de que, salvo trabajar en las bombas no tenían que preocuparse por nada más. De todo se encargaban los militares. De hecho, Glauber bromea con que no había leído tanto en su vida, ya que el tiempo libre que tenían no se podía emplear en mucha cosa más, salvo ir al cine o escuchar la vaga señal de radio que llegaba desde Alburquerque.

Más allá de lo histórico del lanzamiento, Glauber se detiene en contar algunos detalles más banales, como que cobraban 25 dólares a la semana por trabajar ahí, pero 10 se destinaban a la comida y otros 10 al alojamiento. El ahorro, por tanto, no era mucho.

No obstante, el joven era feliz allí. Trabajaba con los más grandes e hizo amigos entre ellos, como el mismísimo Theodore Halla, que fue acusado más tarde de haber suministrado información a los rusos

Glauber también cuenta que, a diferencia de lo que ha pasado en muchos libros de historia, en Los Álamos había mujeres y no sólo esposas o novias de. Habla de trabajadoras del proyecto, la mayoría de ellas destinadas al área de cálculos matemáticos. Por eso, se las apodó "las computadoras". Jean Dow, Bacher, Augusta 'Mici' Teller, Kay Manley, fueron algunas de ellas.

La radiación

El ambiente entre todos ellos era bastante bueno. De hecho, el día de la prueba Trinity se hizo una porra en la oficina de Oppenheimer. La apuesta era de dos o cinco dólares, Glauber no recuerda muy bien la cifra, y lo que tenían que vaticinar era la energía que liberaría la explosión. Ganó I.I. Rabi, un hombre ajeno al proyecto que había acudido expresamente al lanzamiento. Su apuesta fue de dieciséis kilotones. La que más llamó la atención, por lo visto, fue la del propio Oppenheimer, que calculó una energía total "ridículamente baja", 0,3 kilotones.

Más hábil fue Enrico Fermi, otro de los nombres notables del proyecto. Glauber cuenta de él que era "un tipo ingenioso al que le gustaba hacer cosas simples y sutiles". Al parecer, el día de la prueba de Trinity, cuando vio el flash de la bomba, tiró pequeños trozos de papel al suelo. Sabía que bastantes segundos después, cuando la onda expansiva llegara al lugar en el que se encontraba, desplazaría los pedazos y, a partir de ese dato, podría deducir la energía liberada. La onda expansiva tardó 40 segundos en llegar y desplazó los trozos de papel a una distancia de 2,5 metros.

Lo que nadie vaticinó eran las consecuencias de la radiactividad. En aquel momento, los efectos persistentes de la radiación eran descritos como no muy grandes. El día de Trinity, "creían que casi toda la radiactividad había subido a una nube inmensa y se había disipado eventualmente en la estratosfera", describe el libro.

Moralidad

Aun así, en el laboratorio vivieron la muerte de compañeros por la exposición al uranio, como fue el caso del físico Harry K. Daghlian, que falleció unas semanas después de tener un accidente mientras trabaja con ese material. "Lo acontecido fue mantenido en secreto, no para la gente que trabajaba en aquellas investigaciones en Los Álamos, sino para el resto del mundo. Todo se mantenía en secreto", describe.

Tras Hiroshima, no hubo más secretos. El mundo se enteró por fin de qué estaba pasando en el misterioso laboratorio de Los Álamos. Las implicaciones morales del proyecto no tardaron en salir. Glauber sí se expresa con claridad al afirmar que, si alguien hubiera preguntado a los científicos, ellos no hubieran tirado la segunda bomba sobre Nagasaki. "La única explicación para su lanzamiento era que los militares estaban en posesión de un arma que querían enseñar al mundo", razona.

Sin embargo, se muestra algo más 'esquivo' cuando los autores del libro le preguntan sobre si mantiene alguna pena por todo lo que vino después. Según dice, es una cuestión "muy interesante sobre la que puede arrojar muy poca luz". 

No obstante, los hechos pueden dar a conocer cuál era su verdadera postura al respecto. Cuando se le ofreció trabajar en la preparación de la bomba de hidrógeno, dijo que no. Mientras estuvo en el Proyecto Manhattan escribió tres buenos artículos científicos y encontró solución a problemas que se creían imposibles. Cuando acabó todo, podía haber desclasificado esos trabajos y publicaros, pero no lo hizo. "No eran los asuntos por los que quería ser reconocido".

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