Una imagen de archivo de la aurora boreal.

Una imagen de archivo de la aurora boreal. Pixabay

Zamora

El increíble hallazgo de una aurora boreal en la provincia de Zamora

En 1726, el párroco de Algodre Bernardino de Miranda describe al detalle un episodio que coincide en todos los puntos con este fenómeno natural excepcionalmente raro en latitudes tan bajas

19 enero, 2022 12:29

Con el nombre de noticias se conocen también todas aquellas informaciones de cualquier tipo, que aparecen en libros y documentos antiguos y que son ajenas al contenido temático del documento en el que se insertan. No es extraño que estas noticias aparezcan en los márgenes de los folios o, con una llamada de atención, incluidas en el mismo discurso del documento.

De este tipo son habituales las referencias a la Guerra de la Independencia, inundaciones, incendios, tormentas de efectos desastrosos, hechos históricos nacionales, recomendaciones de algún párroco a sus sucesores sobre el carácter de los feligreses de una comarca, informes sobre individuos para ocupar cargos políticos, períodos pertinaces de sequías o de lluvias intensas con su consecuencia en las cosechas, incluso se ha llegado a encontrar alguna clave criptográfica para que algunos curas pudieran cartearse entre sí, sin ser controladas sus comunicaciones. La variedad de temas es inagotable.

Pues bien, si alguien llevaba el sano veneno del periodismo en el cuerpo, este fue el licenciado Bernardino de Miranda, cura párroco de Algodre entre 1710 y 1728. Este sacerdote periodista o periodista sacerdote, llenaba con este tipo de noticias los márgenes laterales, superiores e inferiores de los libros de fábrica y visitas, sin dejar un solo espacio, como si estuviera poseído del horror vacui. Pero, astutamente, escribía en libros ya acabados y anteriores a su época, para evitar censuras en las visitas pastorales que vicarios y obispos hacían de esos libros, por el evidente “deterioro” de los mismos.

A través de sus noticias se han conocido datos generales sobre Benedicto XIII y Felipe V, el coste y la autoría del retablo y del frontal de plata de la catedral de Zamora, la epidemia de viruelas de 1722, la primera plantación de viñas en la localidad de Algodre, el clima y las cosechas de varios años con los diezmos que le correspondieron, la salida en rogativa de lluvias de las “santas imágenes” en Zamora, la relación nominal de los veinte vecinos de la localidad con el número de sus hijos y posesiones y algunas noticias extrañas que llegaron a su conocimiento de fuentes desconocidas, pero poco fiables. Después, refleja también temas personales, incluyendo que él costeó con su propio dinero parte del retablo de la localidad; se queja de las calamidades e incomodidades que está padeciendo en ese pueblo por parte de sus habitantes, por lo que acaba permutando su puesto con el sacerdote Jacinto López de Porres en 1728, para venir a Zamora. A pesar de este “desamor” con Algodre, en su testamento fue generoso con la localidad, dejando tierras a la fábrica de la iglesia y una lámpara de doscientas onzas de plata, que, por cierto, sirvió para pagar la contribución de los lugareños a los franceses durante la Guerra de la Independencia.

Dentro de estas noticias, se incluye la siguiente: “El día 19 de Octubre de este presente año de 1726, un phenómeno se vio en el cielo como a cosa de las siete de la noche y a el lado de la sierra. Unas nuves muy blancas, que parecía iban subiendo para arriba, que salían de la sierra, de forma que, estando la noche bien oscura, porque la luna iva a acabar el último quarto menguante, se puso tan claro todo, que se podía leer una carta y se veían los ganados en las majadas, como si fuera de día; y esto duró asta cosa de las doce y media, que, entonces, entre aquellas nuves, salieron otras de color de fuego muy enzendidas y subían, que parezían humo, que daba orror el verlas, porque parecía se quemava el mundo. Y el día 1 de noviembre adelante, dos oras antes de amanecer, con corta diferencia, se vio lo mismo, con que estamos todos pasmados, sin saber lo que resultará. Y personas que an venido de las montañas an dicho sucedió lo mismo junto al puerto de Santander. Dios nos asista con su grazia, por su misericordia. Y asta oy, 10 de noviembre, no a llovido y azen grandísimos fríos y es mucha la seca que ay y se deja sentir”. (Archivo Histórico Diocesano de Zamora. Parroquia de Algodre, 129. 10, sin paginar).

El pueblo en el que describe la visión, Algodre, está situado entre Zamora y Toro, muy próximo a la autovía A-11, en la falda del Teso Mayo, bajo la zona de las bodegas. Es famoso por el bolero de ese nombre, canción popular y baile, que ahora son un símbolo de toda la provincia zamorana. En 1726, relata el licenciado Miranda, que tenía veinte vecinos, que era una zona propicia para la agricultura y viticultura, perteneciente a Tierra del Pan, y con una importante cabaña ganadera. El lugar en el que sitúa el avistamiento está a unos dos kilómetros y medio de la localidad, al norte, en el límite con Gallegos del Pan. La sierra -realmente son tres dientes- es conocida como Los Muelos y con ese apelativo aparece también en los mapas topográficos a escala 1:25.000 y 1:50.000, con altitudes entre 726 y 735 m. La denominación muelos hace referencia a su figura, pues reflejan con su forma cónica los montones de grano limpio que se hacían en las eras. Desde algunas perspectivas, generan un paisaje singular.

El fenómeno descrito atemoriza al párroco y seguro que a todos los que lo contemplaron. Dado que lo sitúa “en el cielo” y habla de “nubes”, hay que entenderlo como un fenómeno atmosférico o meteorológico, desechando otras interpretaciones más imaginativas, como podían ser objetos volantes muy luminosos, con cierta combustión, con tonos rojizos y como humo, al finalizar su visión por ascensión. Además, añade que este fenómeno, según algunos viajeros, también se vio en las montañas, en el puerto de Santander, que habría que identificar con el puerto del Escudo, paso natural entre Cantabria y la Meseta. La aseveración de esos viajeros corrobora que este fenómeno fue también visible mucho más al norte de nuestra provincia.

Ahora bien, por su duración y sus características la descripción del fenómeno atmosférico únicamente encajaría, con ciertos condicionamientos, dentro de las auroras boreales, tanto por su duración como por los rasgos de esas supuestas nubes. Las auroras boreales son excepcionalmente raras en latitudes tan bajas, pero no imposibles.

Otras auroras boreales en España

La noche del 25 al 26 de enero de 1938, durante la Guerra Civil, se documentó una en Cataluña y más recientemente, en 1989 y 2003 se llegaron a observar otras en Galicia y Asturias. Anteriores a éstas son las auroras boreales que se divisaron en latitudes relativamente bajas de América del Norte como consecuencia de lo que ha venido en denominarse evento Carrington.

Este astrónomo aficionado, junto con Hodgson, detectaron el 1 de septiembre de 1859 la aparición de manchas y tormentas solares, con eyección de partículas desde la cromosfera del Sol, lo que en los días siguientes produjo auroras boreales en buena parte de Estados Unidos, pues tardan en llegar a la atmósfera terrestre entre dos y tres días. Al chocar esas partículas con el campo magnético terrestre son atraídas por los polos magnéticos y por su gran energía penetran en la atmósfera colisionando con las moléculas del aire, especialmente con oxígeno y nitrógeno. La colisión libera energía, parte de la cual lo hace en forma de luz. Los colores visibles dependen tanto de las moléculas con las que chocan, como del nivel de energía con que vienen cargadas esas partículas. Miranda no habla para nada de colores verdes, característicos de la colisión con partículas de oxígeno; sólo de nubes blancas y rojizas. El color blanco se produce cuando las partículas solares no penetran mucho en la atmósfera, quedando entre los 100 y 500 kilómetros de altura. El roce de las partículas con la atmósfera, al colisionar con átomos de oxígeno dispersos a mayor altura, explicaría el tono rojizo de esas nubes, pues emiten la luz con una longitud de onda más larga. Por lo tanto, Miranda observó una evolución casi completa de la aurora boreal.

La época en la que ocurre, octubre y noviembre, entra dentro del período en que las auroras se desarrollan, de septiembre a abril. El intenso frío, aunque no es determinante para una aurora boreal, sí que es un factor positivo y Miranda nos habla de “grandísimos fríos”. Se producen los dos días durante la noche, uno a poco de anochecer y el otro, dos horas antes de amanecer, lo que es normal, pues durante el día, la luz solar diluye ese efecto óptico.

Todo ello probaría en ese año una intensa actividad solar, con fuertes vientos solares, lo que explicaría la brillantez de las nubes y el que fuera visible una aurora boreal en latitudes tan bajas. En esa actividad solar también podría estar la causa de la intensa sequía que describe el párroco de Algodre.

El miedo y la admiración que siente Miranda son normales. Hay que tener en cuenta que las auroras boreales han sido interpretadas como signo de mal augurio en latitudes bajas, llegando a atribuirles algunos hechos históricos lamentables, como la Guerra Civil americana (1861) tras las auroras boreales del evento Carrington.

Este documento sería, por el momento, el más antiguo en describir una aurora boreal en España y en una latitud tan baja. Y en consecuencia, una actividad solar muy intensa en ese año, hasta el momento no documentada.