Alfonso Alonso-Lasheras como sacedorte y al lado como jugador de rugby.
Alfonso, el ingeniero que iba para estrella del rugby y acabó de 'jefe' de los jesuitas y en las misiones de África
El vallisoletano, que llegó a ser internacional, cambió el campo por las favelas de Brasil: ahora dirigirá la obra social en Valencia: "Por encima del derecho a migrar está el derecho a no migrar”.
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“Dejaba el tercer tiempo”, algo sagrado para el mundo del rugby, “y me iba a misa, luego ya volvía”. Quizás ese fue el primer detalle que le hizo pensar que su vida iba a estar más cerca de la casulla que del oval.
Tenía 22 años y la vida de Alfonso Alonso-Lasheras (Valladolid, 1981) iba a una velocidad frenética entre el barro de los campos de Pepe Rojo, los duros placajes y las aulas universitarias.
Por las mañanas, hincaba los codos en la carrera de Ingeniería Química; por las tardes, se dejaba el aliento en los entrenamientos del El Salvador, su adorado y mítico 'Chami', en el gimnasio y en las convocatorias con las categorías inferiores de la selección española de rugby.
Todo presagiaba un futuro dorado en el deporte de élite y hasta la selección española de rugby había llamado a su puerta. Pero al cierre de la temporada 2002-2003, el cuerpo dijo basta.
Una severa osteopatía de pubis provocada por la sobrecarga muscular le obligó a frenar en seco. Un año entero de rehabilitación, alejado de los terrenos de juego, que lejos de hundirlo terminó por redefinir su existencia para siempre. Fue su llamada.
Para entender a 'Fonfo', como le llaman cariñosamente todos del mundo de la familia del oval, hay que remontarse a sus orígenes castellanos.
A esa finca familiar, la Granja Sardón, junto al pueblo vallisoletano de Sardón de Duero, donde creció rodeado de primos, juegos y aire libre.
“El deporte para mí ha sido escuela de vida, pero también de fe”, rememora sobre aquellos años de infancia en los que compaginaba el balonmano escolar con los primeros contactos con el rugby.
Fonfo, con la camiseta de El Salvador, actuando de medio melé.
Para él, los valores del vestuario no estaban desvinculados de su experiencia espiritual: “La amistad con los compañeros de equipo de ambos deportes y cada esfuerzo que realizaba en partidos y entrenamientos me acercaba un poco más a Jesús de Nazaret”.
Aquella fe, que hasta entonces mantenía con naturalidad—llegando a “dejar las copas a medias para ir a misa y luego volver”—, cobró un peso tremendo durante el parón forzoso por la lesión.
El punto de inflexión
Sin partidos el fin de semana, Fonfo se encontró con un tiempo libre que hasta entonces no había tenido. Así, decidió volcarse en la acción social y comenzó a hacer voluntariado en la cárcel y a trabajar con personas sin hogar.
“Me doy cuenta de que estoy feliz, cuando yo hasta entonces creía que el rugby lo era todo. Y digo: concha, no tengo el rugby y soy feliz”, confiesa al recordar aquel año de recuperación con EL ESPAÑOL Castilla y León.
La revelación fue fulminante: la plenitud de su vida no dependía del éxito deportivo. “Veía que yo quería dedicar mi vida no a unos pocos, sino a muchos, y que cuanto más pobres y necesitados, pues mejor”.
"Si dedico mis fuerzas no a darme cabezazos por el Chami, sino por aquellos que nadie se los da, por los crucificados del mundo de hoy, todo cambia".
En una Semana Santa, algo tan sagrado en Valladolid, la figura del Cirineo, el personaje bíblico obligado a ayudar a Jesús a cargar la cruz, se convirtió en la metáfora perfecta.
“Si yo dedico mis fuerzas, no a darme cabezazos por el Chami, sino a darme cabezazos por aquellos que nadie se los da, por aquellos crucificados del mundo de hoy...”. Ahí comenzó la etapa vocacional profunda. El 'tres cuartos' del Chami decidió cambiar la camiseta del club por el hábito de la Compañía de Jesús.
De las favelas de Brasil a la frontera con Guatemala
Su paso por la Compañía de María facilitó el posterior encuentro con los jesuitas. Tras una sólida formación universitaria y teológica, el destino de Alfonso Alonso-Lasheras se convirtió en una odisea internacional al servicio de las realidades más desfavorecidas de la tierra.
Su primer destino misionero lo llevó a África en 2009.
Allí, en medio de los campos de refugiados de la región de los Grandes Lagos, tocó de cerca el dolor de quienes llegaban huyendo de la violencia sin saber si sus familias continuaban con vida.
“La pregunta siempre era: '¿Nos ha abandonado Dios?'. Solo el hecho de que allí estuviésemos acompañando les llevaba a decir: 'No estamos solos, sabemos que hay gente con nosotros, con lo cual es que Dios no nos ha olvidado'”.
Alfonso ya como sacerdote.
Esa lección de humildad le marcó: “Tengo la sensación de que uno va a estas realidades creyendo que va a ayudar, o a salvar, o a arreglar, y uno no arregla nada, no salva nada, simplemente está y acompaña. Y en este acompañar se descubre una fecundidad y una capacidad de ayudar a que la gente encuentre sentido”.
Posteriormente vinieron sus misiones en las favelas de Brasil, acompañando a jóvenes en riesgo de exclusión; sus cuatro años en el barrio de Bellvitge y el Gornal en Barcelona.
Allí estuvo coordinando redes de hospitalidad para personas refugiadas sin hogar; y su etapa en la frontera de México con Guatemala, volcado en la atención a los flujos migratorios.
Fruto de esas experiencias prepara la publicación de un libro de reflexión teológica y bíblica cuyo título anticipa su visión del mundo: Creo en Dios tododebilidoso.
“La experiencia de acercarme y de sentirme en Brasil o en África me ha ido generando una imagen de un Dios más débil, de un Dios que realmente se hace débil para acompañarnos en nuestra debilidad”.
El desafío en el Mediterráneo
Ahora, a sus 45 años, a Alonso-Lasheras le ha tocado asumir una tarea de alta responsabilidad institucional.
Recientemente nombrado delegado provincial de la Plataforma Mediterránea de la Compañía de Jesús, le corresponde coordinar y liderar la labor jesuita en la Comunidad Valenciana, la Región de Murcia y las Islas Baleares.
“En la obediencia está a la voluntad de Dios”, aclara ante el nuevo cargo de gobierno.
“Yo habría elegido ir a lugares donde otros no quieran ir, con mayor cercanía a realidades más desfavorecidas. Pero dicho esto, yo estoy para lo que la Compañía necesite”.
A partir del 1 de enero, Fonfo asumirá además la dirección unificada de la gran obra social jesuita en Valencia, resultado de la fusión de tres entidades, con especial foco en la acogida a migrantes, personas refugiadas y la atención a colectivos vulnerables afectados por emergencias sociales e hidrológicas como la DANA.
Por decirlo de una forma familiar será ‘el jefe’ de los jesuitas en Valencia, eso de jefe siempre le pegó mucho, su puesto de medio melé sobre el campo es algo similar, el cerebro que ejecuta.
Fonfo, en un círculo, con la selección española de rugby.
Una labor que le exigirá negociar en despachos y dialogar con las administraciones públicas al más puro estilo de una melé con sus eternos rivales del VRAC.
Sobre la cuestión migratoria, tan polarizada en el debate político actual, el jesuita ofrece un pensamiento que en los tiempos que corren es para reflexionar.
“Nunca hay que olvidar que la persona que inmigra es persona, y siempre tiene que estar la dignidad de la persona por encima de miradas políticas. Pero se nos olvida muchas veces que por encima del derecho a migrar, está el derecho a no migrar. Todas las personas que tienen que abandonar su tierra tienen derecho a no tener que abandonarla”.
"Por encima del derecho a migrar, está el derecho a no migrar. Todas las personas tienen derecho a no tener que abandonar su tierra".
Alfonso analiza con preocupación el presente. “Vivimos en un mundo de cada vez mayores desigualdades y de mayores polarizaciones. La desigualdad genera violencia, pero la polarización genera unas fracturas que impiden poder trabajar en común para acabar con las desigualdades”.
El vallisoletano, que reconoce que viene poco por su ciudad natal, señala de forma crítica el impacto de los entornos digitales.
“Yo empezaría por las redes sociales y los algoritmos que a cada uno nos refuerzan más en nuestro posicionamiento y nos llevan a mirar al otro desde nuestra trinchera, sin ver que en la opinión del otro puede haber una luz. Las redes tienen el 90% de la culpa de que se nos imposibilite empezar a construir algo común”.
Sin embargo, huye del pesimismo. Destaca el “resurgir espiritual” que detecta entre las nuevas generaciones, donde los jóvenes viven la fe “sin prejuicios, con total libertad y con mucha naturalidad”, alejados de las tensiones ideológicas del pasado.
¿Qué le queda por hacer a aquel joven tres cuartos que cambió el balón ovalado por la misión jesuita? “Seguir perseverando”, concluye.
“Seguir perseverando en el estar disponible para ir donde la Compañía me necesite y ojalá para ir donde otros no quieren ir”.
Y ojo, porque anuncia en exclusiva que quizás vuelve a darle al oval después de seis años sin hacerlo. El CAU Valencia le espera. Ya se sabe que “los viejos rugbiers nunca mueren, solo se mudan a la tercera línea".