Ildefonso Pastor posa en las instalaciones de Uber en Madrid. Cedida
Ildefonso Pastor dejó el Congreso con 37 años para trabajar en Uber: "Aquí sí se puede discrepar"
Afiliado al PP desde 2006, concejal del Ayuntamiento de Valladolid, senador y diputado nacional entre 2012 y 2015, hace justo 10 años decidió dar un giro de 180 grados tras apuntarse a una oferta sin puerta giratoria.
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En la denostada política española lo habitual es ver cómo hacen de ella su forma de vida, sin nada más allá.
Muchos dirigentes convierten el cargo en profesión y la profesión en refugio. Las puertas giratorias suelen llegar tarde, cuando ya no hay salida y la retirada aparece ya como una necesidad. Por eso la historia de Ildefonso Pastor rompe el molde.
Vallisoletano, afiliado al PP desde 2006, concejal del Ayuntamiento de Valladolid en 2007, senador entre 2009 y 2011 y diputado nacional entre 2012 y 2015, es decir, prácticamente a todo lo que puede aspirar un político cuando arranca.
Sin embargo, Pastor decidió abandonar la política cuando todavía era joven. Tenía recorrido, contactos y un futuro dentro del partido. Pero eligió otra cosa.
Diez años después de aquel salto, justo en mayo de 2016, dirige las relaciones institucionales de Uber en España, una de las compañías tecnológicas más influyentes del planeta.
Lo hace en un sector que ha vivido algunos de los conflictos regulatorios y sociales más intensos de la última década.
Lo curioso es que nada de aquello fue fruto de una puerta giratoria al uso. No hubo fichaje político, ni llamada. Aplicó voluntariamente a una convocatoria publicada en la web de Uber y en Linkedin.
Él mismo lo resume con naturalidad en una entrevista concedida a EL ESPAÑOL Castilla y León: “Cuando terminó mi andadura política me tomé un periodo de reflexión y surgió la oportunidad de apuntarme a un proceso en Uber para cubrir la parte de relaciones institucionales”. Así arranca todo.
El 2 de mayo de 2016, en pleno festivo en Madrid, comenzó oficialmente su nueva vida. “La persona de recursos humanos no cayó en que era festivo y empecé en Uber un 2 de mayo”, bromea.
Pastor pertenece a esa generación de políticos que no tardaron en despuntar. Se afilió al Partido Popular con apenas 27 años y en 2007 ya era concejal en Valladolid.
Poco después llegó al Senado y posteriormente al Congreso de los Diputados, donde ejerció como portavoz adjunto en la Comisión de Empleo y Seguridad Social.
Licenciado en Derecho y MBA por la Escuela Europea de Negocios, también tuvo un breve paso por la consultora de recursos humanos GRI entre 2008 y 2009, aunque su carrera pública eclipsó casi todo lo demás.
En las Cortes trabajó especialmente asuntos vinculados a la Sociedad de la Información y la digitalización, temas que años más tarde acabarían conectando con su desembarco en Uber.
“Me apetecía trabajar en una empresa internacional, utilizar el inglés a diario y acercarme a una empresa tecnológica”, explica.
Lo que encontró al entrar fue un mundo radicalmente distinto al de la política.
“Hubo un primer momento de síndrome del impostor”, reconoce. “Llamé a mi exmujer la primera semana y le dije: ‘Aquí la gente es muy brillante, no estoy a la altura, me van a pillar y me van a echar’”.
No ocurrió y por eso diez años después sigue allí.
“En política la discrepancia no está bien vista”
Pastor habla de la política con distancia y sin nostalgia. Quizá porque ha descubierto otro lugar profesional donde, según cuenta, las reglas son muy diferentes.
“En Uber la discrepancia no se penaliza; al contrario”, asegura. Recuerda una de sus primeras evaluaciones internas en la empresa. “Me dijeron: ‘Ilde viene de una estructura muy jerárquica; hay ocasiones en las que no está de acuerdo con algo, se le nota, pero no lo dice. Aquí esperamos que lo diga aunque contradiga a alguien superior’”.
Ese cambio cultural le marcó. “Esto en política no está bien visto”, afirma. “Aquí hay debates mucho más abiertos y eso da una calidad enorme a las decisiones”.
Tampoco echa de menos la exposición pública. “En la política la gente te conoce y cualquier cosa de tu vida privada puede tener trascendencia. Ahora mi responsabilidad termina cuando cierro el ordenador y eso me da mucha paz”.
Su reflexión conecta con una realidad poco habitual en España, que es la de políticos que consiguen rehacer una carrera profesional sólida fuera de las instituciones.
“Los salarios en la política española están por debajo de las empresas”, admite. Pero no es sólo una cuestión económica. Habla también de libertad, anonimato y calidad de vida.
La guerra del taxi
Si algo ha marcado la trayectoria de Pastor en Uber ha sido la batalla entre taxis y VTC. Y ahí le tocó aterrizar en el peor momento.
“Durante meses soñaba con taxis y VTC”, recuerda sonriendo, ya que “el nivel de implicación era brutal”.
Entró en una Uber todavía muy cercana al espíritu startup, antes de convertirse en el gigante corporativo actual.
Y en España la situación era explosiva. Manifestaciones, bloqueos en Madrid y Barcelona, presión política, litigios judiciales y un clima de tensión importante.
“Había grupos organizados que lanzaban ácido a vehículos VTC con jeringuillas”, recuerda. “No era sólo el daño económico, era el riesgo para la gente”.
Aquellos años fueron especialmente duros para la compañía. “Te reunías con políticos, se hacían una foto contigo y después recibían una avalancha de mensajes del entorno del taxi criticándoles por reunirse con nosotros”.
Pastor sostiene que España ha regulado el sector pensando más en evitar conflictos que en garantizar seguridad jurídica.
“Muchas veces se aprobaron normas que sabíamos que iban contra derecho simplemente para frenar protestas”, denuncia.
Aun así, cree que el tiempo ha dado cierta estabilidad al modelo. Pone como ejemplo Madrid o Andalucía, donde la convivencia entre taxi y VTC ha permitido que ambos sectores crezcan.
“El mercado no era una tarta fija”, explica. “Con más oferta, más gente ha dejado el coche privado y ha empezado a usar taxi o VTC”.
El caso Castilla y León
En Castilla y León, sin embargo, el escenario sigue siendo distinto. Uber no opera todavía en movilidad dentro de la Comunidad y Pastor cree que existe un déficit claro de oferta de transporte.
“Mi sensación como vallisoletano es que Valladolid no tiene suficientes taxis en muchos momentos”, señala.
“Muchos amigos me dicen que hay horas en las que es difícil conseguir servicio”.
A su juicio, el problema es estructural. “En Madrid o Barcelona el número de taxis es prácticamente el mismo que cuando yo nací. Pero ha cambiado todo: la población, el turismo, la renta…”.
Pastor insiste en desmontar la idea de Uber como enemigo del taxi. “Uber es una plataforma tecnológica”, resume.
“La gente quiere un coche que llegue rápido y a un precio razonable. Le da igual si es negro o blanco”.
De hecho, presume de que España fue el primer mercado europeo donde Uber integró taxis dentro de la aplicación, un modelo que después se exportó a otros países. “Eso ayudó a reducir mucho el conflicto”, sostiene.
A sus 47 años recién cumplidos, Pastor sigue mirando hacia adelante. Y el futuro, dice, pasa por la electrificación y la conducción autónoma.
Explica que las grandes flotas VTC tienen ventaja para acelerar la transición ecológica porque pueden negociar con fabricantes, crear infraestructuras propias de recarga y operar con economías de escala.
“Hay empresas en Madrid con más de mil vehículos eléctricos”, apunta.
Uber trabaja además con acuerdos junto a fabricantes como BYD o Nissan y compañías energéticas para facilitar el acceso a coches eléctricos tanto a VTC como a taxistas.
La lógica es sencilla para él, un taxi o una VTC circulan muchas más horas que un coche particular. “Tu coche privado está parado el 96% del tiempo”, resume. “El impacto ambiental de electrificar una flota comercial es muchísimo mayor”.
El regreso a Valladolid
Aunque vive lejos de Valladolid, Pastor mantiene intacta la conexión con su ciudad natal.
Cuando vuelve lo hace en tren, nunca en coche y luego “el paseo desde la estación hasta casa de mis padres me produce placer”, confiesa.
Le vienen a la mente los tapeos del Mercado del Val, los vermús con los amigos, los paseos junto al Pisuerga y de las tardes con sus hermanos cerca de la ribera. “Voy menos de lo que a mi madre le gustaría”, reconoce.
Pastor no fue un político expulsado tampoco desamortizado, fue alguien que, cuando todavía tenía tiempo y carrera por delante, eligió probar suerte fuera del sistema. Y le salió bien.