El baratero muestra las chapas con sus dos caras.

El baratero muestra las chapas con sus dos caras.

Valladolid

Una noche de chapas en un santuario de Valladolid: “En una mano se puede ganar más de 5.000 euros o... perderlos”

Las partidas se suceden a gran velocidad. Los jugadores colocan el dinero en el suelo, se lanzan las monedas y las apuestas se doblan o desaparecen en cuestión de segundos. Así es este juego típico y legal en Semana Santa.

Más información: Cuando los soldados romanos se jugaron la túnica de Cristo: así nació la tradición de las chapas en Castilla y León

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En Valladolid, la Semana Santa se vive en las calles con pasos, cornetas y silencio, pero hay algo más. Cuando cae la noche, en algunos bares de la ciudad comienza otro ritual igual de arraigado: el juego de las chapas.

Es el momento de lanzar monedas al aire, de montones de billetes en el suelo y un corro de jugadores expectantes. La tradición cobra vida, pero solo durante estos días, que es cuando la Junta de Castilla y León lo legaliza.

En el centro de todo está el baratero, la persona encargada de dirigir el juego, cantar las jugadas y garantizar que todo funcione. Un profesional estacional, pero con mucho que contar.

En el barrio de Las Delicias, se encuentra uno de esos escenarios. La mítica Bodega Paco, un bar histórico donde desde hace décadas se celebra este peculiar juego durante la Semana Santa. Allí, Miguel es el baratero desde hace más de treinta años. EL ESPAÑOL Castilla y León le acompaña en su primera noche.

Pero, primero, hagamos memoria. El juego de las chapas es una costumbre profundamente arraigada en Castilla y León, especialmente durante los días centrales de la Semana Santa.

Su origen se vincula simbólicamente al episodio bíblico en el que los soldados romanos se jugaron la túnica de Jesucristo a cara o cruz antes de la crucifixión.

La mecánica es sencilla. Dos monedas se lanzan al aire y los jugadores apuestan si caerán con la misma cara o con la misma cruz, lo que en el argot del juego se denomina “caras” o “lises”. Si las monedas caen diferentes, la tirada se repite.

Los jugadores se agrupan alrededor de un círculo en el suelo, el llamado corro, donde se depositan las apuestas. En el centro se sitúa el baratero, figura imprescindible que dirige el juego, valida las apuestas y se encarga de pagar a los ganadores.

Hoy en día esta práctica está regulada por la Junta de Castilla y León y solo puede celebrarse en establecimientos autorizados, normalmente entre Jueves Santo y Sábado Santo.

La historia de un bar y una familia

En la Bodega Paco, las chapas forman parte de la identidad del local desde hace décadas.

Conocido por sus míticos cachis, por su peña de la Feria y Fiestas de la Virgen de San Lorenzo −una de las más multitudinarias de la ciudad− y por las múltiples actividades que organizan, desde los dardos hasta las motos, este icónico bar de barrio sigue manteniendo hasta hoy la esencia de una taberna de toda la vida.

Según cuenta Miguel, todo comenzó con su padre Paco, que abrió el bar en 1979. Fue alrededor de 1990, cuando ampliaron el local con una sala contigua, cuando empezaron a organizar el juego de las chapas durante la Semana Santa.

El baratero muestra las chapas delante de Bodega Paco

El baratero muestra las chapas delante de Bodega Paco

Al principio, su padre trabajaba con otro baratero. Con los años, aquel compañero se jubiló y Miguel fue tomando cada vez más protagonismo. “Yo empecé ayudando, recogiendo chapas y aprendiendo poco a poco.

Al final, esto es algo que se aprende con el tiempo, casi por tradición”, explica a EL ESPAÑOL Castilla y León.

Hoy, después de más de tres décadas, Miguel es uno de los barateros más experimentados del barrio y se puede decir que de la provincia.

Para quien nunca lo ha visto, una noche de chapas puede parecer un espectáculo caótico, pero para Miguel, como nos indica, “es un sistema perfectamente organizado”.

“Un día de chapas en la Bodega Paco es un día muy especial. Hay muchísima gente, tanto jugadores como gente que viene solo a verlo. Una vez que empieza el corro, ya no paras hasta que se acaba”, recuerda.

Las partidas se suceden a gran velocidad. Los jugadores colocan el dinero en el suelo, se lanzan las monedas y las apuestas se doblan o desaparecen en cuestión de segundos.

El ambiente es intenso con gritos de “¡caras!”, “¡lises!”, apuestas que cambian de manos y una constante circulación de dinero.

Además, cada año atrae a más gente. “Cada vez hay menos bares que hagan chapas, pero el juego gusta más. Mucha gente viene por tradición, pero también porque el ambiente es único”.

Uno de los fenómenos más curiosos es el turismo de chapas. Según Miguel, cada Semana Santa llegan a Valladolid personas de otras provincias que han oído hablar del juego.

“Tenemos gente que viene del País Vasco, de Cantabria o de otros sitios donde no se juega. Algunos se cogen un hotel, ven las procesiones por la tarde y por la noche se vienen al corro”.

Para muchos curiosos, el atractivo está en el espectáculo. “Son grandes cantidades de dinero en el suelo, cálculos mentales rapidísimos y un lenguaje lleno de términos y rituales”, argumenta.

Dinero visto y no visto

Hablar de cifras concretas no es algo que Miguel quiera hacer públicamente, pero reconoce que el volumen de dinero puede ser impresionante.

“Se mueven cantidades muy grandes y muy rápido. En diez minutos alguien puede multiplicar lo que tenía por diez… o perderlo”.

Las apuestas se doblan en cada ronda ganada. Eso significa que una racha de varias tiradas seguidas puede disparar el dinero acumulado.

“Hay gente que en una sola mano puede ganar más de 5.000 o incluso 10.000 euros”.

Y también ocurre lo contrario: “Cuando uno gana, otro pierde”. Ley de vida.

Las chapas están llenas de pequeñas historias que se repiten cada año. Miguel recuerda, por ejemplo, a jugadores que nunca habían participado y que en su primera tirada encadenaron varias rondas ganadoras sin ser conscientes de lo que estaba pasando.

“Hay gente que empieza con 500 o 600 euros y se tira siete rondas seguidas ganando. Cuando se da cuenta del dinero que tiene delante, se queda alucinada”.

También ocurren situaciones curiosas con las monedas: tiradas que quedan en posiciones imposibles o jugadas que provocan debates en el corro.

Aunque para el público pueda parecer solo un juego, ser baratero exige una enorme concentración. Miguel lo resume así: “Un baratero tiene que ser serio, rápido con los cálculos y capaz de soportar el desgaste físico y mental de toda la noche”.

En cada jugada hay que controlar varias apuestas al mismo tiempo. Por supuesto, la apuesta principal, los abonos o apuestas paralelas y las retiradas de dinero. Todo ello mientras el juego continúa sin pausa.

“Puede haber tres, cuatro o cinco abonos en la misma jugada y tienes que llevar la cuenta de todos”.

En la Bodega Paco el juego se organiza con dos barateros trabajando a la vez. Uno se encarga de cantar las jugadas y dirigir el corro. El otro gestiona las apuestas y los abonos.

Cada cierto número de rondas se intercambian los papeles. La razón es sencilla, se hace para evitar el mareo.

“Estás todo el rato agachándote y levantándote para recoger dinero. Si no paras un poco, te puedes marear”. Por eso se turnan constantemente para mantenerse frescos.

El porcentaje del baratero

El baratero no gana dinero con cada tirada, sino con un pequeño porcentaje cuando los jugadores retiran sus beneficios.

En el caso de la Bodega Paco, la comisión es del 10%. “Si alguien retira una cantidad de dinero, nosotros nos quedamos con el 10% de lo que se lleva”. En otros lugares el sistema puede variar, pero siempre existe alguna forma de compensación para quien organiza el juego.

Cuando alguien tiene una gran racha, también puede ocurrir algo muy típico de las chapas: invitar. “Hay gente que gana varias rondas y decide invitar a una ronda a todos los que están cerca… o incluso a todo el bar”.

En ocasiones, el ganador paga una ronda de bebidas para decenas de personas, convirtiendo el momento en una pequeña celebración colectiva.

Para Miguel, la Semana Santa tiene un significado muy concreto. “Para mí la Semana Santa son las chapas”. Su rutina es entrar en el corro el miércoles por la noche y prácticamente no salir hasta que termina el sábado para domingo.

Es una tradición que ha vivido desde niño. “Esto lo has mamado desde pequeño. Lo haces por tradición y por cariño”.

Pero no todo es emoción y el desgaste es enorme. “Después de cuatro días de chapas el cansancio es brutal, tanto físico como psicológico”.

No solo se trata de estar de pie durante horas, sino de mantener la concentración constante en un entorno lleno de tensión y dinero. “Si no te gusta mucho esto, no lo aguantas”.