Tomy, la humilde sastra de Cogeces que vistió a estrellas de Hollywood y a las óperas de medio mundo
Tomy, la humilde sastra de Cogeces que vistió a estrellas de Hollywood y óperas de medio mundo: "Quería viajar y coser"
Ha fallecido con 94 años, tras décadas entre bastidores de producciones como Shakespeare in Love, La niña de tus ojos o Mar adentro. Desde 1964, fue además sastra de Mariemma y de su Ballet, dejando una huella imborrable en el mundo de la danza.
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Tomasa Benito Martín, o para todos ‘Tomy’. Ha sido una de esas personas imprescindibles en su trabajo, que no se llevó los titulares pero estaba en todos los subtítulos.
Y es que su aguja y su talento han ayudado a vestir algunas de las páginas más brillantes de la danza española, el teatro, la ópera y el cine. Y todo ello desde la más absoluta humildad.
Nacida en Cogeces de Íscar, Tomy ha fallecido este martes 25 de marzo dejando tras de sí una vida dedicada al arte desde la sombra, pero con una influencia profunda.
El Ayuntamiento de Íscar y el Museo Mariemma han lamentado la pérdida de una mujer “inigualable”, una palabra que quienes la conocieron repiten siempre.
Tomasa Benito Martín nació el 26 de febrero de 1932 en el pequeño pueblo Cogeces de Íscar, en la provincia de Valladolid. Lo hizo en el seno de una familia muy ligada a esa tierra.
Y como no podía ser de otra manera, allí crecieron también sus primeras raíces. Por ejemplo, su pasión por las jotas, por los trajes tradicionales, y por el folclore que más tarde recordaría cada vez que cosía un vestido para la danza.
Salto a Madrid
Aprendió el oficio en una academia de Valladolid, pero su ambición y su curiosidad la llevaron a dar el salto a Madrid en 1959.
En la capital vivía su abuela paterna, Magdalena de Castro, y fue allí donde Tomy encontró el camino que marcaría su vida.
Sus primeros pasos en la sastrería teatral llegaron casi de inmediato. Comenzó a trabajar en la prestigiosa casa Maribel y Ruppert, situada en la calle Leganitos.
En aquel taller empezó a crear vestuarios para el espectáculo, entre ellos los del famoso payaso Tonetti. Era el inicio de una carrera que terminaría recorriendo medio mundo.
El gran giro de su vida llegó en 1964. Por una amistad entre su abuela y la madre de la bailarina Mariemma, ambas mujeres sabían la una de la otra. Pero fue en aquel año cuando se conocieron personalmente.
Mariemma preparaba entonces la coreografía del ballet Ibérica, con música de Maurice Ravel. El vestuario se encargó a la casa Maribel y Ruppert, y Tomy fue quien lo realizó. Aquel trabajo marcó el comienzo de una relación profesional que duraría más de catorce años.
Tras ver su talento, Mariemma le propuso algo más que un encargo puntual: convertirse en la responsable de sastrería de su compañía, el Mariemma Ballet de España.
Desde ese momento, Tomy no solo cosía trajes: viajaba con la compañía, solucionaba problemas imposibles y acompañaba a los bailarines por escenarios de todo el mundo.
En Carmen
Participó en festivales por toda España, en el homenaje a Manuel de Falla en Washington o en producciones tan relevantes como La vida breve en La Scala de Milán. También trabajó en la ópera Carmen dirigida por Herbert von Karajan para el Festival de Salzburgo de 1966.
Su trabajo la llevó igualmente a lugares tan lejanos como Japón o Irán, durante la coronación del Sha de Persia, en giras que hoy forman parte de la historia de la danza española.
Cuando nadie quería hacer un trayecto en autobús cargado de baúles con vestuario, Tomy lo hacía. Cuando un error en el inventario dejaba los trajes retenidos en una frontera, ella acudía cada día a la consigna del puerto para recuperarlos uno a uno.
“Yo quería viajar y coser a la vez”, llegó a decir alguna vez. Y con Mariemma lo consiguió.
Cuando la bailarina cerró su compañía en 1980 para dirigir la Real Escuela Superior de Arte Dramático y Danza de Madrid —actual Real Conservatorio Profesional de Danza Mariemma—, Tomy inició una nueva etapa.
Abrió su propio taller, Tomy Ballet, en la calle Mesón de Paños de Madrid.
Desde allí trabajó con algunos de los figurinistas más importantes del país y para instituciones y compañías de prestigio como el Ballet Nacional de España o talleres históricos como Cornejo y Tamayo. También participó en proyectos televisivos, como el popular programa Un, dos, tres.
Su talento llegó igualmente al cine. Entre sus trabajos más recordados está el vestuario de El perro del hortelano, que recibió el Goya al mejor vestuario bajo la dirección del figurinista Pedro Moreno.
A lo largo de los años participó en grandes producciones como La conquista del paraíso, Shakespeare in Love, La niña de tus ojos, Mar adentro o El capitán Alatriste, entre muchas otras.
Sin embargo, si algo la emocionaba especialmente era coser para el folklore. Los trajes de jotas le recordaban a su pueblo, a su infancia, a esas raíces que nunca abandonó del todo.
Entre todos los vestidos que realizó para Mariemma, tenía uno favorito: el traje de seda verde con el que la bailarina interpretaba Córdoba, de Isaac Albéniz.
Fue un encargo delicado. Debía sustituir al histórico vestido negro que Mariemma había heredado de Antonia Mercé, una pieza ya demasiado frágil para seguir en escena.
Su legado
Tras la muerte de Mariemma, Tomy siguió vinculada a su legado. Desde que el archivo de la bailarina fue donado al Ayuntamiento de Íscar en 2002 y se creó el Museo Mariemma, su papel fue fundamental.
Revisó cada pieza del vestuario, ayudó a documentar su historia y colaboró en la puesta en escena de las colecciones del museo.
Era, de alguna manera, volver a trabajar con el ballet de su vida.
“Es como volver a tener su danza viva”, decía con frecuencia. Y añadía que su aportación era pequeña, pero esencial: su granito de arena, “sus puntadas”.
Con su marcha se apaga una vida dedicada al arte desde la discreción.