Javier Márquez Doubront posa en Chamos Burger junto al pulsador

Javier Márquez Doubront posa en Chamos Burger junto al pulsador JIF

Valladolid

Javier, dueño del restaurante en Valladolid donde comes gratis si aciertas con un cronómetro: “He regalado cuentas de 130 euros”

Este venezolano se muestra muy agradecido con la acogida que ha tenido en la ciudad y por eso anuncia la apertura de otro establecimiento en el centro: "Sí, el pulsador estará, es el protagonista".

Más información: El restaurante más sostenible de España está en un pueblecito de Valladolid: con un pincho de premio y platos desde 7€

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Un cronómetro, diez segundos y una cuenta que puede salir gratis. Algo que suena muy apetitoso, ¿verdad? Pues así es el reto que ha convertido a un pequeño restaurante de Valladolid en uno de los locales más comentados de la ciudad.

Detrás de la idea está Javier Márquez Doubront, venezolano de 46 años (de Miranda Carabobo), que llegó a la capital vallisoletana casi por casualidad hace tres años, aunque el famoso hilo rojo le unía a la ciudad del Pisuerga y hoy prepara la apertura de su segundo establecimiento, porque “la cosa va muy bien”.

El sistema es muy sencillo. Tú comes y bebes lo que quieras, incluso en pareja o en grupos. Y cuando te traen la cuenta es el momento de la verdad. Si el dedo consigue detener el cronómetro exactamente en 10.00, la cena será gratuita. Toda, sin excepciones.

No es una promoción puntual ni una campaña de lanzamiento. Es ya una seña de identidad de Chamos Burger, un pequeño restaurante situado en la calle San José, 8 que ha conseguido algo poco habitual en la hostelería local, convertir cada comida en una experiencia. “Es un juego, pero también una forma de agradecer, aquí la gente me ha dado muchísimo”, resume este vallisoletano de adopción.

La idea que lo cambió todo llegó hace seis meses. Un amigo le envió desde América un vídeo con un reto sencillo, el de parar un cronómetro en un tiempo exacto para ganar una comida gratis.

“Un español fue quien me dijo que lo intentara. Me pareció atractivo”, recuerda. Javier investigó, buscó proveedores en Estados Unidos y mandó traer el dispositivo. Desde entonces, el cronómetro se ha convertido en el gran protagonista del local, ya que reconoce que no ha visto nada igual en toda España.

“Los niños lo quieren hacer por juego, los jóvenes por reto y los mayores por curiosidad”, explica. El ambiente se transforma cada vez que alguien se levanta a intentarlo. Primero intentos en el propio móvil, luego silencio, llega la cuenta atrás y estallido de aplausos o risas si has acertado.

Aunque el premio es tentador, muy pocos lo consiguen. Apenas una veintena de personas han parado el reloj exactamente en 10.00. El primero fue un cliente español que cenaba con su familia.

“Hemos regalado cuentas de 130 euros, incluso más”, reconoce Javier. “Pero merece la pena. La gente se va feliz y vuelve”. Para él, no se trata solo de marketing. “Es un detalle. La hostelería va de eso, de detalles. A mí no me supone una gran pérdida y a ellos les deja un recuerdo”.

El hilo rojo

Antes de llegar a Valladolid, la vida de Javier transcurría muy lejos de planchas, freidoras y salsas. En Venezuela fue durante años vendedor de vehículos y propietario de una pequeña fábrica de harina precocida, un negocio que competía, a menor escala, con grandes marcas nacionales.

Pero hace algo más de tres años todo se vino abajo por culpa de la situación que se ha vivido hasta hace unas semanas en Venezuela.

“Perdí la empresa, me la quitaron. Allí no hay Estado de Derecho y si confrontas, terminas mal”, explica sin dramatismo. La decisión fue marcharse. Primero por seguridad, después por supervivencia.

España apareció como destino posible. Y Valladolid, casi por azar, como punto de llegada. Curiosamente, no era una ciudad desconocida para Javier. En 2007, muchos años antes de imaginar que acabaría viviendo aquí, pasó una noche en la ciudad durante un viaje por la península. “Recuerdo que me pareció una ciudad tranquila, bonita. Se quedó ahí, en la memoria”, cuenta.

Tras emigrar definitivamente, pasó por Canarias, donde el clima y la cercanía cultural con Venezuela le resultaron familiares; por Galicia, donde encontró oportunidades pero también demasiadas trabas administrativas; y por Madrid, donde llegó a abrir un negocio que terminó cerrando por problemas ajenos y malas experiencias.

“Madrid me gusta para pasear, no para vivir. Yo estaba atormentado allí. Cuando se me presentó la oportunidad de salir, lo tuve claro, y me volvía a Valladolid”.

Ya en Valladolid, Javier Márquez comenzó a buscar un local. No quería grandes dimensiones ni una inversión desmesurada. “Preferí algo pequeño, manejable. Sabía que si exigía demasiado, me iban a pedir demasiadas garantías”.

Javier posa junto al famoso pulsador del local

Javier posa junto al famoso pulsador del local

Así nació Chamos Burger, en la calle San José 8. El nombre conecta directamente con sus raíces: chamo es una palabra muy usada en Venezuela, equivalente a “tío” o “colega”, una forma cercana de llamar a alguien.

El proyecto comenzó de manera discreta. Solo había el típico reparto a domicilio a través de plataformas digitales. “Yo no tenía el local preparado para recibir gente, solo cocinábamos para enviar”, recuerda.

Pero ocurrió algo inesperado. El boca a boca hizo su trabajo. Los pedidos aumentaron, las valoraciones en Google se multiplicaron y, de pronto, empezaron a llegar personas al local. “Venían y me decían: ‘queremos probar la comida, hasta los míos se enfadaban porque no encontraban mesa”, explica entre risas.

Aquel empujón obligó a reformar el espacio y abrirlo al público. Y ahí comenzó el verdadero crecimiento. Aunque la esencia del local es venezolana, el perfil del cliente sorprendió incluso a su propietario. “Hoy el 70% de la clientela es española”, asegura como siempre con una sonrisa.

El éxito se apoya en una carta sencilla pero contundente. Por ejemplo, el tradicional pepito mixto, convertido en plato estrella. Las salchipapas, incorporadas gracias a la influencia colombiana en cocina. Hamburguesas, parrillas y combos pensados para compartir. Todo ello a un precio asequible y que encima gracias al botón te puede salir gratis.

“Yo nunca había trabajado en comida rápida. Aprendí aquí. Aprendí a hacer salsas, a probar el aceite, a entender el producto”, confiesa. “Ahora sé cuándo algo está bien o no. Me pongo en el lugar del cliente”.

Cocina hasta las 2

El horario también rompe con lo tradicional en Valladolid. La cocina permanece abierta hasta las dos de la madrugada, atrayendo a jóvenes, universitarios y trabajadores nocturnos. “Aquí llega mucha gente que sale de su trabajo y no sabe dónde comer”.

Javier destaca especialmente al público vallisoletano. “Aquí no se engaña a nadie. Me dijeron que cuando algo funciona en Valladolid, funciona en toda España”. Esa exigencia ha sido clave. “El cliente español reserva, es organizado y valora la calidad. Eso te obliga a hacerlo bien”.

Este venezolano representa a ese inmigrante que viene a España con ganas de emprender y de cumplir su sueño. "Soy autónomo, que es lo que peor llevo porque tienes que pagar muchos impuestos, pero es cierto que te sientes bien por crear empleo y aportar algo a la economía del país", explica.

Un segundo local

El crecimiento del negocio ya tiene una nueva etapa. En febrero, apenas en unas semanas, abrirá un segundo Chamos Burger en Marqués del Duero número 5, en una zona con fuerte presencia universitaria y residencial.

Habrá más variedad, más combos y una carta ampliada, pensada para un público joven. El cronómetro, confirma, también estará presente, ya que es el rey del lugar. “Eso no se quita”.

Tres años después de emigrar, Javier Márquez habla de Valladolid como de un hogar. Todos sus proveedores son españoles, ha generado empleo y asegura que cada vez le resulta más difícil pensar en marcharse. “Aquí recuperé mi nombre, en otros lados me llamaban Miroslavo (por mi hermana), mi tranquilidad y mi vida”, dice. “Yo vine solo, pero esta ciudad me acogió”.