Mario Cabrera durante el día de su ordenación diaconal en Salamanca.

Mario Cabrera durante el día de su ordenación diaconal en Salamanca. Diócesis de Salamanca

Salamanca

Mario Cabrera dejó la carrera de Historia para convertirse en cura a sus 27 años: "Pensé que no iba a durar ni una semana"

Cuando la mayoría de los jóvenes de su edad piensa en otras cosas, el salmantino, de un pequeño municipio de 900 habitantes, acaba de dar el paso de ser nombrado diácono para posteriormente ser sacerdote.

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"Yo empecé el seminario y pensé: 'Aquí no voy a durar ni una semana'. Ni siquiera deshice la maleta". Siete años después, Mario Cabrera acaba de dar uno de los pasos más importantes de su vida.

A sus 27 años, el joven de Cantalapiedra (Salamanca) ha sido ordenado diácono, la última etapa antes de convertirse en sacerdote.

En un momento en el que hablar de vocación religiosa sigue despertando sorpresa entre muchos jóvenes, él asegura que nunca se sintió "un bicho raro", pero su historia es digna de contar.

Cuando la mayoría de los jóvenes de su edad piensa en salir de fiesta, en buscar una vivienda o en encontrar trabajo, Mario Cabrera acaba de dar un paso decisivo y que muy pocos se atreven a dar.

El pasado 21 de junio fue ordenado diácono en la Catedral Vieja de Salamanca, culminando siete años de formación y discernimiento que, si todo sigue su curso, desembocarán en su ordenación sacerdotal dentro de unos meses.

Su historia comienza lejos de los seminarios y de cualquier estereotipo. Comienza en Cantalapiedra, un pueblo salmantino de apenas 900 habitantes donde, como él mismo recuerda, la infancia transcurría entre bicicletas, parques y tardes en la calle.

Y, por supuesto, en la iglesia donde hizo de monaguillo, es quizá ahí donde comenzó a sembrar la semilla. Un monaguillo de pueblo, de esos de toda la vida, que echaba una mano al cura y que se convertía en el centro de todas las miradas.

"Siempre he sido de salir. En el pueblo salíamos todas las tardes con los amigos, íbamos con la bici, jugábamos en el parque, en la plaza... Era algo muy natural", rememora.

Su vida no era muy distinta de la de cualquier otro chaval de su edad. Le apasionaba la Historia, soñaba con ser profesor y, de hecho, comenzó esa carrera universitaria.

Sin embargo, apenas necesitó un curso para darse cuenta de que aquel no era su camino, la llamada era otra.

"Cuando terminó el año dije: esto no es lo mío, esto no es lo que yo me esperaba", cuenta a EL ESPAÑOL Castilla y León.

Aquella decepción académica sirvió para tomar una decisión que llevaba tiempo rondándole. La llamada, explica, no llegó de golpe.

En la Iglesia suele hablarse de "la llamada", pero Mario prefiere describirla como un proceso. "Había visto signos en mí de que era algo que me atraía, de que realmente quería seguir a Jesús", explica.

Mario Cabrera en el momento de ser ordenado diácono.

Mario Cabrera en el momento de ser ordenado diácono. Diócesis de Salamanca

Tras terminar el curso universitario participó en un retiro espiritual. Fue allí donde decidió probar suerte en el seminario.

"Yo no lo tenía claro. Dije: bueno, vamos a probar a ver qué pasa".

Tanto es así que llegó al seminario convencido de que duraría apenas unos días. "Fui con muy poquita cosa y pensé que no iba a durar ni una semana. Ni deshice la maleta", recuerda entre risas.

La maleta, sin embargo, terminó abierta durante siete años.

Su decisión tampoco fue recibida con entusiasmo inmediato por quienes le rodeaban.

"Mi familia y mis amigos al principio no se alegraron demasiado", reconoce. Aunque conocían su implicación en la parroquia y sabían que llevaba años participando activamente en la vida de la Iglesia, aceptar que aquel interés acabara convirtiéndose en una vocación sacerdotal fue otra historia.

Con el tiempo llegó la comprensión. Y es que Mario nunca dejó de ser el mismo joven de siempre. "Nunca me he sentido raro. Sorprende decir que quieres ser sacerdote, pero nunca me he sentido un bicho raro. He llevado una vida normal y la sigo llevando ahora".

En una sociedad donde las vocaciones religiosas son cada vez menos numerosas, su caso despierta curiosidad precisamente por su normalidad.

Siete años para aprender mucho más que Teología

Convertirse en sacerdote no consiste únicamente en estudiar Teología, es mucho más. La formación es larga porque busca preparar a la persona en todos los ámbitos.

Mario realizó su formación en el Teologado de Ávila, ubicado en Salamanca, compartiendo convivencia con seminaristas de distintas diócesis de Castilla y León y Extremadura.

"No estás solo. Estás acompañado por otros chavales que tienen la misma inquietud que tú", explica.

De aprender a convivir, trabajar en equipo, atender parroquias, acompañar familias y jóvenes y descubrir poco a poco cuál será la misión que desempeñarán en el futuro.

Por eso defiende que el tiempo de preparación es necesario. "Las cosas no son de un día para otro. Hay que ir reposando todo lo que uno va aprendiendo".

El auge de la religión

Con apenas 27 años, Mario pertenece a una generación marcada por las redes sociales, la inmediatez y la incertidumbre laboral. Sin embargo, asegura que entre muchos jóvenes percibe un renovado interés por la dimensión espiritual.

"Sí lo estoy viendo en bastantes jóvenes. Todos tenemos una dimensión espiritual y hay que cuidarla".

A su juicio, el exceso de materialismo ha dejado un vacío que muchas personas intentan llenar.

"La trascendencia es otra forma de llenar el corazón sin necesidad de lo material". No habla de un regreso masivo a las iglesias, sino de una búsqueda.

Eso sí, también lanza una advertencia. "La fe no puede quedarse en un puro sentimiento. Tiene que concretarse en la vida diaria".

Dudas y miedos

Aunque desde fuera pueda parecer un camino lleno de certezas, Mario insiste en que las dudas forman parte de cualquier vocación.

También de la suya. "Las dudas y los momentos de dificultad forman parte del camino natural de cada persona".

La diferencia, dice, está en "cómo se afrontan", ya que "no se trata de recitar oraciones, sino de mantener una experiencia viva de Dios".

Esa convicción es la que le permitió continuar cuando aparecieron los momentos difíciles.

Porque una vocación, explica, no elimina las incertidumbres. Simplemente ofrece un lugar desde el que afrontarlas.

Dentro de unos meses llegará la ordenación sacerdotal. Después comenzará una nueva etapa cuyo destino todavía desconoce.

De momento no tiene preferencias, no sabe si irá a un pueblo, como el de sus raíces, o a una ciudad. Tampoco si se quedará en España o saldrá fuera, “estaré donde me manden", sentencia.

"La Iglesia está formada por personas. Lo fundamental es que cada uno aporte lo que es para el bien común".

Una ceremonia para el recuerdo

En su recuerdo se mantiene la Catedral Vieja de Salamanca que acogió la ordenación diaconal en una celebración presidida por el obispo de Salamanca, José Luis Retana.

Hasta allí se desplazaron sus padres, sus hermanas, familiares, amigos y compañeros del Teologado de Ávila, además de numerosos sacerdotes, religiosos y fieles de las comunidades que han acompañado su recorrido.

Estuvieron presentes representantes de Cantalapiedra, su parroquia natal; de Villares de la Reina, donde colaboró como catequista; de la Unidad Pastoral Santísima Trinidad-Sagrada Familia, donde desarrolla actualmente su labor pastoral, además de numerosos jóvenes vinculados a la pastoral juvenil y universitaria.

Tras la presentación del candidato por parte del rector del Seminario, llegó uno de los momentos más intensos de la ceremonia. Mientras toda la asamblea invocaba la intercesión de los santos, Mario permaneció postrado en el suelo frente al altar, un gesto que simboliza la entrega total de quien pone su vida al servicio de la Iglesia.

Mario Cabrera durante el día de su  ordenación diacona

Mario Cabrera durante el día de su ordenación diacona Diócesis de Salamanca

Después, el obispo impuso las manos sobre él y pronunció la plegaria de ordenación. La celebración continuó con la imposición de la estola diaconal y la dalmática, las vestiduras propias del nuevo ministerio.

Al finalizar la eucaristía, el nuevo diácono tomó la palabra para expresar su agradecimiento. Lo hizo con un versículo del salmo 103: "Bendice, alma mía, al Señor. Dios mío, ¡qué grande eres".

Y explicó que la alegría que sentía "no nace de un momento puntual, sino de la historia de salvación que Dios ha ido tejiendo conmigo durante toda mi vida".

Después llegaron los abrazos, las fotografías y la celebración compartida con familiares y amigos en el patio de la Casa de la Iglesia.

A partir de ahora continuará desarrollando su labor pastoral en la Unidad Pastoral Santísima Trinidad-Sagrada Familia mientras espera el siguiente paso. El definitivo. El de convertirse en sacerdote.

Y todo comenzó, casi de casualidad, con una maleta que nunca pensó llegar a deshacer.