Los primeros peregrinos aguardan la llegada de don Blas para que abra las Puertas de la Ermita.
El Cristo de Cabrera y el camino nocturno de las dehesas que revive la fe rural salmantina
Don Blas Rodríguez encabeza la tradicional caminata nocturna desde la capital hasta Las Veguillas, un trayecto que revive la devoción popular y la singular historia de un santuario que rompe todos los moldes de la provincia.
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La noche salmantina se tiñe de devoción, silencio y pasos firmes cada año con la ya tradicional peregrinación nocturna al Santuario del Cristo de Cabrera.
Esta marcha litúrgica y popular, impregnada del carácter del Campo Charro y Las Veguillas, cuenta con un guía excepcional: don Blas Rodríguez, el párroco de Fuenterroble de Salvatierra y director del colegio y albergue de peregrinos de Armenteros.
Conocido por ser el párroco más peregrino de la provincia de Salamanca, también por su cercanía y trato con los más necesitados, don Blas abandona por unas horas la quietud de sus parroquias para ponerse al frente de una marea de fieles dispuestos a desafiar al cansancio bajo el manto de las estrellas.
El punto de partida de esta travesía no podía ser más emblemático. A las 9 de la noche, los peregrinos se concentraron en la Casa de la Iglesia, el imponente Palacio de Calatrava situado en la calle Rosario de la capital salmantina.
Mochilas al hombro y bastón de camino en mano, la comitiva inició la marcha en dirección a Aldeatejada.
Foto de grupo de los peregrinos antes de salir de Calatrava. Al megáfono el padre Blas Rodríguez.
La primera parada obligatoria tuvo lugar en la Iglesia de este municipio metropolitano, donde se unieron las primeras intenciones de la ruta.
Dejando atrás el asfalto y los núcleos urbanos más densos, la marcha se internó en la penillanura salmantina hasta alcanzar la pequeña localidad de Santo Tomé. El reloj rozaba ya la 1 de la madrugada cuando el grupo hizo un alto en el camino.
En una estampa que mezclaba la fraternidad del camino con la piedad popular, cada peregrino sacó su bocadillo para cenar.
El broche de oro a este descanso lo puso un reconfortante chocolate caliente, cortesía de la Diócesis de Salamanca, ideal para templar el cuerpo ante el frío de la madrugada charra.
La peregrinación avanzó decidida por las dehesas del Campo Charro. Al alcanzar el cruce de la Carretera de San Pedro de Rozados, el cansancio acumulado obligó a realizar una necesaria pausa de hidratación.
Los peregrinos a su paso por el Puente Romano de Salamanca.
Fue en este preciso instante cuando el reportaje de la fe se volvió más íntimo: don Blas rompió el silencio de la noche y comenzó a rezar el santo rosario en movimiento, marcando el compás de la marcha con las Avemarías que resonaban entre encinas.
La última parada técnica de rehidratación se ejecutó justo a la entrada de la denominada Calleja. Este icónico camino de tierra cruza las dehesas bravas, atravesando directamente las fincas ganaderas.
Se trata de un punto estratégico que sirve para acortar terreno y evitar el paso por el casco urbano de Las Veguillas, enfilando de manera directa el tramo final hacia los pies del Cristo de Cabrera.
Para comprender la magnitud de esta caminata nocturna es necesario bucear en las páginas de la historia y la antropología de la provincia salmantina. La cruz, como elemento omnipresente en el medio rural, actúa desde hace siglos como un dinamizador de la religiosidad oficial y popular.
Históricamente, la implantación de cruces e imágenes en el campo salmantino sustituyó las prácticas paganas e idolátricas de la antigüedad clásica —como los montones de piedras o milladoiros de los caminos y los antiguos mojones de término romanos— por la simbología cristiana de protección.
Los peregrinos del Cristo de Cabrera llegando a Aldeatejada.
En el contexto de las sociedades del Antiguo Régimen, muy vinculadas espiritualmente a los mandatos emanados del Concilio de Trento, la archidiócesis y las órdenes religiosas potenciaron los Vía Crucis, los Calvarios y las imágenes de devoción cristológica para catequizar al pueblo llano.
Las cruces y los santuarios erigidos in campis, es decir, en los campos, no solo delimitaban físicamente el espacio geográfico, sino que se convirtían en auténticos imanes de piedad.
En torno a ellos, las comunidades campesinas celebraban rogativas y ritos protectores para librar los cultivos y los rebaños de las calamidades meteorológicas, las tormentas o los incendios.
Peregrinos en su llegada a Cabrera minutos antes de la apertura de la Ermita.
El Cristo de Cabrera emerge precisamente de esta arraigada tradición de la topografía sagrada salmantina.
El santuario destaca por una gran singularidad que lo diferencia de la mayoría de ermitas de la provincia: por lo general, estos templos se sitúan fuera de los núcleos urbanos, en parajes aislados donde supuestamente se apareció o se encontró una imagen.
En Cabrera ocurre lo contrario, ya que el edificio actual fue originalmente la iglesia parroquial de una pequeña aldea medieval que llevaba su mismo nombre.
Algunos peregrinos en la Iglesia de Aldeatejada en la marcha de peregrinación a Cabrera.
Los orígenes de este asentamiento se remontan a la repoblación medieval de la provincia durante los siglos doce y trece, un proceso capitaneado por Raimundo de Borgoña. Bajo su mandato surgió un modelo de poblamiento disperso basado en pequeños núcleos muy cercanos entre sí.
La escasez de recursos, las malas cosechas, las guerras y los intereses de ciertos sectores por apropiarse de los terrenos provocaron la despoblación de centenares de estas aldeas. Este fenómeno dio origen al latifundismo y a las características dehesas salmantinas.
Cabrera no fue una excepción a esta dinámica. En el siglo diecisiete la aldea llegó a contar con algo más de veinte vecinos, pero terminó por despoblarse por completo hacia el año 1708, convirtiéndose desde entonces en una explotación ganadera.
La vecina localidad de Llen, de la que llegó a depender administrativamente la parroquia de Cabrera, sufrió idéntico destino poco después.
Los primeros peregrinos en llegar a Santo Tomé van a recoger su chocolate cortesía de la Diócesis de Salamanca.
De este modo, Las Veguillas incrementó su población paulatinamente hasta constituirse en la capital del municipio en 1835, integrando dentro de su término a estos antiguos enclaves históricos.
A pesar de la total desaparición del pueblo que lo vio nacer, la devoción hacia el Cristo de Cabrera no hizo sino aumentar.
A diferencia de otros santuarios de gran relevancia provincial como El Cueto, Valdejimena o Nuestra Señora de los Reyes, que cuentan con amplias instalaciones auxiliares como atrios, pórticos, hospederías o plazas de toros estables, Cabrera ha conservado una infraestructura sorprendentemente humilde.
Apenas se han realizado reformas esenciales, destacando la adición de dos pequeñas capillas laterales para formar un crucero y la decoración de la capilla principal, manteniendo intacto su sencillo retablo parroquial.
Antiguamente, para la celebración de sus concurridos festejos taurinos, los vecinos levantaban una plaza provisional con carros y maderas que desmontaban al concluir las fiestas.
Los primeros peregrinos en llegar a Santo Tomé van a recoger su chocolate cortesía de la Diócesis de Salamanca.
La imagen que ha logrado vertebrar este fenómeno espiritual es un Cristo crucificado de estilo románico de grandes proporciones, tallado en la época de mayor apogeo de esta corriente artística en los siglos doce y trece.
La escultura mide dos metros de altura por otros tantos de envergadura de brazos, y está diseñada para una estricta visión frontal.
Se encuadra dentro de la tipología de los denominados Cristos Majestad, figuras caracterizadas por un cuerpo vertical, brazos horizontales, ojos abiertos y expresivos, y un rostro carente de las muestras de dolor, llagas o coronas de espinas propias del barroco posterior.
En lugar de compasión, la solemnidad hierática de la talla inspira confianza y serenidad.
La falta de registros históricos claros sobre su procedencia llevó al pueblo llano a moldear su propia leyenda para justificar tan enorme devoción. La tradición oral asegura que un pastor local localizó la imagen oculta en el interior del tronco de una gigantesca encina.
Al intentar trasladarla con la ayuda de unos bueyes hacia la parroquia principal de Llen, los animales se detuvieron por completo al pasar junto a la iglesia de Cabrera, resultando imposible hacerlos avanzar.
El vecindario interpretó este suceso, repetido en intentos posteriores, como la manifestación del deseo de la imagen de no abandonar aquel lugar.
Las primeras menciones documentadas sobre la piedad en torno a la imagen constan en un Libro de Bautizados de la parroquia de Llen del año 1551, donde se anotaron mandas y limosnas de fieles para la celebración de misas.
Llegan a Cabrera los primeros peregrinos y esperan la apertura de la Ermita.
En 1614, los documentos ya reflejan la existencia de una cofradía organizada y la consolidación de una romería a mediados del mes de junio.
Esta hermandad adaptó sus estatutos a las realidades sociales en sucesivas reformas durante los años 1763, 1899 y, más recientemente, en 1991.
El arraigo de la cofradía se constata en la evolución de sus censos. Si en 1917 la entidad contaba con 511 cofrades, los datos del año 2017 reflejan que la cifra se duplicó hasta alcanzar los 1.009 miembros.
Peregrina rezando ante la imagen del Cristo de Cabrera.
Un colectivo que abarca fieles de hasta veintitrés provincias españolas diferentes, incluyendo Madrid, Barcelona, Zaragoza o Sevilla.
El santuario mantiene además una intensa actividad diaria gracias a la proximidad del convento de las Madres Carmelitas Descalzas, fundado en el año 1950 por Santa Maravillas de Jesús tras trasladar allí a la comunidad religiosa que residía en Las Batuecas.
El momento culminante de esta devoción colectiva se produce cada 18 de junio. Durante esa jornada, la campa de Cabrera llega a congregar a miles de personas en una de las romerías más multitudinarias de toda la provincia de Salamanca, uniendo el sentido lúdico y la fraternidad del camino con la milenaria necesidad humana de buscar amparo y dar gracias al llegar al santuario.