El escritor Juan Manuel de Prada en una entrevista para EL ESPAÑOL de Castilla y León en la Casa de las Conchas de Salamanca.
Juan Manuel de Prada: "Un escritor no puede estar genuflexo ante los paradigmas culturales de su época"
El escritor zamorano regresa a su alma mater universitaria para asesorar artísticamente y coordinar los coloquios literarios del FACYL 2026, defendiendo la vigencia de los clásicos frente al narcisismo de la literatura contemporánea.
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Bajo el artesonado del edificio de la Casa de las Conchas, sede de la Biblioteca Pública de Salamanca, donde el tiempo parece detenerse entre el gótico y el plateresco, Juan Manuel de Prada camina con la soltura de quien regresa a su cuarto de juegos.
El escritor, dedica unos minutos de su preciado tiempo a este medio después de la presentación del Festival de Artes Escénicas de Castilla y León (FACYL), donde actúa como padrino artístico de la edición de este año. No es una visita de cortesía; es un reencuentro con sus raíces.
Fue en las aulas de la Universidad de Salamanca donde el joven zamorano cambió los códigos del Derecho por la ambición de las letras, forjando ese estilo barroco y esa mirada afilada que lo definen.
En estas mismas calles, siendo apenas un estudiante, nacieron sus primeras historias, el prólogo de una carrera que lo llevaría a lo más alto: desde el estallido del Premio Planeta en 1997 con La tempestad hasta la madurez del Premio Nacional de Narrativa en 2004 con La vida invisible.
Hoy, el escritor regresa a su alma mater con las sienes plateadas y el reciente prestigio del Premio Castilla y León de las Letras (2021) bajo el brazo, pero con la misma intensidad de siempre.
Como nuevo asesor artístico y literario de la XXI edición del FACYL, su vuelta no tiene nada de protocolaria; Juan Manuel viene a agitar conciencias.
Con su habitual desprecio por los moldes de lo políticamente correcto, asume el mando de unos coloquios que buscan bajar la literatura del pedestal y devolverla a la calle.
La defensa humanista y cultural de la literatura a través del Lazarillo de Tormes, La Celestina, las Poesías ejemplares de Cervantes y los versos de Fray Luis de León para reconectar con la esencia de un pueblo que, según denuncia con su habitual mordacidad, ha sido anestesiado por las "bazofias culturales del sistema".
Pregunta-: Este año asume el asesoramiento artístico del FACYL tras el éxito del pasado año con Cervantes. ¿Cómo se fragua este regreso a la gestión cultural en Salamanca?
Respuesta-: Surgió de forma muy natural. El año pasado estuve en un coloquio cervantino que se hizo aquí y, la verdad, fue una actividad que estuvo estupenda, con el patio lleno.
Desde la Consejería de Cultura tenían la idea de hacerlo este año con escritores en lugar de estudiosos, y me dijeron si lo quería coordinar.
Les dije que sí, que encantado. Ofrecer esta actividad a los salmantinos no es un honor para ellos, el honrado soy yo.
Estudié aquí, viví en Salamanca cinco años de mi vida y mis primeros libros los escribí aquí. El honor es para mí volver a poder ofrecerles esto. Mi biografía forma parte de estas calles; son ciudades hermanas.
P.-: En estos coloquios se abordarán obras como el Lazarillo o La Celestina. ¿Entrarán en el debate sobre las autorías que tanto apasiona a la filología moderna?
R.-: Zapatero a tus zapatos. Esas especulaciones son para los filólogos, no para los escritores. Los escritores nos tienen que transmitir lo que esas obras encierran: su valor literario y la vigencia que tienen en nuestro tiempo.
Entrar en disquisiciones sobre las autorías no sería relevante para nosotros.
La autoría de una obra solo es importante desde el concepto de afirmación del yo propio de la modernidad.
En la época en la que estas obras fueron escritas, la autoría no era importante; lo que hacían era dar voz al pueblo y dar expresión literaria a inquietudes muy profundas.
Muchas grandes obras son anónimas y eso no les quita un ápice de valor.
P.-: ¿Cree que el público actual está preparado para profundizar en estas obras fundamentales o hemos perdido la capacidad de atención?
R.-: El problema no es el público, sino quienes median entre la obra y el lector. A menudo se trata a la gente como si fuera menor de edad mental, ofreciéndoles productos masticados y sin alma.
Los clásicos, si se presentan con pasión y se explica que hablan de nosotros, de nuestras miserias y de nuestras grandezas, siempre encuentran eco.
Lo que no se puede hacer es convertir la cultura en un parque temático o en una pieza de museo polvorienta.
Hay que bajar a los clásicos del pedestal para que nos hablen de tú a tú.
P.-: Usted suele ser muy crítico con la figura del intelectual moderno. ¿Qué papel juegan hoy los escritores en la sociedad?
R.-:: El problema de los artistas en nuestra época es que el artista siempre ha sido una persona que tiene una posición precaria en la sociedad. Depende al final de las subvenciones, depende de estar en las camarillas indicadas y de no molestar demasiado.
Al final, la mayor parte de nuestros llamados intelectuales son personas camastronas, dóciles, que se alinean con todas las bazofias sistémicas en boga. Este tipo de escritor es una cosa insoportable.
No es que yo pretenda ser rebelde, es que creo que un escritor no puede estar genuflexo ante los paradigmas culturales de su época, sino que tiene que tratar de desactivarlos y dinamitarlos.
El escritor Juan Manuel de Prada en una entrevista para EL ESPAÑOL de Castilla y León en la Casa de las Conchas de Salamanca.
P.-: Hablaba de que estas obras dan voz al pueblo. ¿Ha perdido la literatura contemporánea esa capacidad de conexión real?
R.-: Hoy vivimos en la dictadura del narcisismo.
El escritor ya no mira hacia fuera, hacia las inquietudes de su pueblo, sino que se mira el ombligo constantemente.
Se busca la originalidad impostada y el aplauso de la crítica oficial, olvidando que la literatura debe ser una expresión de la verdad, por muy incómoda que resulte.
Hemos pasado de una literatura que nacía de las entrañas a una literatura de laboratorio, aséptica y domesticada.
Los clásicos que vamos a tratar en el Facyl son todo lo contrario: son obras vivas, gamberras, profundas y profundamente humanas.
P.-: ¿Qué tiene Salamanca, y concretamente la Casa de las Conchas, que lo hace el foro idóneo para este tipo de rebeldía intelectual?
R.-: Salamanca tiene una densidad espiritual que no se encuentra en otros lugares. Estos muros han escuchado discusiones fundamentales durante siglos. Para un escritor, hablar aquí es integrarse en una tradición de pensamiento que te obliga a ser más exigente contigo mismo.
No es un escenario decorativo, es un lugar que te interpela y que te recuerda que la palabra tiene consecuencias. Volver aquí es, para mí, recuperar el pulso de por qué empecé a escribir.