La Bodega Museo Etnográfico de Marcilla cumple cinco años y se incorpora a la red Museos Vivos, mientras el proyecto Marcilla Viva amplía su apuesta por recuperar la memoria rural y atraer visitantes, en la imagen Fernando Estébanez, integrante de la Asociación Marcilla Viva Ical
Una bodega para que un pequeño pueblo de Palencia no olvide sus orígenes
El Museo Etnográfico de Marcilla cumple cinco años y se incorpora a la red Museos Vivos.
Más información: Esta es la mejor bodega de Castilla y León: con raíces en 1903 y hace el único cava de la Comunidad
A veces no nos damos cuenta, pero hay lugares que son mucho más que un espacio físico. Lugares que, además de objetos, guardan historias, recuerdos y una parte de la vida de quienes los habitaron. Eso es, precisamente, lo que ocurre en una vieja bodega excavada en la tierra, en la localidad palentina de Marcilla de Campos.
Desde hace más de cinco años, esa memoria cuenta con un espacio propio. La Bodega Museo Etnográfico, inaugurada el 7 de agosto de 2021, nació durante el confinamiento a partir de la recuperación de un edificio que se encontraba en muy mal estado.
Hoy forma parte del proyecto Marcilla Viva y se ha convertido en un lugar dedicado a conservar y mostrar una parte de la historia y las tradiciones del municipio.
Ahora, cuando cumple cinco años, la iniciativa da un nuevo paso con su incorporación a la red Museos Vivos, un sistema que permite visitar pequeños espacios culturales de Castilla y León de manera autónoma y sin necesidad de que haya una persona atendiendo permanentemente el museo.
Para Fernando Estébanez, integrante de la Asociación Marcilla Viva, la incorporación supone una oportunidad para que el pueblo entre en los itinerarios de quienes buscan conocer el patrimonio y la cultura de los pequeños municipios.
La historia de la bodega comienza, en realidad, mucho antes de su transformación en museo. Marcilla llegó a contar con más de un centenar de bodegas. Estébanez recuerda que en los pueblos de esta zona de Tierra de Campos el viñedo formaba parte de la vida cotidiana y que el vino constituía, junto al pan, un alimento básico.
El Catastro de la Ensenada ya contabilizaba en el siglo XVIII más de cien bodegas en Marcilla y, según los recuentos posteriores que maneja la asociación, llegaron a registrarse hasta 107.
Hoy quedan muchas menos. Las bodegas tradicionales requieren un mantenimiento constante y su construcción en tierra las hace especialmente vulnerables al paso del tiempo. A ello se sumó la pérdida de población.
“La gente se fue marchando del pueblo y las bodegas, lo que era un hoyo, pues se convirtió muchas veces también en la sepultura del tiempo”, explica Estébanez a la agencia Ical.
Durante el confinamiento, mientras buena parte de la población permanecía encerrada en las ciudades, él se encontraba en Marcilla. Con la ayuda de un amigo comenzó a trabajar en uno de esos edificios deteriorados.
Poco a poco, recuperaron la construcción y le dieron una nueva función: convertirse en un pequeño museo dedicado a la bodega y a las formas de vida que habían acompañado durante generaciones a los habitantes de la localidad.
El resultado no pretende limitarse a una sucesión de objetos colocados detrás de una vitrina. La experiencia está concebida para que el visitante participe.
“Es un museo en el que se puede participar con los cinco sentidos”, resume Estébanez. Una de las propuestas consiste en un pequeño juego relacionado con los aromas de la tierra, en el que los visitantes tienen que identificar diferentes líquidos y descubrir de qué están compuestos.
La visita también permite recuperar juegos tradicionales de Castilla y León como la tanguilla, la monterilla, la chana o la pipa, además del tirachinas. El objetivo es que el espacio pueda ser disfrutado por familias y pequeños grupos y que la visita no consista únicamente en observar y marcharse.
La Bodega Museo Etnográfico de Marcilla cumple cinco años y se incorpora a la red Museos Vivos, mientras el proyecto Marcilla Viva amplía su apuesta por recuperar la memoria rural y atraer visitantes Ical
El vino ocupa también un lugar destacado. Marcilla cuenta con varios reconocimientos al mejor vino no comercializable de la provincia y el museo ofrece la posibilidad de conocer y degustar este producto a través de un pequeño dispositivo instalado en el interior de la bodega. Es, en palabras de Estébanez, “una forma de captar la esencia de la tierra a través de las cepas”.
Pero quizá uno de los elementos que mejor resume la filosofía del proyecto sea una colección de unas 300 palabras relacionadas con la agricultura, la ganadería y la elaboración tradicional del vino.
Son términos vinculados a objetos y trabajos que han desaparecido o han cambiado con la modernización del campo. Estébanez las denomina “palabras moribundas”.
Para evitar que ese vocabulario desaparezca sin dejar rastro, las palabras están recogidas en pequeñas tarjetas y el museo propone incluso un juego para poner a prueba los conocimientos de los visitantes.
A través de varios códigos QR se accede a un cuestionario y las respuestas están disponibles en el propio espacio. La intención es que el visitante pueda jugar, aprender y, si consigue completar el test, participar en un sorteo de productos de la zona.
La incorporación a Museos Vivos añade otra posibilidad a esta experiencia. La red agrupa pequeños centros de interés turístico y cultural de Castilla y León y permite acceder a ellos de forma autónoma. El visitante puede registrarse previamente a través de la página de la red, recibir un código y acceder al espacio.
El sistema permite, así, que un museo de las características de la Bodega Museo Etnográfico pueda abrir sus puertas sin depender de un horario convencional ni de la presencia permanente de una persona encargada de atender las visitas.
Estébanez considera que esta fórmula puede resultar especialmente interesante para pequeños municipios. “No dependes de nadie”, señala. El sistema establece una reserva de tiempo para cada visitante y el acceso queda registrado mediante el procedimiento habilitado por la plataforma.
La bodega, además, no constituye una iniciativa aislada. Forma parte de un proyecto más amplio que pretende recuperar distintos espacios y elementos de Marcilla.
La Bodega Museo Etnográfico de Marcilla cumple cinco años y se incorpora a la red Museos Vivos, mientras el proyecto Marcilla Viva amplía su apuesta por recuperar la memoria rural y atraer visitantes, en la imagen Fernando Estébanez, integrante de la Asociación Marcilla Viva Ical
En el entorno se encuentra un antiguo corral ganadero recuperado como representación de la actividad ganadera tradicional, con animales domésticos y referencias a una forma de vida que durante décadas estuvo vinculada a los pueblos de Tierra de Campos.
También se ha creado un recorrido de esculturas simbólicas y didácticas relacionadas con los animales, el trigo y la evolución de la agricultura.
Dos relojes de sol analemáticos forman parte asimismo del conjunto, al igual que la Atalaya de Campos, un mirador inaugurado el pasado verano y construido íntegramente con materiales reciclados.
Desde allí se pone en valor el paisaje de Tierra de Campos y varios paneles informativos ayudan al visitante a identificar aquello que puede contemplar desde el lugar.
A todo ello se suman itinerarios autoguiados por el propio municipio. A través de planos y códigos QR, quienes llegan a Marcilla pueden recorrer sus calles y acceder virtualmente a determinados espacios.
La propuesta permite incluso acercarse mediante el teléfono móvil a edificios a los que no se puede acceder físicamente, con imágenes en tres dimensiones.
El objetivo es que Marcilla no sea únicamente un lugar de paso. “Aquí estamos pensando en ideas nuevas”, apunta Estébanez, que anima a quienes se acerquen a hacerlo sin prisa.
Junto a la bodega existe un parque que permite prolongar la visita y organizar un picnic. El año pasado, además, una agencia de viajes organizó una excursión de una jornada completa.
Los resultados de estos años se han traducido también en una mayor presencia de visitantes. Durante el verano y a lo largo del año llegan pequeños grupos y la bodega ha acogido incluso grabaciones de programas de televisión.
Para un municipio pequeño, cada visita tiene un significado que va más allá del propio espacio museístico.
Una asociación muy viva
Marcilla Viva cuenta actualmente con alrededor de 130 socios. La cuota anual es de diez euros y la mayoría procede del propio pueblo, aunque la asociación reconoce que no todas las opiniones sobre sus iniciativas son coincidentes.
Estébanez admite que, como ocurre en otros municipios, hay personas a las que no les convence la llegada de visitantes o que consideran que algunas de las actuaciones carecen de utilidad.
La asociación, sin embargo, mantiene su planteamiento. “Nuestro objetivo es que el pueblo se mantenga vivo”, explica.
La recuperación del patrimonio se convierte así en una herramienta para transmitir a las generaciones más jóvenes unas formas de vida que ya no conocen y que, sin iniciativas de conservación, corren el riesgo de desaparecer.
El propio Estébanez conoce ese cambio desde dentro. Fue maestro y durante años llevó a sus alumnos a conocer espacios y realidades que, a su juicio, no podían aprenderse únicamente en el aula.
Tras su jubilación, comenzó a desarrollar el proyecto junto a otro jubilado, Carlos, y un grupo de jóvenes. Entre todos crearon la asociación y fueron sumando actuaciones.
La aspiración no se limita a conservar el pasado. En Marcilla Viva también miran hacia el futuro. Estébanez pone como ejemplo que este mismo año dos familias se han instalado en el pueblo, cada una con un niño.
Él y su hermana, además, han heredado una vivienda familiar que están acondicionando con calefacción con la intención de ofrecer la posibilidad de que otra familia pueda vivir allí.
“Hay que ver si hemos tocado fondo y remontamos”, afirma. La frase resume una de las grandes dificultades de los pequeños municipios: conservar la memoria resulta inseparable de conseguir que haya personas que puedan seguir viviendo en ellos.
Por eso, la incorporación de la Bodega Museo Etnográfico a Museos Vivos se entiende dentro de una estrategia más amplia. La red permite conectar Marcilla con otros pequeños espacios culturales y turísticos de la provincia.
Estébanez cita la incorporación este año de otros tres museos palentinos y la posibilidad de que los visitantes diseñen recorridos entre distintos municipios.
En paralelo, Marcilla Viva ha estrenado este verano el “hueverinto”, un juego instalado en la plaza y elaborado con materiales reciclados que la asociación define como único en España. También este año ha puesto en marcha su propia página web, marcillaviva.es, donde concentra información sobre las iniciativas del proyecto.
La Bodega Museo Etnográfico es, en definitiva, una pieza de un puzle mucho mayor. Dentro conserva aperos, palabras, juegos, vino y recuerdos de una sociedad rural que ha cambiado profundamente.
Fuera, el proyecto intenta que ese patrimonio genere nuevas razones para acercarse al municipio.
La asociación no oculta que uno de sus objetivos es que esa llegada de visitantes pueda terminar generando actividad económica. “Sería un objetivo también que esto genere actividad económica”, señala Estébanez.
Y admite que conseguirlo no es sencillo. “A lo mejor es algo utópico, pero si alguien pudiese de alguna forma ganarse la vida con algo que podamos aportar, pues estamos en ello”.
Cinco años después de aquella recuperación iniciada durante el confinamiento, la vieja bodega ya no es únicamente el vestigio de una actividad que desapareció. Es un espacio desde el que Marcilla intenta contar quién fue, mostrar quién es y buscar nuevas formas de seguir teniendo vida.
Porque, en un pueblo donde llegó a haber más de cien bodegas, conservar una de ellas significa también conservar una parte de la historia colectiva. Y estos días, mientras en muchas localidades de la provincia la vendimia vuelve a llenar de actividad viñedos y bodegas, aquella tradición que durante generaciones marcó el ritmo de los pueblos vuelve a hacerse presente.