Los investigadores de la ULE, Sara del Río y Rafael Álvarez.

Los investigadores de la ULE, Sara del Río y Rafael Álvarez. Universidad de León.

León

Investigadores de la ULE hallan la clave para adaptar el cultivo del olivo al cambio climático

El equipo de la ULE identifica patrones microscópicos en la estructura foliar para determinar qué variedades se adaptan mejor a climas costeros o de interior frente al cambio climático.

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¿Es posible saber qué variedad de olivo funcionará mejor en un terreno echando solo un vistazo a sus hojas? Un equipo de científicos de la Universidad de León (ULE) se hizo esa misma pregunta y ha terminado dando con la clave.

Tras examinar minuciosamente con el microscopio cinco variedades gallegas (Brétema, Carapucho, Cobrancosa, Hedreira y Mansa Gallega), los investigadores han descubierto que la propia estructura invisible de la hoja esconde las pistas para saber qué planta encaja mejor en cada tipo de clima.

El trabajo, encabezado por el investigador Rafael Álvarez Nogal y publicado en la prestigiosa revista Frontiers in Plant Science, ha combinado técnicas avanzadas de microscopía para mirar las hojas como nunca se había hecho.

Los científicos no solo midieron su grosor por dentro, sino que escudriñaron su superficie al detalle, prestando atención a los tricomas: unas diminutas estructuras con forma de sombrilla o escudo que protegen a la planta y crean un microclima a su medida.

Gracias a estas miradas de precisión, el equipo logró dividir las distintas variedades en dos grupos anatómicos claramente diferenciados.

Por un lado, las variedades Brétema y Carapucho presentan hojas más gruesas, una cutícula más desarrollada y mayor densidad de tricomas, lo que las orienta hacia zonas con fuerte influencia oceánica, vientos constantes y mayor salinidad.

Por otro lado, Cobrancosa, Hedreira y Mansa Gallega cuentan con una lámina más delgada y menor presencia de tricomas, un perfil idóneo para entornos continentales de interior o emplazados a mayor altitud.

Más allá del caso gallego, este hallazgo desarrollado por el grupo de investigación 'Promueve' de la ULE abre una valiosa vía para la agricultura del futuro.

La metodología se postula como una herramienta pionera para la selección de cultivos ante los retos del cambio climático, permitiendo prever qué variedades responderán mejor al aumento global de temperaturas, a las sequías o a la radiación solar en cualquier territorio.