El actor Guitarricadelafuente en una escena de 'La bola negra'

El actor Guitarricadelafuente en una escena de 'La bola negra' Movistar Plus

Burgos

Los dos pueblos abandonados donde Los Javis rodaron 'La bola negra': el último vecino murió en 1994

En estos dos despoblados arrancó en agosto de 2025 el rodaje del segundo mejor estreno español de la década.

Más información: El pueblo de 2.000 habitantes donde se rodó 'La bola negra' de Los Javis: calles empedradas y vistas a los Picos de Europa

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El silencio de dos aldeas vacías en los Montes de Oca se rompió en agosto de 2025 con el ruido de generadores, el paso de camiones y el eco de una orquesta que no esperaba a nadie.

Allí, en Castil de Carrias y Loranquillo, dos despoblados del municipio de Belorado, en la provincia de Burgos, arrancó el rodaje de 'La bola negra', la película de Javier Ambrossi y Javier Calvo que un año después se convertiría en el segundo mejor estreno español de la década.

Más de 610.000 espectadores y cerca de 4,7 millones de euros en el primer fin de semana nacieron de una historia que duele antes de emocionar. Ese arranque empezó en calles donde el último vecino murió hace más de 30 años, y donde las casas conservan todavía botellas de la taberna, como si alguien fuera a volver por la tarde.

La cinta, inspirada en la obra inacabada de Federico García Lorca del mismo título y en el libro 'La piedra oscura' de Alberto Conejero, entrelaza tres tiempos −1932, 1937 y 2017− alrededor de tres hombres homosexuales cuyas vidas se cruzan con la memoria del poeta y de Rafael Rodríguez Rapún.

El relato se abre precisamente en un pueblo de la Guerra Civil que espera con ilusión la llegada de tropas fascistas italianas. Hay música, hay expectación y, de pronto, el horror de los aviones.

Los Javis necesitaban un escenario que ya estuviera medio derruido para no tener que construir demasiado antes de destruirlo. Burgos les ofreció dos.

El último habitante

Castil de Carrias, también llamado Castrillo, aparece documentado al menos desde el año 1100, cuando su nombre figura en una carta de donación al cabildo de la catedral de Burgos. Durante siglos fue una comunidad rural pequeña pero viva: superó los 240 vecinos a mediados del siglo XIX y todavía contaba 178 empadronados en 1950.

El éxodo se aceleró después. En 1970 quedaban 59. Años más tarde solo resistía uno, Florentino González Sáez, que convirtió al lugar en el municipio menos poblado de España hasta que Belorado lo anexionó. Murió en 1994.

La versión que circula entre quienes conocen la zona es que unos cazadores lo encontraron en la cocina, mientras preparaba la comida. La falta de agua había empujado a casi todos los demás mucho antes.

El pueblo abandonado de Castil de Carrias, en la provincia de Burgos

El pueblo abandonado de Castil de Carrias, en la provincia de Burgos Google Maps

Hoy el pueblo se alza sobre una loma, a unos 10 kilómetros de Belorado y poco más de cincuenta de la capital, rodeado de campos y montes bajos. La iglesia de Santa María resume el abandono: el retablo desapareció, las sepulturas fueron profanadas y el edificio muestra el expolio que siguió al vacío.

En las casas se distinguen todavía la escuela, una taberna con botellas de vidrio en la barra, utensilios de cocina y latas olvidadas en las encimeras. Hay coches oxidados, pintadas y restos de intentos fallidos de volver a habitar las ruinas.

El equipo de localizaciones, encabezado por Clara Salvador, recorrió la provincia buscando exactamente eso: un núcleo parcialmente derruido en el que bastara con añadir lo justo para que las bombas pudieran llevárselo después. Castil de Carrias cumplía.

El 25 de agosto de 2025 las cámaras empezaron a rodar allí las secuencias históricas. Figurantes de pueblos cercanos, vestuario de época y vehículos técnicos llenaron durante días unas calles que llevaban décadas sin tráfico diario.

Otro silencio en la comarca

A pocos kilómetros, Loranquillo comparte destino y ayuntamiento. Pertenece a Belorado desde los años setenta y sus últimos habitantes se marcharon en la década de 1990.

No conserva la fama del vecino solitario ni la iglesia saqueada que atrae a los curiosos, pero ofrece el mismo paisaje de construcciones agrícolas detenidas y calles sin nombre propio en los mapas turísticos.

El pueblo abandonado de Loranquillo, en la provincia de Burgos

El pueblo abandonado de Loranquillo, en la provincia de Burgos Google Maps

Ambos despoblados forman parte de una ruta de senderismo de unos 22 kilómetros que también pasa por Quintanilla y que en otoño gana visitantes entre quienes buscan pueblos vacíos. Durante el rodaje los dos núcleos se cerraron con el apoyo del Ayuntamiento de Belorado, la Diputación y Turismo de Burgos.

La comarca se volcó: no solo cedió espacio, sino que aportó logística y figuración. La Burgos Film Commission resumió después que detrás de aquellas semanas había territorio, gente e implicación real.

La elección no fue casual ni meramente estética. Los directores buscaban un decorado que el estudio no pudiera fabricar con la misma verdad: el polvo acumulado, la hierba entre las losas, la sensación de que la vida se interrumpió a media frase. En Castil de Carrias y Loranquillo esa interrupción ya había ocurrido.

El rodaje les devolvió, durante unas semanas, el movimiento que habían perdido. Cámaras, carpas, técnicos y extras convirtieron el silencio habitual en un set. Cuando el equipo se fue, las ruinas volvieron a quedar solas, pero ya no eran anónimas.

Cuando el abandono es memoria

La película usa ese paisaje como punto de partida de una historia que habla de deseo, de libertad y de lo que la violencia borra. El pueblo que espera a la orquesta y recibe en su lugar el bombardeo no es un decorado genérico de guerra: es un lugar concreto cuya propia despoblación reciente dialoga con la que la ficción recrea.

Los Javis han contado que querían rodar una película de guerra con la ambición técnica de las grandes producciones, pero centrada en un soldado homosexual. El presupuesto, en torno a los 15 millones de euros, se estiró gracias a localizaciones reales en lugar de efectos digitales masivos.

Fotograma de 'La bola negra'

Fotograma de 'La bola negra' Carla Oset Movistar Plus

Castil de Carrias permitió filmar la destrucción sobre piedras que ya estaban heridas. Loranquillo aportó el mismo aire de interrupción.

Juntos abrieron un relato que después viaja a Granada −la Huerta de San Vicente, el Albaicín, la sierra− y a otros puntos de Cantabria, pero que necesita ese primer golpe de realidad rural para que el espectador entienda de qué memoria se habla.

El éxito comercial posterior −liderazgo de cartelera, media de casi doce mil euros por sala y la condición de candidata española a los Oscar− ha devuelto a estos dos nombres a las conversaciones.

Quienes llegan ahora encuentran las mismas ruinas, con la advertencia de no entrar en edificios inestables. Agricultores y descendientes siguen vinculados a las fincas. El último habitante de Castil de Carrias ya no está, pero la cocina donde lo encontraron forma parte de la leyenda local que el cine ha amplificado sin inventarla.

Loranquillo, menos fotografiado, permanece como el complemento silencioso: otro pueblo que se vació en los mismos años y que sirvió para que la ficción pudiera empezar donde la vida real había terminado.

En la pantalla, el pueblo espera. Fuera de ella, Castil de Carrias y Loranquillo siguen esperando también, aunque ya no a las tropas ni a la orquesta, sino a quienes quieran ver de cerca el lugar exacto en el que una película sobre la memoria decidió que el olvido tenía dirección y código postal.