Una actuación de la Orquesta Kronos.
Kronos, la música que hace bailar a la frontera
Este octubre, Sendim tiene en Kronos una invitación a celebrar la música, la convivencia y el orgullo de mantener vivas sus tradiciones.
Hay pueblos, en este caso freguesías, que llevan la fiesta escrita en la memoria. Basta con que llegue octubre, que las primeras sombras del otoño se alarguen sobre los caminos de las Tierras de Miranda y que alguien anuncie una nueva edición de los Grazes para que Sendim comience a prepararse para uno de esos encuentros en los que la tradición se da la mano con las ganas de vivir, como gusta decir al amigo Mário Correia que, por cierto, vive en Sendim en esa casa-museo y archivo histórico trasmontano, Casa da Música Sons da Terra, es decir, un santuario de la memoria.
La Feira dos Grazes es mucho más que una sucesión de puestos, mercancías y compradores. Es el eco de una cultura campesina que aprendió a convertir el intercambio en convivencia, el mercado en punto de encuentro y las calles en un escenario donde la vida parece recuperar, durante unos días, su antigua manera de celebrarse.
Dicen que antaño, ese mercado era de burros, el asno mirandés, peludo y dócil.
En la Tierra de Miranda, las ferias no son únicamente una cuestión de calendario. Son parte de una identidad que se resiste a desaparecer entre las prisas de un mundo que cada vez deja menos tiempo para encontrarse.
Y este año, entre los argumentos que invitan a cruzar la frontera, hay uno que suena con fuerza propia: la Orquesta Kronos, de Salamanca, quizás la más longeva de la verbena charra y, hoy en día, también la del más joven elenco de artistas.
Si bien se mezclan la veteranía, la honradez y la profesionalidad de Juli, con la juventud, el arrojo, el saber estar en el escenario y la simpatía de Adrián.
Este 23 de octubre, cuando la tarde comience a despedirse y la noche extienda su manto sobre Sendim, y una vez inaugurados oficialmente los Grazes, la música tomará el relevo de las conversaciones, de las compras y de los paseos entre los puestos. Kronos será la encargada de poner ritmo a la primera gran noche de la feria.
Y uno imagina ese instante en el que las primeras notas a ritmo latino empiezan a abrirse paso entre la gente, los cuerpos abandonan la quietud y las preocupaciones cotidianas quedan, siquiera por unas horas, al otro lado de la puerta.
Porque una orquesta es mucho más que un escenario iluminado. Es una invitación a olvidar el reloj, a recuperar canciones que parecían dormidas, a descubrir que todavía existen lugares donde bailar no necesita otra explicación que las ganas de hacerlo.
En una época en la que buena parte del entretenimiento se consume en soledad, detrás de una pantalla, la música en directo conserva esa extraordinaria capacidad de reunir a desconocidos alrededor de una emoción y una canción compartida.
Quizá ahí resida una parte de la importancia de formaciones como Kronos en las fiestas populares. No se trata solamente de llenar una plaza o animar una noche.
Se trata de mantener vivo un espacio común, de ofrecer a distintas generaciones una razón para salir de casa y de demostrar que los pueblos también pueden ser escenarios de cultura, espectáculo y alegría colectiva.
En Sendim, además, la música tiene un significado especial. Estamos en una tierra donde las fronteras políticas nunca han conseguido borrar del todo las afinidades humanas. La Raya separa países, pero no necesariamente sentimientos.
A uno y otro lado del Duero hay pueblos que comparten recuerdos, mercados, celebraciones y una forma de entender la vida en la que la hospitalidad todavía conserva su valor.
Por eso, cuando una orquesta convierte una noche de feria en una celebración compartida, el escenario deja de pertenecer exclusivamente a un pueblo.
También pertenece a quienes llegan desde Miranda do Douro, desde Fermoselle, desde Villarino, desde Mogadouro o desde las aldeas del nordeste transmontano y desde las comarcas españolas que miran hacia Portugal como quien contempla la otra orilla de una misma casa.
Futuro de las tradiciones rurales
Los Grazes también hablan de otra realidad que merece atención: la necesidad de que las tradiciones rurales sigan teniendo futuro. Los pueblos no pueden vivir solamente de la nostalgia ni convertirse en decorados para quienes los visitan de vez en cuando.
Necesitan actividad, comercio, cultura y acontecimientos capaces de atraer gente, sostener negocios y recordar que la vida en el medio rural no tiene por qué estar reñida con la modernidad.
Una feria que conserva sus raíces y, al mismo tiempo, abre sus puertas a nuevas formas de espectáculo, demuestra que la tradición no es una pieza inmóvil guardada en una vitrina. Es algo que se transforma sin renunciar a lo que la hace reconocible.
La memoria de los mercados antiguos puede convivir perfectamente con un escenario, una gran formación musical y una multitud dispuesta a disfrutar de la noche.
Y cuando las luces se enciendan este viernes, cuando Kronos empiece a desgranar su repertorio y Sendim se abandone al ritmo de la fiesta, tal vez nadie piense en todas estas cosas.
Cantantes de la Orquesta Kronos.
Seguramente habrá quien acuda por la orquesta, quien aproveche para encontrarse con los amigos y quien simplemente quiera pasar una buena noche. No hace falta pedirle a una fiesta que explique el mundo. A veces basta con que nos reconcilie un poco con él.
Después llegarán el sábado, el domingo, los puestos, las conversaciones, las despedidas y el regreso a casa. La feria irá apagándose lentamente, como se apagan todas las celebraciones.
Pero quedará algo que no figura en ningún programa: el recuerdo de una noche compartida, la canción que alguien seguirá tarareando al día siguiente y la certeza de que todavía hay lugares capaces de convocarnos alrededor de las cosas sencillas.
Porque hay fronteras que se cruzan con un documento y otras que se cruzan con el corazón. La de Sendim pertenece a estas últimas.
Y este octubre, con la Orquesta Kronos poniendo música a la noche inaugural de los Grazes, la Raya volverá a demostrar que, cuando empieza a sonar la fiesta, las distancias se acortan, los pueblos se acercan y la vida encuentra siempre una buena razón para bailar.
A veces, para unir dos orillas, no hace falta construir un puente. Basta con que empiece a sonar una orquesta, ¡ay!