Cabina con papeletas en un colegio electoral de Valladolid.

Cabina con papeletas en un colegio electoral de Valladolid. Archivo

Opinión

Habla, pueblo, habla

"En las elecciones del 29 de noviembre no nos jugamos solo un gobierno, sino el tono con el que seguiremos conviviendo"

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En abril de 1931 unas elecciones municipales que ganaron las fuerzas políticas monárquicas, con la excepción de algunas capitales, provocaron la caída de la monarquía de la Restauración y la proclamación de la II República. En 2026, algo de no tan jugosa enjundia histórica como aquellos comicios locales -un común litigio arrendaticio que condujo al desahucio de su vivienda de una respetable anciana por nombre Maricarmen Abascal- ha finiquitado al gobierno de Pedro Sánchez y sus coaligados. La narrativa de la izquierda a la izquierda del socialismo ha triunfado, presentada Maricarmen como una ancianita aparentemente encantadora como la “Abuelita Paz” de las historietas de Vázquez. Maricarmen no pagó la hipoteca que suscribió – al contrario que millones de españolitos de a pie- y cantaba de vez en cuando, pero no en la ducha sino en el bingo.

La historia de España se acompaña en nuestra memoria colectiva por las canciones, como el canto épico a Maricarmen, cacareado en la acampada de la Puerta del Sol. Hubo un tiempo en que a los españoles les bastó una canción para sacudirse el miedo. En diciembre de 1976, cuando había que votar la Ley para la Reforma Política, el grupo “Vino Tinto” puso banda sonora a la campaña con «Habla, pueblo, habla», un pregón sencillo, casi ingenuo, que invitaba a la ciudadanía a algo que llevaban cuatro décadas sin practicar: decidir. Hoy nos convocan de nuevo a las urnas, el 29 de noviembre, y la música ha cambiado. Hay más estruendo y menos armonía, y quien la dirige no admite coros.

Conviene recordar los mimbres de la Transición española de 1978. Suárez, Carrillo, Fraga, González, Tierno Galván, Pujol o Roca no se profesaban amor. Se respetaban, que es mucho más útil. Torcuato Fernández-Miranda, gran cabeza pensante del cambio, urdió una fórmula de orfebre, “de la ley a la ley”, para conducir a España desde el régimen franquista a un sistema de libertades. Casi todos entendieron que una democracia se construye cediendo, no venciendo. La Constitución de 1978 fue obra común de grandes españoles que renunciaron a parte de su “verdad”, para que cupiéramos todos.

Aquello era “sentido de Estado”, muy lejos de lo visto en los últimos años. El Gobierno de coalición ha tratado a la Constitución como a esos manuales de instrucciones que se guardan en un cajón y nunca se leen. Lo ensayado es un cambio de régimen por goteo. Ha sido un proyecto caudillista de Pedro Sánchez, que ha arrastrado consigo al PSOE que fue también un pilar de la concordia y hoy ha olvidado su genealogía. El socialismo español se ha “podemizado”: ha dado por amortizado el régimen del 78 y ha emprendido una peligrosa deriva “largocaballerista”.

El PSOE ha tratado de colonizar las instituciones garantes de la democracia, que es lo que ocurre cuando se confunde el Estado con un piso propio, como pensaba Maricarmen de la vivienda que le alojaba. La Fiscalía General del Estado y el Tribunal Constitucional, llamados a ser árbitros, han acabado luciendo la camiseta del equipo. Cuando el garante de la ley parece un departamento más del Gobierno, la separación de poderes pasa de principio constitucional a pieza de museo. Montesquieu llora.

La Corona tampoco ha salido indemne. Se ha buscado minimizar su papel, con el propósito evidente de empujar a España, a corto plazo, hacia la república. La monarquía parlamentaria – refrendada en la Constitución de 1978 votada por los españoles- fue la clave de bóveda que dio techo a la reconciliación.

España necesita “reconstruir” el régimen de 1978, el que más libertad, democracia y paz nos ha regalado en toda nuestra larga historia como nación. No hay que inventar la pólvora, solo volver a la senda constitucional de 1978 que el gobierno de Sánchez desea enviar al baúl. “Reconstruir el Estado” es devolver a las instituciones su independencia, a la Corona su papel moderador, al Parlamento su dignidad y a la política y vida ciudadana su urbanidad. Es entender que la moderación no es tibieza, sino la forma más exigente de coraje, y que la libertad se defiende mejor con pactos que con trincheras. “Gobernar es pactar; pactar no es ceder” escribió el sociólogo francés Gustave Le Bon.

En las elecciones del veintinueve de noviembre no nos jugamos solo un gobierno, sino el tono con el que seguiremos conviviendo. Se puede discrepar con firmeza sin odiar con entusiasmo. La crispación, esa industria floreciente, solo prospera donde escasea la memoria como nación.

La convocatoria electoral demanda un ejercicio de serenidad y sosiego colectivos. La democracia no se salva gritando, a ver quién se desgañita más, sino votando. Con el voto en una mano y la otra tendida. Volvamos a la senda constitucional y aparquemos los odios tribales. Somos España, una de las grandes naciones del mundo sin la cual no se entendería la civilización occidental.

Habla, pueblo, habla. Y que te oigan como en aquella canción de Jarcha: “Libertad, libertad, sin ira”.