Procesión del Martes Santo en Salamanca con el Cristo de la Luz y la Virgen de la Sabiduría

Procesión del Martes Santo en Salamanca con el Cristo de la Luz y la Virgen de la Sabiduría L. Falcao

Opinión

La Semana Santa que no pasa por mi puerta

"Yo no voy a procesiones. Nunca supe bien dónde colocarme en ellas, ni qué hacer con las manos cuando todos parecen saberlo"

Publicada

En mi pueblo, la Semana Santa no hace ruido al llegar. No hay cornetas ni filas de capirotes cruzando la tarde. Aparece de otra forma, casi sin darse cuenta uno, más callada incluso que ese silencio del que tanto se habla en las procesiones.

Supongo que es porque aquí lo que antes hubo, ya no está. Se nota en los detalles más simples. En la vecina que barre la entrada como si esperara el paso de Cristo y su Madre. En el panadero, que parece tomarse su tiempo con la masa.

En ese olor a leña húmeda y a tierra recién removida del huerto de al lado. Aquí estos días se viven más en el bar o en una terraza, sentados alrededor de una mesa, dejando que la conversación se alargue sin mirar el reloj.

Yo no voy a procesiones. Y ahora menos, que me pillan lejos. Nunca terminé de encajar en ellas, ni de saber qué hacer mientras todos parecían tenerlo claro. Alguna vez hice fotos en Salamanca, Toro o Zamora, en noches de frío, pero poco más. Siempre me quedo a un lado, mirando sin meterme. Y aun así, de alguna manera, también me llega.

El viernes por la mañana, por ejemplo, se nota raro. No tanto por lo que pasa, sino por lo que no pasa. A veces se nota más lo que se para que lo que sigue. El tractor del vecino tarda en arrancar, como si le costara.

Los perros no ladran tanto. Los gatos van a su aire por la plaza. Hasta el viento parece más suave entre los almendros en flor. En la tele hablan de pasos y de gente en ciudades que ya siento lejos.

Aquí no hace falta hacer silencio: ya está.

A veces salgo a caminar por el camino del río, donde el campo manda. Desde allí, el pueblo parece quieto, con los tejados en orden y la iglesia en medio, más como punto de referencia que otra cosa.

No siento la llamada de las campanas con el balcón entreabierto dejando pasar el fresco de la mañana, pero sí percibo el peso del tiempo, esa forma de quedarse suspendido que tienen ciertos días.Hay una especie de respeto que no tiene que ver con la fe, sino con la costumbre.

No pongo música alta, no porque alguien lo diga, sino porque no apetece. Es como si todos, sin hablarlo, bajáramos un poco la voz. Ya llegará el lunes para el ruido, el de Aguas, el del Hornazo, el del Teso.

Por la tarde, la luz va cayendo despacio y deja los campos de un color dorado apagado. Pienso en las procesiones de otros sitios, en la gente que carga, en lo que cada uno busca ahí.

Yo encuentro algo más sencillo: mirar cómo cambia la luz, ver volar las rapaces en las laderas del Duero, escuchar las ramas al pisarlas camino del río, notar que el tiempo no corre, que va más despacio.

Aquí no hay incienso, pero sí olor a limpio, a tomillo y orégano silvestre.

No hay tambores, pero sí una puerta que golpea con el aire. No hay pasos, pero hay caminos. Y en ellos también está la historia del pueblo, sin necesidad de salir en procesión.Y cuando todo pasa —porque hasta lo que no vives también pasa—, el pueblo vuelve poco a poco a lo de siempre. Las voces suben, los tractores arrancan sin dudar y el viento vuelve a ser el de siempre.

Yo sigo en Las Lastras, sin haber ido a ninguna procesión, pero con la sensación de que algo se ha movido por dentro.A lo mejor la Semana Santa es eso, incluso para los que la vemos desde fuera: un cambio en la luz, una pausa que se cuela en los días sin avisar.

Aquí también pasa. De otra forma, sí, pero pasa. Y deja algo pequeño, casi invisible, que se queda, el silencio, ¡ay!