El candidato del PP a la Presidencia de la Junta de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco, celebra la victoria electoral en Salamanca ICAL
Mañueco dice 'Sí, se puede'
Éste es probablemente el mejor resultado personal de Mañueco desde que decidió emanciparse de la tutela de las circunstancias y hacer de la prudencia una forma de supervivencia.
Alfonso Fernández Mañueco compareció esta noche con una victoria de esas que, sin ser rotundas en lo aritmético, sí lo son en lo político.
Ha ganado las elecciones en Castilla y León con 33 procuradores y un 35,46% de los votos, dos escaños más que en 2022, mientras Vox se queda en 14 y el PSOE sube hasta 30 pero sin la menor posibilidad de gobernar.
Es decir: el presidente no alcanza la mayoría absoluta, pero sale reforzado; no se libra de Vox, pero lo contiene; no aplasta al PSOE, pero lo condena otra vez a la impotencia.
Y en política, en los tiempos que corren, contener ya es vencer.
Durante semanas, la gran incógnita no era si el PP volvería a ganar Castilla y León, sino cuánto crecería Vox y hasta qué punto podría presentarse ante Mañueco como fuerza ascendente, exigente y temible.
Pues bien, no ha ocurrido. Carlos Pollán mejora lo justo, un procurador, y se queda lejos de ese listón psicológico del 20% con el que algunos soñaban para ir luego a la mesa de negociación con el cuchillo entre los dientes.
Tendrá la llave, sí. Pero no tendrá la fuerza moral del vencedor ni la musculatura política del que puede presumir de haber dado un vuelco al tablero.
Eso, traducido del politólogo al castellano viejo significa que Mañueco podrá sentarse a hablar con Vox desde una posición bastante más cómoda de la que muchos pronosticaban. No es poca cosa.
Porque estas elecciones iban también de medir si el presidente llegaba domesticado a la noche electoral o si, por el contrario, conseguía plantarse con la autoridad suficiente para recordarle a su antiguo socio que una cosa es necesitar sus votos y otra muy distinta entregarle el alma de la Junta.
Y lo ha conseguido.
Mañueco dice ahora “Sí, se puede”, como en su día dijeron los revolucionarios de Podemos.
Sí se puede ganar después de años de desgaste institucional.
Sí se puede resistir tras una legislatura bronca, sin presupuestos y con la sombra constante de la dependencia parlamentaria.
Sí se puede marcar distancias con Vox sin que esa estrategia se traduzca en una fuga masiva de votos por la derecha.
Y ojo, que puede marcar un punto de inflexión en la onda expansiva de Vox.
Y, sobre todo, sí se puede llegar más fuerte al día después sin haber necesitado el dramatismo impostado ni el aventurerismo táctico que tanto gusta a otros.
Porque conviene subrayarlo: éste es probablemente el mejor resultado personal de Mañueco desde que decidió emanciparse de la tutela de las circunstancias y hacer de la prudencia una forma de supervivencia.
Frente a quienes le caricaturizan como un dirigente plano, ha vuelto a demostrar una habilidad fundamental: sabe esperar, sabe aguantar y sabe elegir el momento.
En política autonómica, donde tantos se precipitan al primer rumor de encuesta, esa aparente falta de épica suele confundirse con debilidad. Y no. A veces es simplemente oficio.
Enfrente, el PSOE podrá consolarse con que evitó el hundimiento. Ha subido dos escaños y mejora respecto a 2022. Bien. Pero hasta ahí llega la celebración.
Porque en una comunidad donde el PP vuelve a ganar con claridad y donde la suma de la derecha mantiene una mayoría absoluta holgada, el ascenso socialista tiene algo de premio de consolación.
Sirve para que Carlos Martínez no estrene liderazgo con cara de funeral, pero no para discutir el poder, ni para alterar el signo político de Castilla y León, ni para convertir una buena noche en una noche decisiva.
La paradoja del PSOE es tremenda: mejora y, sin embargo, confirma su irrelevancia. Sube, pero no manda.
Resiste, pero no cuenta. Saca pecho, pero no mete miedo. Y eso en política, donde la utilidad es casi tan importante como el resultado, se parece mucho a perder con mejores modales.
Tampoco las fuerzas provinciales han encontrado la ola que algunos intuían. UPL sigue donde estaba, a pesar de que se aventuraba un subidón; Soria ¡Ya! se desinfla de manera severa, en parte por culpa de que Martínez es el rey de Soria desde hace casi dos décadas. Por Ávila aguanta en un meritorio procurador.
El mapa, en definitiva, se ordena de nuevo alrededor del eje clásico de Castilla y León: el PP como partido central del poder, el PSOE como alternativa sin alternativa y Vox como socio incómodo pero imprescindible.
Ésa es la fotografía real de la noche. Y conviene no adulterarla con relatos prefabricados.
No ha habido plebiscito contra Mañueco. No ha habido ola soberbia de Vox. No ha habido resurrección socialista. Lo que ha habido es una ratificación bastante nítida de quién sigue teniendo el mando político y electoral en esta comunidad, y de la ciudadanía empieza a cansarse del bloqueo y el chantaje. En definitiva, un revival del bipartidismo.
Castilla y León, una vez más, ha votado continuidad y estabilidad, aunque no autonomía plena; y experiencia, aunque sea a costa de volver a pasar por la ventanilla de Vox.
La legislatura que viene, si nada se tuerce, obligará al PP a manejar esa contradicción: gobernar más fuerte, pero no solo; ganar con claridad, pero no con libertad absoluta.
Sin embargo, hay derrotas que se maquillan de resistencia y victorias que, aunque incompletas, saben a refrendo. La de esta noche pertenece a esta segunda categoría.
Mañueco no ha logrado todo lo que quería. Pero ha logrado casi todo lo que necesitaba.
Y en los tiempos que corren, para un presidente autonómico que lleva años gobernando sobre brasas, eso equivale a una declaración de poder.