Abascal y el candidato a la Presidencia de la Junta, Carlos Pollán, participan en un acto preelectoral en Segovia

Abascal y el candidato a la Presidencia de la Junta, Carlos Pollán, participan en un acto preelectoral en Segovia Nacho Valverde / ICAL

Opinión

Vox: un factor de inestabilidad en Castilla y León

"Vox se presenta como un actor con capacidad de condicionar el resultado final y, potencialmente, de generar un escenario político más tenso y polarizado"

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Las elecciones autonómicas del 15 de marzo en Castilla y León no solo decidirán la composición de las Cortes regionales, sino también el grado de estabilidad institucional de la comunidad en los próximos cuatro años. En ese tablero, Vox se presenta como un actor con capacidad de condicionar el resultado final y, potencialmente, de generar un escenario político más tenso y polarizado.

El primer riesgo evidente es el de la gobernabilidad en un más que seguro pacto con el PP de Alfonso Fernández Mañueco. En un Parlamento de 82 escaños, donde la mayoría absoluta se sitúa en 42 procuradores, la fragmentación puede obligar a pactos más que complejos, más bien tensos.

Si Vox obtiene una representación determinante, que prevén todas las encuestas, como la reciente del CIS que oscilaba en una horquilla que subía hasta los 19 procuradores, su apoyo podría convertirse en imprescindible para la formación de gobierno en el bloque de la derecha.

Ese poder de influencia no es neutro: implicaría asumir exigencias programáticas que pueden alejar al Ejecutivo de posiciones más centradas y abrir fricciones tanto dentro del propio gobierno como con amplios sectores sociales.

Tal como aconteció en la coalición de gobierno que se prolongó desde abril de 2022 hasta julio de 2024, es decir, unos dos años y tres meses. La ruptura del Gobierno de coalición entre el PP y Vox en julio de 2024 tuvo un impacto político que todavía se deja sentir en Castilla y León.

La salida de Vox

Desde el punto de vista electoral, la salida de Vox del Ejecutivo generó una doble lectura entre el electorado.

Por un lado, una parte de sus votantes interpretó la decisión como una reafirmación ideológica, coherente con la línea marcada por la dirección nacional del partido, donde manda con mano de hierro Santiago Abascal, ello contra el parecer del que era vicepresidente Juan García-Gallardo, que también fue apartado.

Para la dirección nacional y el actual candidato, el leonés Carlos Pollán -el que baila al son del insulto más soez- abandonar el gobierno evitaba asumir concesiones y reforzaba su perfil de oposición firme, pero él no dimitió como presidente de las Cortes Regionales.

Sin embargo, otro segmento del electorado percibió la ruptura como un factor de inestabilidad. La salida abrupta de Vox del Ejecutivo, en un momento de gestión ordinaria y sin una crisis autonómica evidente, trasladó la sensación de que los equilibrios políticos podían romperse por dinámicas ajenas a la realidad regional.

Esa percepción afectó especialmente a votantes moderados del centroderecha, más preocupados por la estabilidad institucional que por el pulso ideológico.

Para el PP, la situación supuso tanto un riesgo como una oportunidad. Gobernar en solitario permitió al presidente Fernández Mañueco proyectar una imagen de autonomía y moderación, pero también obligó a negociar cada iniciativa parlamentaria, evidenciando la dificultad de gestionar en minoría.

La legislatura pasó a depender de acuerdos puntuales, aumentando la exposición política en cada votación relevante.

De cara a las elecciones del 15 de marzo de 2026, aquella ruptura actúa como antecedente directo. Para algunos ciudadanos, es un recordatorio de la fragilidad de las coaliciones; para otros, una prueba de que los pactos pueden ser reversibles.

En cualquier caso, el episodio ha reconfigurado el debate electoral: más allá de los programas, la pregunta que planea sobre la campaña es qué fórmula garantizará mayor estabilidad en la próxima legislatura.

Tensiones futuras

El segundo elemento de preocupación es la orientación política. Vox ha defendido propuestas de recentralización competencial, cuestionamiento de determinadas políticas medioambientales y revisión de consensos en igualdad o memoria democrática.

En una comunidad con fuerte dependencia de fondos europeos, un sector agroganadero sensible a la normativa ambiental y una estructura institucional consolidada, la aplicación de medidas abruptas podría generar conflictos administrativos, pérdida de apoyos institucionales o tensiones con el Gobierno central y la Unión Europea. Algo que ya se vivió en ese gobierno PP-Vox.

También existe el factor de la confrontación permanente. La estrategia política de Vox ha estado basada en buena medida en un discurso de choque y diferenciación constante.

Trasladar esa lógica al ámbito autonómico puede dificultar la negociación presupuestaria, bloquear iniciativas legislativas y erosionar la cultura de consenso que, con altibajos, ha caracterizado históricamente la política castellano y leonesa. Un Parlamento más crispado no solo ralentiza la acción de gobierno, sino que transmite incertidumbre a ciudadanos y empresas.

Desde el punto de vista económico, la estabilidad es un activo clave. Castilla y León afronta retos estructurales como la despoblación, el envejecimiento demográfico y la transformación industrial.

Estos desafíos requieren planificación a medio y largo plazo, acuerdos amplios y seguridad jurídica. Cualquier deriva hacia la inestabilidad o el conflicto institucional podría frenar inversiones, retrasar proyectos estratégicos o debilitar la posición de la comunidad en la captación de recursos externos.

Por último, el impacto simbólico tampoco es menor. Un avance significativo de Vox reforzaría su narrativa nacional y convertiría a Castilla y León en escaparate político.

Esa dimensión puede situar a la comunidad en el centro de debates ideológicos que trascienden sus problemas reales, desplazando la atención de cuestiones prioritarias como el empleo, los servicios públicos o la cohesión territorial.

El 15 de marzo no solo se decidirá qué partido obtiene más escaños, sino qué clima político se instala en la comunidad. En ese contexto, la influencia de Vox puede convertirse en un elemento determinante.

La cuestión que muchos electores se plantean no es únicamente cuánto crecerá la formación, sino qué coste institucional y social podría tener ese crecimiento en la próxima legislatura.

Se mire como se mire, este crecimiento y dependencia de Vox es un serio problema para el futuro, a corto y medio plazo, de esta tierra, que no debe ser ajeno a los electores, ¡ay!