El presidente de Vox, Santiago Abascal, en el municipio segoviano de El Espinar, este miércoles ICAL
Abascal le hace la campaña a Mañueco
Abascal parece haberse endiosado: o culmina su liderazgo absoluto sobre Vox o corre el riesgo de repetir el destino de Rivera en Ciudadanos o Iglesias en Podemos, cuando el partido acaba siendo la biografía de uno solo… y se evapora con él.
La campaña del 15-M en Castilla y León ha arrancado con un inesperado regalo para Alfonso Fernández Mañueco: Santiago Abascal. Mientras el PP intenta vestir la contienda con el traje de la “gestión” y las “certezas”, Vox se presenta con el uniforme de siempre: el de la bronca interna.
La expulsión de Ortega Smith y el incendio de Murcia, con la dirección regional dimitida en bloque para forzar la caída de Antelo, son el síntoma de un partido que ha cambiado el debate por la purga, la organización por el miedo y la política por el ajuste de cuentas.
Con ese panorama, Abascal parece haberse endiosado: o culmina su liderazgo absoluto sobre Vox o corre el riesgo de repetir el destino de Rivera en Ciudadanos o Iglesias en Podemos, cuando el partido acaba siendo la biografía de uno solo… y se evapora con él.
Esa disyuntiva promete jugar un papel importante en Castilla y León. En unas autonómicas, donde el votante quiere médico, carretera y servicios que funcionen, el espectáculo interno termina por pasar factura.
Más aún cuando Vox carga con una decisión que en Castilla y León se recuerda sin dificultad: en julio de 2024 abandonó los gobiernos autonómicos, dejando colgado al electorado que le dio poder y obligando al PP a afrontar en solitario el final de la legislatura.
Además, la memoria de aquel gobierno puede jugar en su contra, ya que dejó un balance discutible en las consejerías que gestionó.
En Empleo predominó la ideología y la bronca con sindicatos y patronal, el “comegambas” como programa y cero resultados que exhibir con orgullo.
Y en Agricultura, el coqueteo con el negacionismo sanitario y la agitación contra los controles veterinarios alimentó tensiones que acabaron en Salamanca con disturbios, asaltos y condenas posteriores a los pobres ganaderos a los que soliviantó. El campo, que puede tolerar el enfado, no perdona el caos cuando jugamos con las cosas de comer.
A esa mochila se suma ahora el factor más explosivo: el exvicepresidente García-Gallardo amagando con dinamitar la campaña desde el conocimiento que le da haber estado dentro, con acusaciones graves, no tan veladas, sobre guerra sucia, corrupción y un “liderazgo del miedo”, y la promesa de que "a todo cerdo le llega su San Martín".
Cuando quien fue tu cara institucional y tu candidato te retrata así, el mensaje que llega al votante es desconfianza y descomposición.
Frente a ese cuadro, Mañueco solo necesita insistir en lo que ya está vendiendo: estabilidad, promesas cumplidas, gobierno para todos y mejora de los servicios públicos. Las “certezas”, y las nueces tan comentadas, frente al ruido.
Además, tras las elecciones de Extremadura y Aragón el elector empieza a interiorizar que dar más fuerza a Vox no siempre significa “más gobierno”, sino a menudo más bloqueo, más chantaje y más callejón sin salida, como se está viendo en las autonomías donde la relación PP-Vox convierte la gobernabilidad en un pulso permanente.
Así las cosas, se está viendo que Mañueco, no sin una buena dosis de suerte, hizo bien en agotar la legislatura y convocar el 15 de marzo, justo después de esas citas de Extremadura y Aragón: para medir las fuerzas reales de Vox, darle tiempo a que se retrate y, sobre todo, a que desvele sus intenciones sin caretas en mitad de la precampaña. Porque cuando Vox habla de estabilidad, conviene mirar lo que hace cuando tiene la llave.
Por eso Abascal, sin quererlo, le está dando oxígeno a Mañueco. Con cada crisis interna, cada purga y cada amenaza desde su propia trinchera empuja a muchos votantes a la conclusión más sencilla de todas: si quieres que la Junta funcione, mejor no entregarle la llave a quien ya demostró que puede marcharse dando un portazo.