El secretario general del PSCyL y candidato a la Presidencia de la Junta, Carlos Martínez, interviene en el acto de presentación de la candidatura del PSOE a las Cortes de Castilla y León. ICAL
Carlos Martínez y el naufragio estratégico del PSOE en Castilla y León
A estas alturas, lo que le queda a Carlos Martínez no es solo rebatir las líneas de ataque del PP, sino justificar por qué su partido —ese mismo que ha prometido “federalismo fiscal” negociado con ERC— puede ser la mejor opción para defender una comunidad envejecida, con retos demográficos extremos y con expectativas de igualdad frente al resto de España.
Si había un reto complicado en la precampaña de las elecciones autonómicas de marzo en Castilla y León, era el de Carlos Martínez. Lo que pocos imaginaban es que el propio PSOE acabaría dejando a su candidato a los pies de los caballos a las puertas de la convocatoria electoral.
Martínez, alcalde de Soria desde 2007, fue nombrado candidato a la Junta con el respaldo explícito de Pedro Sánchez tras la convulsa salida de Luis Tudanca. Una apuesta que, sobre el papel, parecía una jugada para movilizar al electorado socialista en una comunidad donde el PSOE lleva décadas intentando desbancar al PP.
Pero la realidad de las últimas semanas pinta un escenario completamente distinto: un líder superficialmente conocido fuera de su provincia, descolocado ante debates clave y atrapado en crisis que no logra gestionar con eficacia.
El primer tropiezo sonoro —literalmente— lo marcó en León. Allí, en un acto público junto al presidente del Gobierno, se vio obligado a pedir disculpas por un comentario torpe que, a ojos de una parte importante de la sociedad leonesa, olía a menosprecio a su identidad regional.
Un error que no solo tensó las relaciones internas con formaciones como la Unión del Pueblo Leonés, sino que también proporcionó munición al PP y a otras fuerzas políticas para retratar al PSOE como incapaz de conectar con sensibilidades territoriales esenciales en una comunidad tan diversa.
Por si esto fuera poco, su partido a nivel nacional —el mismo que le impulsó como candidato— le ha colocado en una encrucijada imposible con el nuevo modelo de financiación autonómica acordado entre Pedro Sánchez y Esquerra Republicana de Catalunya (ERC).
Aunque el Gobierno lo presenta como un avance, con más recursos y cesiones fiscales a las autonomías, el tono y el contenido del pacto han generado rechazo frontal en Castilla y León.
Para movimientos como Soria ¡YA!, que ya en los anteriores comicios devoró gran parte del granero electoral socialista, el acuerdo es “profundamente injusto” y perjudica directamente a provincias como Soria, castigadas por la despoblación y con altos costes estructurales, y piden respuestas claras a Martínez sobre si apoya o no ese modelo. A Martínez, el eterno alcalde de Soria.
Mientras, el presidente autonómico y líder del PP, Alfonso Fernández Mañueco, ha puesto a Sánchez —y por extensión a Martínez— contra las cuerdas al anunciar que el acuerdo podría ser recurrido ante el Tribunal Constitucional por romper la igualdad territorial.
Este desafío institucional —y la polarización mediática que lo acompaña— deja al PSOE de Castilla y León en una posición imposible: defender un pacto con ERC que sus propios potenciales electores perciben como dañino para la región.
Y como si no fuera suficiente con los escollos internos y con la cuestión territorial, Martínez ha intentado introducir debates ajenos al corazón de la política autonómica —como sucedió con su referencia en su debut como candidato a la situación en Venezuela en un contexto que nada tenía que ver con nuestra realidad regional— lo que ha generado más desconcierto que claridad programática.
Lo que resulta evidente es que Martínez no ha conseguido construir una narrativa propia: ni ha capitalizado sus años como alcalde soriano para construir una alternativa clara frente al PP, ni ha logrado distanciarse de los escándalos y discrepancias internas que han marcado al PSOE nacional y regional.
El resultado es un candidato que aparece contagiado por una estrategia ajena a Castilla y León, impuesto desde arriba y sostenido por discursos que no conectan con las preocupaciones reales de los ciudadanos.
A estas alturas, lo que le queda a Carlos Martínez no es solo rebatir las líneas de ataque del PP, sino justificar por qué su partido —ese mismo que ha prometido “federalismo fiscal” negociado con ERC— puede ser la mejor opción para defender una comunidad envejecida, con retos demográficos extremos y con expectativas de igualdad frente al resto de España.
No parece una tarea fácil. Porque si algo ha demostrado esta precampaña es que, en política, no basta con echar la culpa a los demás. Hace falta tener un relato sólido, coherente y conectado con los intereses de tu tierra. Y hoy, Carlos Martínez parece carecer de él.