Una panorámica desde el tejado de una vivienda
Una apología del techo
"En Castilla y León el precio del alquiler no para de subir y la región que antes atesoraba proyectos e ilusiones ahora registra récords de imposibilidades: en el primer semestre de 2024 el alquiler superó su máximo histórico".
Pese a mi debilidad por casi todo lo que escribió, en «Mis páginas mejores» anotó Julio Camba que «los españoles somos demasiado individualistas y nada conservadores. Somos hombres de calle y no de casa. Nos falta este espíritu bíblico y familiar de los ingleses». Y yo no puedo estar de acuerdo. Alguna de aquellas navidades que pasó entre shepherd’s pie o Sunday roast en longevas sobremesas británicas, nuestro mejor cronista llegó a concluir equívocamente que el español es un hombre ajeno al hogar.
Camba erró en su descripción, pero acertó tristemente en su premonición: tal y como está la situación de la propiedad en España no nos va a quedar más remedio que salir a la calle y renunciar al «espíritu familiar» de los ingleses. En Castilla y León el precio del alquiler no para de subir y la región que antes atesoraba proyectos e ilusiones ahora registra récords de imposibilidades: en el primer semestre de 2024 el alquiler superó su máximo histórico.
Esta salida a la calle —que es más bien una huida— tiene otro inconveniente asociado, que afecta ya a todos los territorios de nuestro país: la caída de nacimientos. En 2023 Castilla y León cerró sus registros con una caída que duplicó entonces el descenso medio de España. Y aunque el INE reconoce cierta inercia positiva, en 2024 los nacimientos sólo remontaron un tímido 4,75%. ¿Somos, como sostiene Camba, «hombres de calle y no de casa» porque queremos o porque, ay, no nos queda otra?
La respuesta es una crisis que, sin embargo, no parece económica. Hay de fondo un humus filosófico que lo embriaga todo: sin casas en propiedad ya no quedan, en Castilla y León pero tampoco en otras regiones, techos bajo los que cobijarse. Y la ausencia de un techo es una de las pruebas más fehacientes de la debilidad del hombre: una falta de techos es una falta de hogares. Y así podríamos seguir: una falta de hogares es una falta de familias y una falta de familias es, en último término, una falta de vida compartida. Ya se va viendo la miga del asunto.
La dificultad de acceder a una vivienda en propiedad es, de alguna forma, la imposibilidad de formar una familia y esto es, a su vez, un síntoma de la incapacidad de nuestro tiempo de compartir la vida con el otro. Frente a todas estas carencias tan nuestras, cabe plantear ahora una apología del techo como piedra angular —qué imagen— de nuestra vida en sociedad. En el techo compartido radica, si me apuras, el ideal democrático que tantos anhelan: nos cubre irremediablemente a todos por igual. ¿Qué es el Estado español sino una techumbre de leyes?
Porque lo hemos dado por sentado, claro, nunca andamos por casa mirando a lo alto, contemplando la moldura de un techo que es garantía. Y qué error garrafal dar el techo por hecho. Bajo el mismo techo de un hogar el bien se comparte como también se comulga en el dolor –eso es la familia–. No son ajenos o extranjeros los que comparten techo pero tampoco son los mismos. Defiendo ahora el techo en propiedad porque hermana sin uniformar y vincula sin difuminar. De ahí que compartir propiedad, esto es, cobijarse bajo el mismo techo, sea garantía de libertad: sin casas somos menos libres.
El techo, es más, cobija sin aislar. Hacer de una casa nuestro hogar consiste precisamente en crear un espacio con puertas bien definidas y muros consistentes: no es un encierro benedictino, pero tampoco un mercadillo. Tener un techo en propiedad no es una huida del mundo, sino la premisa para una presencia. El hogar, que no se fundamenta sobre sus cuatro paredes sino bajo su techo, es el lugar concreto desde el que salimos al mundo y es, a su vez, el lugar al que siempre volveremos.
Alguno me podrá espetar, con razón, que esta defensa numantina del techo supone una renuncia al cielo claro, donde aguarda nuestro sitio. Y no es eso: frente a los tejadillos de pacotilla que propone nuestro mundo –tal partido político, aquel grupito social, esa asociación feminista– el cielo abierto para nosotros cada mañana supone un refugio. Delibes parece comprar mi argumento con envidiable poesía: «Si el cielo de Castilla es tan alto, es porque lo levantaron los campesinos de tanto mirarlo».
El don y la tarea, por tanto, se esconden en la apología del techo, que no siempre es una cubierta física, sino aquel lugar concreto del mundo, más bien, donde nos sabemos en casa. En una España sin propietarios ni nacimientos qué difícil se nos ha puesto aquello de construir un hogar, que en boca de Higinio Marín «no es una estancia, sino un hábito del corazón». Ya sólo nos queda esperar que el INE no le dé la razón a Camba.