El pianista riosecano Diego Fernández Magdaleno ICAL
Pedro Aizpurua, una memoria del silencio
Se trataba de un hombre de sensibilidad, inteligencia y bondad poco frecuentes. Su presencia en Valladolid ha sido un verdadero regalo para los músicos.
En el recién concluido 2024 se cumplió un siglo del nacimiento de Pedro Aizpurua, una figura extraordinaria que unía un saber amplísimo con una bondad que el paso del tiempo fue dibujándole el rostro con la precisión de un miniaturista. Era un hombre profundamente enraizado a la vida y despojado del lastre -en tantas ocasiones patológico- de la vanidad.
Aizpurua leía siempre con un lápiz en la mano (le gustaban para ese fin los colores rojo y verde) y sus anotaciones resultan siempre lúcidas y reveladoras, no pocas veces más aún que el propio texto impreso.
El ámbito de sus intereses resultaba inabarcable y era consciente de ello, pero también comprendía que una disciplina necesita de otras para poder fecundarse y no acabar construyendo unas coordenadas puramente autorreferenciales que se agotan en sí mismas. Igual que Francisco Pino describió el viaje a la poesía como un descenso, Aizpurua encontraba en ese idéntico camino el lugar de enlace entre la música y la antropología, la teología y las artes plásticas, la ética y las nuevas tecnologías, y así la luz de su papel pautado era única en la diversidad de orígenes, a los que su mano daba coherencia con una libertad creativa sustentada en el conocimiento: ese rigor de los signos que sostiene la belleza y hace posible su transmisión.
Nació en Andoain, el 13 de mayo de 1924. Recordaba con total nitidez el primer piano que llegó a su casa. En la parroquia de Andoain, el organista Alberto Aguirre le abrió las puertas a las obras de Bach, Mendelssohn o Franck. A los once años ingresó en el seminario, culminando sus estudios con las licenciaturas de Filosofía y Teología en la Universidad Pontificia de Comillas, siempre simultaneados con la formación musical.
En Comillas ocupó el cargo de Organista de su Schola Cantorum desde 1941 hasta 1948. Es el lugar de encuentro con José Ignacio Prieto, a quien Pedro consideraba un auténtico modelo. Con él descubre la música de Claude Debussy y encuentra una especie de síntesis creativa, porque la morada de la libertad es el conocimiento. Su formación se amplía con Francisco Escudero, Samuel Rubio, Eugene Cardona y Jacques Chailley.
Ejerció como profesor de filosofía, especialidad de metafísica, en el seminario de Orihuela-Alicante, a lo que sigue su llegada a Valladolid, en 1960, como canónigo-maestro de capilla de la catedral. En su maravilloso archivo hizo un enorme difusión de los tesoros que alberga. Universidades como Harvard, Columbia, Yale, Jerusalén, Edimburgo o Kassel, se pusieron en contacto con Aizpurua para solicitar información y materiales. Precisamente a este archivo dedicó su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, Música y músicos de la Catedral Metropolitana de Valladolid.
En él, Pedro recuerda algunas cartas que le hicieron ser aún más consciente del valor incalculable del archivo. Por ejemplo, la de Colin Slim, de la Universidad de Chicago, que decía: “Su famosa biblioteca contiene el primer libro de madrigales a cuatro voces de Claudio Veggio publicado en Venecia el año 1545”, y le recordaba que solamente había otra copia de esta música en Königsberg, pero fue destruida durante la guerra. Por su parte, Marc Honegger le solicitó un microfilm, según sus palabras, “de una obra conservada como ejemplar único en los Archivos Musicales de la Catedral de Valladolid”.
Se trataba de las Sacrae cantiones, impresas en Lyon en 1582, obra del músico francés Paschal de l’Estocart. Podría poner muchísimos ejemplos. Todos los corresponsales tuvieron la atención y el afecto de Pedro, que estaba convencido del valor de ese trabajo.
En la magnífica contestación del discurso de Aizpurua, Joaquín Díaz señalaba que “quien pretenda ignorar el pasado, creará un precipicio a su espalda; quien aspire a vencer al tiempo, será finalmente derrotado por él, sin remedio”.
En 1970, Aizpurua obtuvo por unanimidad la plaza de profesor de Conjunto Coral e Instrumental en el Conservatorio de Música de Valladolid, del que fue director durante nueve años. Desde ese momento, se encargó de la asignatura de Formas Musicales. Creó el coro de cámara y la orquesta y llevó su espíritu a las actividades culturales desarrolladas en el centro, donde confluyeron el canto gregoriano y la música contemporánea, la ópera y el cine, San Agustín y Anton Webern, las matemáticas y la filosofía. Para Aizpurua, “el hecho creador emerge misterioso desde el subsuelo humano y del inconsciente, para posteriormente intentar ordenarlo de manera racional. No menos misterioso resulta por parte del oyente, cuya escucha recorre el camino inverso”.
Su catálogo de obras para coro es muy extenso. Tan solo el formado por las destinadas para la catedral se nutre con varias misas, numerosos motetes y salmos. La música coral, los problemas que plantea y los secretos que guarda, han sido siempre cuestiones que han preocupado a Aizpurua, plasmándose en la publicación de dos volúmenes de ejercicios prácticos de conjunto coral y uno de teoría por parte de Real Musical en 1978. Desde entonces, y a través de numerosas ediciones, miles de alumnos han estudiado esta asignatura, que impartió en el Conservatorio de Valladolid, con sus manuales excelentes, fruto de su indudable vocación pedagógica y destinados a la realidad de las aulas.
Obras como Vertical-Horizontal (1976), para cuatro solistas y órgano responde a las búsquedas sonoras más logradas de su autor.
Dentro de su producción, destacamos la Cantata de Las Edades del Hombre (1993). Su composición se debió al encargo de estas extraordinarias exposiciones, para inaugurar la cuarta de ellas, celebrada en Salamanca. Se tomó como base un bello texto del escritor José Jiménez Lozano.
El órgano está en su catálogo desde el primer momento y con ejemplos en todas las etapas de su música. El piano, solo o en dúo, con destino a Miguel Frechilla y Pedro Zuloaga, ha sido destinatario de algunas de sus páginas más interesantes.
Siempre que estuve junto a Pedro Aizpurua supe que estaba ante un hombre de sensibilidad, inteligencia y bondad poco frecuentes. Su presencia en Valladolid ha sido un verdadero regalo para los músicos. Pedro llegaba de sus viajes con un material tan valioso como las últimas obras del Ligeti, Boulez, Nono, Henze o Lachenman. Lo compartía con la sencillez y la humildad, que fue dibujando su rostro y su voz a lo largo del tiempo.
Siempre he visto que la generosidad va acompañada de la gratitud. Pedro lo daba todo sin el menor esfuerzo y agradecía profundamente cualquier detalle hacia él, por mínimo que fuese. Su bondad me enseñó que hay un paso más allá del perdón y es amar al extremo de no sentirse ofendido.
Pocas veces se dan todos los matices de la palabra maestro como en el caso de quien entre nosotros se llamó Pedro Aizpurua.
Diego Fernández Magdaleno es Premio Nacional de Música.