Opinión

Dios guarde a los novilleros grandes

1 noviembre, 2020 18:48

Con la novillada en vilo hasta el penúltimo instante, porque el azote de la pandemia conlleva zozobras e inseguridades inevitables, apreciación esta que no contiene ni el menor asomo de crítica a unas autoridades desbordadas –y quién no lo estaría- por la situación que apunta a extrema, desde el paseíllo cuajó la certeza de que se nos venía encima una novillada de sí o sí, magníficamente preparada la plaza  y arrogante  la estampa de los novilleros, ellos y el ganadero agasajados en el tercio con unos jamones que casi embestían. 

            Y sí, para empezar, al sujeto esencial de la Fiesta: los novillos-toros de Domingo Hernández/Garcigrande, por encima, e incluso me atrevería a sostener que bastante por encima, de lo que suele lidiarse en tantas plazas capitalinas, utreros estos adelantadísimos, los seis encastados y  tres de ellos mucho más que notables: primero, segundo y quinto, esto es, Tallador, con culata de cuatreño, Parcelito, altísimo, y Fantasioso, los tres  esbeltos y fuertes, torazos de cerca de media tonelada de carnes apretadas.

            -¿Qué los dará de comer el ganadero? –me pregunté en voz alta.

            -Jamón –me contestó Angustias, una lejana compañera de pupitre en el instituto de Béjar a la que llevaba años sin ver y con la que  coincidí en la fila 8 del tendido 2, bendita casualidad.

            -Santonja, que soy Angustias, ¿no te acuerdas?

Claro, claro, por supuesto que me acordaba.

            -¿Y tu marido? -mi lejano amigo Cristóbal- la pregunta me brotó casi con miedo, porque inquirir en estos tiempos a una señora o a un señor por su marido o mujer puede suponer abrir la caja de los truenos. Pero es que yo los recordaba siempre juntos, matrimonio tan unido como aquel de Menéndez y Pelayo.

           Se ha quedado en casa, viendo la corrida por la televisión del Santoyo, oye, que lo hacen de película esos de la tele, bueno, viendo la tele y administrándose la frasca de orujo, que el covid no lo deja sin su copita.  Sin embargo, qué quieres que te diga, yo prefiero venirme a disfrutar con mi Manuel Diosleguarde, y ahora chitón que sale el toro.

GALERÍA DE IMÁGENES de Fermín Rodríguez



En efecto, salía Fantasioso, el segundo de la tarde, y a buscarlo se fue Diosleguarde, novillero al que no pierdo  ojo desde que triunfó en el Bolsín de Ciudad Rodrigo hará cosa de tres años, donde me llamaron poderosamente la atención el temple que tenía en las muñecas, virtud de naturaleza que difícilmente se aprende, y su capacidad para los alardes. Qué bien lo está llevando Jose Ignacio Cascón, empresario de esta plaza y de las de Ledesma, Béjar o Cantalpino, uno de esos jóvenes que, si los dejasen, sacarían a la Fiesta del callejón oscuro al que algunos mercaderes la han conducido.   

            A Manuel se le advierte asentado en cuanto se abre de capa. “No hay mal que por bien no venga”, que sentencia el refranero. Y a la vista está que Diosleguarde ha sabido aprovechar el parón de la pandemia, lo cual parecerá un contradios, pero se explica pronto: con los toros en las dehesas, los ganaderos han dado oportunidad a los novilleros para medirse con astados que, en temporadas normales, hubieran reservado para los diestros punteros en las corridas mayores. Toros serios de las mejores familias. Quizás otros novilleros hayan dado uno, dos o ni se sabe cuántos pasos atrás, pero Diosleguarde resulta evidente que ha echado la pata p´alante en probaturas y tentaderos. Con qué seguridad se pone, con qué dominio baja la mano, con cuánto aplomo se cruza.

 Salía Fantasioso, y salía arreando, cuando Angustias me habló de un bocata de jamón patanegra que había dejado en el coche al recordar en el último instante que a la plaza no se podían llevar alimentos.

            -¡Pero Angustias, un bocata de jamón abandonado así! 

            -Me ganó la costumbre, en Guijuelo siempre venimos a los toros con los alivios dispuestos. Menos mal que al final me di cuenta. Si quieres te dejo las llaves, sales y te lo despachas.

            -¡Un bocata de jamón extra de Guijuelo!- pensé. Y confieso que estuve a punto de sucumbir a una tentación de la que me libró un natural que dios guarde al Manuel que se lo sacó del alma, media muleta por el albero y toque de seda para prender a Fantasioso en el vuelo de la tela. Ni siquiera el reclamo del mejor jamón de Guijuelo compite con la eternidad de un lance gobernado por la templanza.

            -Al acabar te acompaño al coche y me lo das.

            Sí o sí, decía. Y sí desde el principio, porque Antonio Grande puso la tarde en sazón, haciendo honor a su apellido, al recibir de rodillas a Tallador  con dos tijerillas audaces para aplicarle a continuación unas verónicas de ensueño. El pitón fetén era el derecho, y por ahí se volcó Grande, que dictó una lección de clase, aunque algo despegadito. Torazo incansable al que aplicó un pinchazo buscando el sitio como preludio a una estocada de ley, quizás algo desprendida, pequeñez por la que no se le pasó factura, que esa es una de las diferencias entre los aficionados y los espectadores, diferencia puesta de manifiesto a mayores en tres o cuatro detalles de esos que tanto aprecian los profesionales, por ejemplo, el de la sobriedad elegante de Elías Martín al quitar del caballo al quinto novillo, saludado con palmas que echaban chispas.  

            -¿Has reparado en la verticalidad de Manuel? –me insistió Ángeles, algo mohína al verme pedir la segunda oreja a Grande.

            -Ángeles, también se las he pedido a Diosleguarde.

            -¿Acaso no se las merecía?

            -Con creces, Ángeles, con creces. Qué verticalidad y que autenticidad al cruzarse al pintón contrario de frente, que no de lado y con pasitos tramposos como estamos acostumbrados a ver.

            -¡Ah, bueno!, has estado a punto de quedarte sin el bocata.

            Con toreos muy distintos,  tanto Antonio Grande, con la clase por divisa, como Manuel Diosleguarde, encarnación del arrojo, están preparadísimos para la alternativa. Ojalá puedan tomarla pronto. 

 En cuanto a José Manuel Serrano, que debutaba con caballos, la diosa fortuna le sonrió en el sorteo con los dos novillos más propicios, en especial el primero, Terrible, que le permitió serenarse, y Marítimo, el más basto del sexteto, que lo cazó al final: le perdió la cara al atragantarse con el descabello. Serrano estuvo desigual, con más muletazos sueltos que faenas estructuradas, pero apuntando destellos prometedores. A mí me gustó su forma de ganar terreno con el capote, tomé nota de sus ráfagas de ritmo y me convenció su derechura con la espada. Tarde de compromiso, a mi juicio superó de largo la prueba.

          Novillada a pedir de boca y con jamón de postre, porque Angus cumplió su palabra. Dios guarde a los novilleros grandes.