Opinión

Violencia generadas maliciosamente

5 marzo, 2018 13:57

Yo quería ser alto, guapo y con los ojos azules y … Dios me castigó y me hizo un españolito medio, como diría el gran Alfredo Landa, feo, bajito y con bigote. Yo quería ser rico, no trabajar y atraer a todas las personas  y me quedé en un trabajador del derecho que no para de currar. Yo quería ser inmortal y siempre joven, pero el tiempo está haciendo su trabajo.

El que queramos algo no supone que lo seamos por arte de birlibirloque, sino que implica un esfuerzo, un desarrollo y una labor tendente a conseguirlo, y deberíamos de ser conscientes de que si queremos ser el número 1, la vida nos dejará en el 25, pero que si nos acomodamos a ese 25, a buen seguro, no pasaremos del 235.

Que hay cosas que por más que las deseemos, si aquel que llamamos Dios, universo o azar no nos lo dio, no lo alcanzaremos jamás, por mucho que lo deseemos, anhelemos o codiciemos.

Esa conciencia del esfuerzo, del trabajo, del crecimiento y el desarrollo por medio de la responsabilidad es algo que no se lo hemos inculcado a nuestra juventud, a la que hemos titulado, ilustrado e incluso preparado. Han aprendido a estudiar cuestiones concretas, pero les faltan las generales de la Ley, les hemos formado en especialidades, pero no les hemos trasladado los valores del esfuerzo, del respeto. Hemos trasladado una facilidad en el alcanzar lo deseado, un vivir en el gusto de los sentidos y en la “nadidad” de la existencia, que se observa en televisiones nutridas del cotilleo más burdo y soez que ni la portera del edificio peor instruido se hubiere permitido, de políticos de plexiglás carentes de formación moral y ética, por más que pudieren haber superado una oposición –ya me gustaría a mí saber cómo, en alguno que otro caso-, o que no han sido capaces de demostrar cuál es su aportación a la vida pública, pues la que esta les hace a ellos ya la padecemos.

Luchamos contra la violencia y la tildamos de machista, pero generamos violencia en nuestra vida pública; sacamos rédito de ahondar en la diferencia, en lugar de buscar ámbitos de trabajo común; criminalizamos al adversario, creamos diablos y miedos o generamos mantras del mal de los que obtener un beneficio, y luego nos sorprende que cada vez exista más violencia.     Nuestros menores viven la violencia, gustan de la violencia, se instruyen en la violencia, en la lucha contra el que no es, no piensa o no admite lo que yo quiero y deseo; pero, luego, nos asusta la violencia y nos sorprende que unos niños de 9 años violen a un compañero, y no somos conscientes de que ellos no ven una violación, no viven el sexo violento, reproducen lo que la sociedad les inculca, esa agresividad que palpan en cada esquina, en el ambiente.

Cada vez que un político habla de la lucha, de las trincheras, de la defensa de las posiciones, de acabar con esto o con aquello, o utiliza expresiones frentistas, generamos violencia y vivimos en la violencia, con la que sea de género, o no, no se acaba con dinero, llevamos gastados más de 65.000 millones de euros y su eficacia es inexistente. Si quieres luchar contra la violencia, educa, transmite, defiende la igualdad, pero no generes violencia, no generalices criminalizaciones injustas, lucha con mesura, por el cumplimiento de la ley –te guste o no- y trabaja desde el respeto. Para eso, no necesitas psicólogos, abogados, asesores, comunicadores y políticos, todos ellos bien engrasados, claro.